El Correo

obituario

Nagore quería ser madre

Tony junto a Nagore posan para un reportaje publicado en febrero por EL CORREO.
Tony junto a Nagore posan para un reportaje publicado en febrero por EL CORREO. / igor aizpuru
  • Las vidas de Tony, capitán del Zuzenak, y Nagore siempre estuvieron marcadas por la crueldad de los golpes de la vida. Ella falleció hace una semana

Nagore quería ser madre, soñaba con tener a Irati entre sus brazos; también con viajar a Nueva York. Tony, su compañero y amor de su vida, se lo había prometido. Una foto de la ciudad de los rascacielos presidía su casa. Puertas que nos abrieron de par en par el pasado mes de febrero para contarnos su día a día, su amor insuperable.

Las vidas de Tony –parapléjico desde los dos años y capitán del equipo de silla de ruedas del Club Zuzenak– y Nagore siempre estuvieron marcadas por la crueldad de los golpes de la vida. Secos, duros, de los que se instalan para siempre. Tony desde su paraplejia derivada de un accidente de tráfico, Nagore por una esclerosis múltiple que descompuso los sueños y cerró las puertas al futuro. Ellos vivían de las pequeñas cosas, de un limitado presente que se centró en los últimos años en hacer que Nagore no perdiera la sonrisa. Pero ese gesto se fue apagando en los últimos años, aunque siempre había un momento para renovar ilusiones, esas que nacen del corazón.

Se querían, pero ese amor se fue convirtiendo en una cuenta atrás demasiado rápida. En la plenitud de los treinta años, se adaptaron a la caducidad de los plazos, los que se iban acortando en la salud de Nagore. Aún era capaz de salir con su perro Neva y disfrutar de los parloteos de su loro Currita. Nagore ya no tenía lágrimas, se habían agotado a la velocidad que la enfermedad empezó a devorarla. Desde 2006, Tony y ella decidieron darse el sí, después de una conquista que duro pocos meses hasta que las emociones sobrepasaron las dificultades. «La amo más que antes», nos decía Tony. Ese amor es ya eterno. El viaje de Nagore también.

Con el corazón aún arrugado y la emoción contenida, recuerdo aquel día como único. Nunca antes una lección había sido tan bien contada con tan pocas palabras. Nagore apenas podía hablar, pero esa mirada atravesaba el alma. El impacto de la vivencia no se borra. Debilitada y sin fuerzas, sé que luchó hasta el último suspiro, con un fin de trayecto prematuro. Se ha marchado plena de amor, lo único que ha hecho soportable un castigo vital que, a veces, se escapa a la razón. Más que nunca, me agarro a la vida con la misma fuerza que lo hizo Nagore. Ella nos trazó el camino del viaje. Nueva York espera.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate