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Ciclismo

De la remontada de Gaviria a la de Pantani en el Giro de Italia

El ciclista colombiano Fernando Gaviria (c) del Quick-Step Floors se impone en la decimotercera etapa.
El ciclista colombiano Fernando Gaviria (c) del Quick-Step Floors se impone en la decimotercera etapa. / EFE
  • Dumoulin, Quintana y Landa suben hoy a Oropa, el santuario donde 'el Pirata' tocó el cielo justo antes de su deriva

Hotel Touring, en Madonna di Campiglio, salida de la etapa 'reina' del Giro de Italia 1999. Han pasado cinco días desde la remontada perfecta de Pantani en Oropa. Aún resuena esa sinfonía a pedales. Tiene ganado el Giro. Italia le ama. Los niños quieren ser 'el Pirata'. Las cunetas se cubren con sus bandanas. Ciclismo al abordaje. Pero esa madrugada un comisario de la UCI le despierta. Control sorpresa. Luego se sabe: su hematocrito (porcentaje de glóbulos rojos en la sangre) supera la tasa permitida. Es expulsado de carrera a dos días del final. «Me he levantado de muchos golpes, pero de éste...», se le oye. Fúnebre.

Hotel La Rose, en Rímini, decadente localidad costera vacía de turistas en febrero de 2004. Habitación D6, un dúplex a 55 euros la noche. Pantani ya no es Pantani. Ha engordado diez kilos, veinte. Viene de un viaje al corazón de las tinieblas. De Cuba, donde llevó su bicicleta y la dejó apoyada en la pared para perderse en la noche, en drogas y depresiones. Tiene reservado un billete para volar a Bolivia, donde un párroco amigo lleva una misión dedicada a los niños. Una redención. Nunca volará. Lleva días hipnotizado, sube y baja entre ansiolíticos y cocaína. Sólo mira sin mirar la televisión. Se atrinchera. Coloca muebles en la puerta. Y allí muere por segunda vez el 14 de febrero de 2004.

Era un cadáver desde la mañana del hotel Touring.

Cinco días antes de morir por primera vez, Pantani dejó en herencia una etapa inolvidable, gigante, la de su remontada en Oropa, donde hoy Dumoulin se defenderá de Quintana, Nibali y Pinot, y donde Mikel Landa, que tiene a Pantani entre sus ídolos, quiere rendir homenaje al 'Pirata', al espíritu libre de los ciclistas que, más que para ganar, corren para hacer historia.

En el deporte, la palabra 'remontada' es sinónimo de emoción. El sabor de la victoria es aún mejor cuando se viene de bordear la derrota. La remontada de Pantani duró todo un puerto. La de Ferando Gaviria comenzó a apenas 300 metros de la meta de Tortona, último sprint de este Giro. Tan cerca de la raya final y Gaviria no estaba ni entre los diez primeros. Había perdido la cordada de su equipo, el Quick Step. Al colombiano, pacifista y piadoso, no le gusta que le llamen 'el misil'. Pero algo de eso tiene. Es un proyectil humano.

Apareció de la nada y con una marcha más que Bennett, Stuyven, Ferrari y Ewan. Lo difícil ahí, tan atrás, es buscar hueco para pasar, el agujero donde meter la llave para abrir primero la meta. De eso se encargó su lanzador, el argentino con espolones. Richeze se giró y vio llegar bufando a Gaviria. Supo qué hacer. Defensa argentino. Cuadró su ancha espalda y protegió un pasillo junto al filo de la hilera de vallas. Ewan, tan menudo él, quiso colarse por ahí y se topó, hombro con hombro, con Richeze, que se jugó el pellejo y hasta se le salió el pie zurdo del pedal por el impacto con Ewan. Trabajo cumplido. Había protegido la línea de paso de Gaviria, el relámpago que iluminó la meta. De que Gaviria es el futuro habla el pasado: desde Hinault en la Vuelta a España de 1978, un debutante no ganaba cuatro etapas en una gran ronda. A Gaviria, de apenas 22 años, no hay que llamarle 'misil', aunque lo sea. El Giro dio el dato: alcanzó 72 kilómetros por hora y 1.478 vatios de potencia.

Unas horas antes del chispazo del colombiano en la plana Tortona, el Giro hablaba en la salida de Reggio Emilia de la retirada de Geraint Thomas, con la rodilla molida, y de la meta del día siguiente, la de hoy en Oropa. El templo de otra remontada. Histórica. Allí, en esa subida hasta la capilla de la Virgen Negra, Pantani subió al cielo el 30 de mayo de 1999. Vestido de rosa, sin casco, pelado. Puro Pantani. Un salto de cadena construyó el inicio de una secuencia perfecta: el líder, el ídolo, se queda parado mientras trata de desenganchar la cadena. Todos se van. Se escapa el Giro. Italia chilla. Horror. Nadie le espera. ¿Dónde están sus gregarios del Mercatone? Pantani parece perdido. Comienza la remontada.

Al principio es lenta. El 'Pirata' está bloqueado. Los nervios. Hasta le cuesta seguir la rueda de sus compañeros, que al fin tiran de él. Luego se libera. De pie. Las manos en la parte baja del manillar. Su sello. Va pisando grupos. Savoldelli, Simoni, Gotti… Todos le ven pasar, sentados sobre sus bicicletas, arrodillados. Sólo falta Jalabert. Pantani ni le mira al pasar. Ese día no es de su especie. El francés intenta seguirle. No dura ni cien metros. El Giro grita el nombre de su dueño. Pantani, de rosa, alcanza el Santuario de Oropa. Del 'Pirata'. Su cielo. Le quedaban apenas unos días para la primera de sus dos muertes. Este Giro centenario no podía esquivar un panteón así. Hoy llega.

“Es un puerto que se puede salvar”, confía el confiado Tom Dumoulin, líder inmutable al que ni la debilidad de su equipo preocupa. Tampoco teme a Quintana, el colombiano obligado a remontarle al holandés 2 minutos y 23 segundos. «Oropa es un buen sitio para recortar tiempo», apuesta Quintana. Eso piensan Nibali y Pinot. Mikel Landa, como ya no pelea por el podio, se nota más libre: «Intentaré aprovechar que los favoritos se controlen entre ellos». Oropa y Pantani esperan.

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