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Canfranc, una historia en vía muerta

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Canfranc, una historia en vía muerta

La estación internacional de ferrocarril languidece abandonada a su suerte cuando se cumplen cien años del cale bajo el puerto de Somport

26.11.12 - 18:30 -
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Hay viajes que vienen envueltos en la organza de la nostalgia, como esos escenarios en la penumbra donde el humo de un cigarrillo adquiere el peso de un personaje más de la trama. Llegué a Canfranc una noche de otoño, la lluvia escurriéndose por canalones y aceras hasta perderse en el río Aragón. Las calles estaban vacías y un viento desapacible descendía desde Somport y envolvía la Torre de Fusileros y el Coll de los Ladrones, entre pistas de montañas y lirios que se pegaban al suelo para ponerse a cubierto del frío. La estación internacional se levantaba al otro lado del cauce, protegida a la vista por un seto donde el verde se batía en retirada, acorralado por un lienzo de ocres, amarillos y naranjas. El vestíbulo se levantaba en el centro del edificio, la bóveda apenas adivinada bajo el tejado de pizarra. Me venían a la memoría las novelas de espías de Eric Ambler, de John Le Carré, de Graham Greene; el protagonista con gabardina y sombrero, a lo 'anglais', acodado en la mesa del fondo de la cafetería, la pistola disimulada en el periódico doblado y un nocturno de Chopin o la cítara de Anton Karas sonando en la gramola.
Hace tiempo que los vencejos han emigrado, pero surcan el cielo tormentoso ruidosas bandadas de estorninos. El tren de Zaragoza llegará por la mañana y el único andén en activo se desliza, solitario, al abrigo de Los Arañones, entre bosques de pinos, abetos y alerces. Hace frío y del bar más próximo acaba de salir una joven en delantal para retirar el pizarrón donde había estado anunciado el menú del día. Por la carretera de Candanchú se descuelga aún algún senderista camino del albergue de peregrinos. La playa de vías se estrecha conforme se acerca al viejo túnel de Somport, un cuello de botella flanqueado por la caseta de los carabineros; el tendido eléctrico colgando lacio de los postes, como extensiones necesitadas de un buen lavado. Un testigo lanza ráfagas intermintentes de color rojo desde el interior de la galería, el tiempo justo para adivinar una verja que cierra el paso.
Canfranc, una historia en vía muerta
Presumía de ser la segunda estación de ferrocarril más grande de Europa, solo superada por la de Leipzig; un palacio con tejados de pizarra, escaleras de mármol y apliques art decó. Su construcción exigió diez años de obras y obligó a modelar la ladera del monte con muros de contención y 2,5 millones de árboles, en su mayoría pinos silvestres, para frenar la erosión y evitar así el riesgo de derrumbes y avalanchas de nieve. Sus cifras eran mareantes: 245 metros de longitud, 300 ventanas, 150 puertas... Sin contar el túnel de casi 8 kilómetros que atraviesa los Pirineos bajo el puerto de Somport y de cuyo cale -la unión de dos galerías que se dirigen una al encuentro de la otra- se acaba de cumplir un siglo. La aduana, la comisaría, el botiquín o la estafeta de correos, todo venía por duplicado como corresponde a un equipamiento fronterizo. Para Francia, el lugar era una suerte de embajada sobre cuya mitad tenía soberanía, aunque la conexión siempre gozó de más simpatías a este lado de la frontera. El distinto ancho de vía que nos gastamos aquí fue siempre un obstáculo.
Canfranc, una historia en vía muerta
El edificio albergaba un hotel que ahora, 40 años después del cierre de las instalaciones, un consorcio formado por Adif, la Diputación Regional de Aragón y el Ayuntamiento de Canfranc quiere recuperar. Pese a la rehabilitación de la cubierta y la estructura de hormigón, el proyecto vuelve a estar en vía muerta, como los convoyes que se pudren a la intemperie entre grúas, silos y almacenes centenarios invadidos por la maleza y la hojarasca. Los árboles han echado raíces en los coches cama y sus ramas se derraman por las ventanas hasta mezclarse con el balasto y la ferralla. Sus comienzos no fueron fáciles, lastrados primero por el crack del 29, el incendio que destruyó el vestíbulo en 1931 y después la Guerra Civil española, durante la que se tapió el túnel. Hay que hacer un auténtico ejercicio de imaginación para recrear el desfile de pasajeros y mercancías que presidió los andenes y que alcanzó su punto álgido en los años 50. La conexión ferroviaria desapareció el 27 de marzo de 1970, cuando un pequeño mercancías descarriló en el puente de L’Estanguet. Dicen que fue premeditado: la víspera los franceses se habían llevado sus trenes y aquí nadie cree en las coincidencias.
Canfranc, una historia en vía muerta
Han pasado más de 40 años y el vestíbulo monumental es una superficie diáfana ocupada solo por la escalera de mármol. Los despachos de billetes hace tiempo que fueron trasladados a Zaragoza para su rehabilitación y el ventarrón sacude las puertas cerradas con candados. La bóveda, recién restaurada, contrasta con el resto del recinto: el suelo levantado y cubierto de charcos, la caja de contadores arrancada de cuajo igual que los enchufes, las paredes llenas de agujeros como el botellero de un gigante. Y los escudos de los dos países frente por frente, como midiendo sus fuerzas. Se echan de menos los altavoces anunciando la entrada de un convoy en los andenes, las bielas chirriando entre nubes de vapor y los pasajeros arrastrando su equipaje. La desolación es tal que uno no puede por menos que pensar en el 'Titanic', los grandes salones donde se celebraban bailes de gala ahora cubiertos de excrecencias y sirviendo de refugio a bancos de peces.
Canfranc, una historia en vía muerta
La estación es terreno abonado para una novela. Quizá el episodio más conocido es el que está ligado al oro expoliado a los judíos y con el que el Tercer Reich pagaba a los gobiernos español y portugués las importaciones de wolframio, un mineral estratégico empleado en el blindaje de cañones y tanques, y en las puntas de los obuses. Los alemanes obtenían este material en India, pero al entrar en guerra con Gran Bretaña el consiguiente bloqueo obligó a los nazis a buscar otros mercados. Como consecuencia, se disparó el precio del wolframio y las explotaciones surgieron como setas: en Galicia, en Extremadura, en Salamanca... Solo el primer año y medio, este comercio reportó a España 12 toneladas de oro y 4 de opio que llegaron a bordo de seis convoyes. Portugal, por su parte, recibió más de 70 toneladas del metal precioso, la mayor parte con destino a Sudamérica.
Fue en este escenario donde surgieron hombres como Albert Le Lay, el jefe de la aduana francesa y colaborador de la Resistencia, que tuvo que escapar al norte de África tras conocerse sus vínculos con los aliados; o Víctor Fairén, el médico de Zaragoza que hizo posible su huida burlando a la Gestapo y a la Guardia Civil, como relata Ramón J. Campo en su libro 'Canfranc. El oro y los nazis'. Se creó un holding de empresas alemanas, el consorcio Sofindus, para dirigir un tráfico que tenía su principal vía de salida en la estación oscense. Los alemanes lavaban el oro que robaban a los judíos en los bancos suizos y pagaban a sus proveedores con francos. El Gobierno de Franco usaba entonces esas divisas para comprar oro, llenando así las cámaras del Banco de España que habían quedado vacías después de la Guerra Civil. Un oro, sin embargo, que acabaría en los años 50 en la Reserva Federal de Nueva York, tras exigirlo los americanos como aval de los créditos que Eisenhower concedió al Generalísimo.
Canfranc, una historia en vía muerta
Ya no quedan pelotones de las SS ni trenes donde cargar el wolframio o las naranjas, las cumbres infestadas de maquis con la boina calada y un mensaje encriptado en el zurrón. La lluvia dibuja collares de perlas sobre las marquesinas y abre espejos de agua donde antes había andenes. En el pueblo no renuncian a revivir tiempos mejores, aunque de momento lo único que vuelvan sean las oscuras golondrinas. Basta echar un vistazo al valle de Aspe, en el lado francés, para comprobar que allí la línea es solo un recuerdo, con viaductos cubiertos de hiedra que sirven de marco a los Pirineos y tramos de vía sobre los que se ha edificado.
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