El Correo

«No concibo una vida independiente»

Aitor García, fotografiado en el funicular de Artxanda.
Aitor García, fotografiado en el funicular de Artxanda. / Pedro Urresti
  • Aitor García, comercial y camarero, estudió un grado en Comercio Internacional y su sueldo llega «raspado» a los mil euros. Su novia es abogada y ni quiere decir cuánto gana. «Hoy no concibo una vida independiente». Otros cuatro jóvenes cuentan sus odiseas laborales

Aitor nació en 1990, es de Bilbao y ha llegado a la conclusión de que el mayor deterioro en la última década se ha producido «en los puestos más cualificados. Es curioso que cuando más he ganado fue en la hostelería». Cobró su primer sueldo cuando con 17 años trabajó unos meses como auxiliar de vigilancia en una empresa en la que entró por mediación de su tío. Fueron «unos 700 euros». Luego comenzó a estudiar Derecho en Leioa, pero lo dejó al segundo año («me di cuenta de que no me gustaba»). Y a continuación volvió al mundo de la vigilancia. Pero «con turnos de 12 horas seis días a la semana y un sueldo de 1.100 euros», aquello no era vida, así que a los doce meses lo dejó.

Con veinte años y semejante recorrido entró en una empresa de marketing que trabajaba para una compañía energética vendiendo productos puerta a puerta. «No había sueldo fijo, el 100% era a comisión. No se me daba mal: había meses que ganaba 800 euros, pero otros llegaba a 1.500». Vistos sus resultados, le ofrecieron incorporarse en una oficina de nueva creación en Tarragona, pero las cosas no fueron bien.

Cuando regresó a Bilbao, ya en 2011, se metió en la hostelería. «Es muy duro, hay que trabajar muchas horas seis días a la semana; pero tener un sueldo fijo de más de 1.300 euros viniendo de cobrar todo variable resultaba atractivo». Estuvo en Las Arenas y luego en la Plaza Nueva bilbaína, siempre en locales del mismo dueño. Hasta que se dio cuenta de que «no quería que se me pasase el momento de estudiar».

Mantuvo el trabajo de camarero los fines de semana y se matriculó en un ciclo formativo de grado superior en Comercio Internacional. «Siempre me ha gustado la relación con la gente, comprar y vender... Algún día quiero montar mi propia empresa, y creo que esa formación me vendrá bien». En esas anduvo de 2013 a 2015, para terminar con una nota media «de 7,6» y la puerta abierta, creía, a un futuro prometedor.

Hizo las prácticas, «sin cobrar nada», en una empresa del aeropuerto de Loiu. «Monitorizaba envíos, manejaba los programas informáticos de facturación, etiquetaje, trataba con la gente de aduanas... Ahí vi que la cosa estaba mal, cuando trabajaba ocho horas al día, sacaba trabajo, y todo gratis. Eso te deja la autoestima bastante baja». Mientras, seguía en la hostelería los fines de semana: «Necesito mantenerme yo y ayudar en casa», porque sigue viviendo en el domicilio familiar.

Hace algo más de un año, gracias a la mediación de la Fundación Novia Salcedo, logró una beca en el departamento de Administración y Comercial de una empresa de reciclaje. Un empleo que encaja como un guante en su formación. Cobraba «unos 690 euros». Al año terminó esa beca y la empresa le hizo un contrato. ¿En prácticas? «No, un poco mejor. Supero raspados los mil euros». Por supuesto, «sigo en el bar los fines de semana. De marzo del año pasado a abril de este he estado trabajando todos los días: entre semana en la empresa, y el fin de semana en el bar, salvo una semana que me tomé de vacaciones»

De vida independiente ni hablamos. «Mira mi novia: estudió Derecho, un máster, prácticas no remuneradas, trabajó en bares, tiendas... Ahora ha montado un pequeño despacho y ya veremos». Él se ha fijado el objetivo de perfeccionar su inglés porque «quiero emprender, y para eso los idiomas son fundamentales».

El caso de Aitor es el de miles de jóvenes vascos que intentan meter la cabeza en el mundo laboral. Esta es la odisea de otros cuatro aspirantes a un trabajo estable.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate