El Correo

Francia desmantela las chabolas de la 'jungla de Calais'

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Operarios trabajan en la demolición de las chabolas. / Philippe Huguen (Afp)

  • Antes del inicio de los trabajos de demolición, voluntarios y funcionarios pasaron por cada uno de los refugios para asegurarse de que estaban vacíos

Equipos de remoción de escombros, escoltados por docenas de policías, han empezado esta tarde la demolición de las chabolas y tiendas de campaña que albergaban a los inmigrantes del campamento de Calais, que comenzó a ser evacuado ayer.

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Los equipos emplean sierras eléctricas para destruir los refugios hechos de madera y maquinaria pesada para remover los escombros de este campamento en el norte de Francia donde hasta el domingo se hacinaban en condiciones infrahumanas entre 6.000 y 8.000 inmigrantes que buscaban cruzar a Reino Unido. Antes del inicio de la demolición, voluntarios y funcionarios pasaron por cada uno de los refugios para asegurarse de que estaban vacíos.

Hasta esta tarde, más de 3.000 inmigrantes habían sido evacuados, en el segundo día del operativo de desmantelamiento decidido por el Gobierno francés con fines "humanitarios". Los inmigrantes, la mayoría afganos, sudaneses y eritreos, que abandonaron sus países huyendo de conflictos y de la extrema pobreza, fueron trasladados en autobuses a centros de acogida repartidos en todo el territorio francés.

"La 'Jungla' se acabó"

"Jungle, finish", "La 'Jungla' se acabó", dice sonriente Hasan, un inmigrante afgano, mientras empaca sus pertenencias del refugio improvisado que lo protegía de la lluvia y del frío. "Voy a tomar uno de los autobuses", añade, cargando una bolsa de basura.

"Deben irse, aquí ya no hay solución para ustedes. Los policías van a pasar en unos días", advierte Marie-Paule, voluntaria de la asociación Salam, a un grupo de cinco sudaneses que aún no han abandonado el campamento. "Me entristece ver el campamento en este estado, me rompe el corazón ver el final de este lugar donde vivieron, pero es la mejor solución para ellos", subraya.

Las calles animadas hasta hace apenas una semana están ahora sucias, abandonadas e invadidas por un olor a humo. "Lo estamos hablando, pero normalmente tomaremos uno de los autobuses", explica Ali, un afgano sentado con una docena de amigos alrededor de una pequeña fogata.

Arbat, un sudanés de 25 años, está listo para irse. "Voy a probar suerte en otro lugar. Además, parece que la gente de mi país obtiene el estatuto de refugiado más fácilmente", dice en francés, lengua que estudió en su país antes de perfeccionarla en Calais, donde voluntarios impartían clases. Este hombre, que habla cuatro lenguas, sueña con convertirse en intérprete y "casarse con una francesa. Me dijeron que todas las francesas son bellas, ¿Es cierto?", pregunta animado.

Remisos a irse

Arbat se encarga también de explicar a sus compatriotas, muchos de los cuales parecen perdidos, que deben evacuar el campamento. Pero no todos están dispuestos a irse. El 'Peace restaurant', lugar donde los migrantes se reunían para tomar un café cerró, pero el 'Kabul café' resiste. "Me iré cuando la policía venga", dice desafiante su dueño, Abdul, mientras sirve un plato de comida a un cliente.

Ibrahim, un paquistaní de unos 20 años, teme por su parte ser enviado de vuelta a su país. "¿Vieron lo que pasó esta mañana en Quetta, ese terrible ataque" de una academia de policías?", pregunta este joven en referencia a un ataque cometido por kamikazes en el sudoeste de Pakistán que ha dejado más de 60 muertos. Dice "no confiar en las autoridades" y aún no sabe qué hacer ni a dónde ir.

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