El Correo

La insuperable historia de amor de Tony y Nagore

Tony y Nagore, en su casa de Vitoria, el pasado febrero
Tony y Nagore, en su casa de Vitoria, el pasado febrero / Igor Aizpuru
  • La semana pasada fallecía Nagore Martínez, la mujer de Tony Sánchez, capitán del Zuzenak

Tony Sánchez, vitoriano de 38 años, y Nagore Martínez, también vitoriana, de 34 son los protagonistas de una de las mayores historia de amor que conoce Vitoria. Él es el capitán del equipo de baloncesto en silla del club Zuzenak, sufrió un accidente de tráfico cuando tenía dos años que le provocó una paraplejia severa. Ella sufre una esclerosis múltiple que la «ha devorado en ocho años» y que el 9 de octubre acababa con su vida.

Tony y Nagore encontraron el amor en el trabajo. Un bonita amistad que desembocó en una de esas grandes historias de amor. «Es mi mujer, es parte de mí. Es un compromiso fuerte entre ambos. Haría cualquier cosa por ella. Ahora la amo mucho más que cuando me casé en el año 2006», relataba el pasado febrero, cuando abrieron las puertas de su casa a EL CORREO.

«Cuando conocí a Nagore y supe de su enfermedad, me puse en lo peor. Valoré si iba a poder con todo y pensé que sí podía. Esperábamos que la cosa iría de manera más paulatina, 10 o 20 años vista, pero en los últimos ocho, la enfermedad la ha devorado», explicaba Tony. «Primero fue un bastón, luego unas muletas, después una silla normal, hasta ahora. Su sistema nervioso se ha deteriorado mucho. Escribir ya no puede, tampoco comer por sí sola. Tampoco puede leer, porque no controla bien los ojos. Le está afectando también al sistema cognitivo. Hemos buscado la fórmula de audio-libros. Manejamos muchas cosas desde un ordenador para facilitarle el día a día. De hecho, va a empezar a ir a un centro de día para aprender algo de domótica que le puede venir bien».

El día a día

Un día a día en el que Tony se levanta a las cinco de la mañana para ir a trabajar a una empresa de electrónica en el departamento de calidad. Cuida de Nagore y encuentra algo de respiro en los días de entrenamiento. «Una manera de evadirme un poco y desconectar. Fíjate que después de más de 20 años jugando a básquet en silla, me empieza a gustar. Es que soy futbolero y del Barcelona. En realidad, no sé si disfruto más viendo ganar al Barça o perder al Real Madrid, jajaja». Los entrenamientos le ocupan tres días a la semana, los martes y jueves con el primer equipo y el viernes, con la escuela. Luego están los partidos. Así pues, Tony regresa a casa a eso de las ocho y media de la tarde. Cena, algo de televisión y a las diez, a la cama. El día siguiente también amanece muy temprano.

En su conversación, Tony tiene la virtud de ir del blanco al negro, de la oscuridad a la luz en décimas de segundo. El tiempo no tiene un valor primordial en sus vidas. «Vivimos el presente y con muchas ganas de vivir». Lo difícil parece más fácil al lado de Tony, siempre detrás de las soluciones. «Los techos de mi casa están llenos de vías para colocar grúas. De esta manera puedo manejar mejor a Nagore para incorporarla o sentarla». Necesitan ayuda y la tienen por parte de la familia. El padre acompaña a Nagore cada mañana en su paseo matinal y dos personas que se ocupan de su aseo personal y de parte de la limpieza de la casa.

No hay tiempo para mirar atrás, para lamentaciones. «Ya he llorado mucho», relataba entonces Nagore. «No podemos darle más vueltas». Solo una queja, «la poca delicadeza de una neuróloga que no supo comunicarle a Nagore con tacto lo que tenía. El enfermo necesita cariño en esos momentos, no que le cuente la crudeza de la enfermedad y que terminará en un silla de ruedas».

Y pese a cualquier adversidad, Tony y Nagore miraban hacia adelante. Tenían planes. Nagore quería ser madre. «Si fuera niña, se llamaría Irati». Nagore se ha marchado plena de amor, lo único que ha hecho soportable un castigo vital que, a veces, se escapa a la razón

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