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Juston Thomas busca el hoyo 18 en la tercera jornada del US Open disputada el sábado.
Juston Thomas busca el hoyo 18 en la tercera jornada del US Open disputada el sábado. / EFE

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El US Open se ablanda

  • Orgulloso de venderse como el grande más duro, esta edición lo ha convertido en una imprenta de tarjetas bajo par

El viento salió ayer al rescate de la USGA. El equivalente a la federación de Estados Unidos soporta la organización del US Open y se jacta de contar con el grande más duro del mundo. Es uno de sus eslogans de venta del producto. Quien eleva su trofeo el domingo –o el lunes, ya que en caso de empate el play-off se prorroga hasta el día siguiente– ha tenido que pasar por un calvario, por lo más parecido al camino de un penitente. Por eso a sus mentores les fue cambiando el semblante siguiendo el festín de birdies con que los mejores jugadores arrasaban el campo como si se tratara de una banda de cuatreros.

Sin saberlo, la propia gestión del torneo se le había ido de las manos al tirar de cortacésped para convertir en más amables algunas salidas. Amplió las calles de hasta cinco hoyos y con ello la mayoría de jugadores vieron el cielo abierto en un campo en el que superado ese escollo –que es el que encierra más peligro para no acabar en la famosa festuca y su maraña de tallos– a poco que media docena de golfistas tengan el karma en su envase cuando pisen el green pueden convertir el marcador en una ruleta imparable.

Hay paradojas en ese proceder. Nadie esperaba la tremenda criba en el cierre del viernes con seis de los diez mejores jugadores del mundo, incluidos los tres primeros del ránking, fuera de la circulación. Curiosamente, todos en la víspera del inicio del torneo daban por hecho que el campo podía darles tregua y vaticinaban la posibilidad de que el ganador llegara a restar en dobles dígitos. Exceso de confianza que derivó en presión o simplemente un mal fin de semana dejó Erin Hills a merced de un heredero para el US Open sin pedigrí previo en grandes, dado que Sergio García partía con ocho golpes de demora como avanzadilla junto al sudafricano Louis Oosthuizen entre quienes fardan de un major en sus vitrinas.

Pero, olvidados los favoritos, los meritorios se pusieron las pilas y convirtieron el torneo en una ensalada de birdies con la guinda de algún que otro eagle, como el que Justin Thomas clavó para restarle nueve golpes al campo, récord histórico en una jornada que los mentores de Erin Hills tardarán en digerir. Ellos, que buscaban la excelencia del resultado crudo, la vuelta a la década de los 50 cuando todas sus ediciones salvo una se saldaron por encima del par, iban camino de dejar corto el -16 con el que McIlroy ganó en Bethesda en 2011. Y ellos, como organización, son los responsables del desliz dado que el US Open es itinerante y no debería suponer un problema atisbar el radio de acción en golpes de un campo. Se sabe, por ejemplo, que en la siguiente cita en Nueva York los jugadores sufrirán con unos greens que parecen el tensado parche de un tambor, capaces de enviar el bote de la bola a coordenadas insospechadas.

Los jugadores, al menos los más destacados, prefieren sufrir más en los recorridos. Como Sergio García. «Se veía desde el principio que se podían ver vueltas de seis o siete bajo par. El US Open siempre es el torneo más duro que jugamos y tiene su gracia, obviamente sin pasarse, como en el precio justo. Las calles han sido muchísimo más anchas de lo que jugamos en el US Open. Hombre, a mí me gusta mucho más Oakmont –escenario de la anterior edición, en Pittsburgh– arreglando un par de greens porque te exige mucho más, con las calles estrechitas».

Mejor en la «graduación»

Ni la lluvia, menos condicionante y presente que lo anunciado, ni las posiciones de banderas más extremas bajaron el ritmo de una cabeza de clasificación que parecía un atasco de primera hora de la mañana. Tanto que los más venerados seguidores del grand slam no cayeron en la trampa de que el interés de una apretada tabla les desviara de la ausencia de golf de calidad. Uno de los más ilustres es el columnista de Golf Digest y escritor, Dan Jenkins, quien a sus 87 años y con «229 majors a cuestas no puedo recordar un día final en el que en el Top16 falte un ganador de un grande». Ya en la segunda jornada, el en ocasiones incendiario periodista publicó en su cuenta de Twitter que «me estoy pensando pasar del US Open y pedir una acreditación de prensa para la graduación de Amanda Mickelson», en alusión a que se divertiría más en la fiesta escolar que impidió a Phil Mickelson disputar la cita en Erin Hills.

Todo apunta, por el bien del US Open, que la USGA ha atinado mejor con las siguientes sedes que llevarán el grande a desfilar por Shinnecock Hills, Nueva York (2018 y 2026); Pebbel Beach, Monterey (2019); Winged Foot, Nueva York (2020); Torrey Pines, San Diego (2021, donde Jon Rahm ganó el Farmers); The Country Club, Massachussetts (2022); Los Ángeles (2023); Pinehurst Resort, Carolina del Norte (2024); y Oakmont, Pittsburgh (2025).

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