Cualquier viajero que decide dar el salto a Islandia no tarda en agarrarse a media docena de palabras que son como un faro en uno de los idiomas más intrincados que cabe imaginar. Fiordur (fiordo), hofn (puerto), geysir (géiser), jökull (glaciar)... Foss significa catarata y es otro de esos sufijos reveladores. Basta con echar un vistazo al mapa de la isla para comprobar que su orografía es una guirnalda de alusiones a ese accidente natural, uno de los mayores atractivos de este rincón del fin del mundo, donde la tierra esconde un mar de magma, y el fuego y el agua se dan la mano con solo doblar una curva.
La principal carretera de Islandia -un país de apenas 300.000 habitantes, dos tercios de los cuales se concentran en la capital, Reykjavic- es la Ring Road (anillo vial), que recorre paisajes de fantasía a la sombra de las sagas vikingas. Es el reino de los espacios abiertos, punteados aquí y allá de volcanes, parques naturales, piscinas termales y, sobre todo, saltos de agua. El país tiene media docena de glaciares fácilmente identificables desde el aire, el más conocido Vatnajokull, la tercera capa de hielo continental más grande del planeta después de la Antártida y Groenlandia. Una masa que en algunos puntos supera el kilómetro y medio de profundidad y que, con la llegada de la primavera, se funde en miles de cursos de agua, en torrenteras y cataratas.
La lista de maravillas naturales es interminable, pero en cualquier selección tendría cabida Seljalandsfoss, visible desde la carretera y donde el agua sobrevuela una cueva abierta al público. O Skogafoss, al pie del volcán Eyjafjallajökull que encendió todas las alarmas hace dos años, donde cuenta la leyenda que un vikingo escondió su tesoro detrás de una cortina de agua que se precipita desde 60 metros. Por no hablar de Svartifoss, en el parque natural de Skaftafell, con sus paredes de basalto, como un gigantesco órgano de iglesia pintado de negro. El Ring Road gira al norte y atraviesa llanuras volcánicas hasta llegar al tumultuoso curso que se precipita entre arcoirís en Dettifoss. O Godafoss, donde la tradición sitúa la conversión al cristianismo de los primeros islandeses. Los fiordos occidentales reservan sorpresas quizá más modestas, pero absolutamente recomendables, como los alrededores de Bildudalur. El circuito podría acabar en Gulfoss, en el Círculo Dorado, a medio camino entre el desfiladero de Thingvellir -el primer parlamento del mundo- y Geysir, donde las columnas de agua humeante salen disparadas para asombro de propios y extraños. Se mire como se mire, un regalo para la vista.
1- Seljalandsfoss. ¿Quién podía imaginarse un paseo bajo la cascada, rodeados de verdes prados y a los pies del Eyjafjallajökull, el volcán más mediático?
2- Skogafoss. El arcoiris preside la legendaria catarata, cuyas entrañas esconden un tesoro.
3- Svartifoss. Columnas de basalto recorren el frente de la cascada, en el parque Skaftafell
4- Tumultuoso curso de agua se precipita en Dettifoss, en el parque natural Jokulsargliufur
5- Hafragilsfoss. El agua del deshielo del glaciar Vatnajökull desemboca cerca de la bahía de Husavik, a 70 millas del Círculo Polar Ártico.
6- Godafoss. Los jefes vikingos renegaron aquí de sus dioses paganos. Se supone que los ídolos descansan en el fondo de la catarata.
7- Cascada cerca de Bildudalur, en los Fiordos Occidentales
8- La subida de las temperaturas devora el casquete de hielo que cubre el volcán Snaefells
9- Salto de agua en Thingvellir, el desfiladero donde asoma la dorsal oceánica y que sirve de unión a las placas tectónicas de América y Euroasia.
10- Gullfoss, en el Círculo Dorado, la más fotografiada del país y muy próxima a Reykjavic