El Correo

Sobre la tipología vocal

En la ópera de Mozart, hubo dos soportes para que la representación alcanzara un buen nivel. En primer lugar, la dirección musical de la canadiense Keri-Lynn Wilson y en segundo lugar una excelente dramatización teatral, muy verosímil y atractiva. En cuanto a la directora, conocida en Bilbao por haber dirigido con autoridad varias obras, volvió a mostrar su minuciosidad en la lectura y dirigió con ademanes claros y elegantes, tanto a la Sinfónica de Euskadi como a los que pisaban el escenario. La blonda canadiense impidió que la ópera decayera y además sus manos de seda dejaron cantar con un tempo adecuado para cada uno de los artistas, buscando lucimiento. Por lo que se refiere a la puesta en escena, hubo movimiento real y acorde al argumento, un vestuario rico en general y a pesar de que la ópera se desarrolla en un solo espacio escénico, resultó interesante y suficiente gracias a ese constante movimiento y la teatralidad vivida.

En los derroteros del canto, es la primera vez que presenciamos la victoria canora de Leporello sobre Don Giovanni. A pesar de que Simón Orfila apareció como Leporello y nos recordara a un bajo bufo de Rossini, logró una interpretación del rol muy convincente. No así Simon Keenlyside, un barítono lírico de escaso poderío vocal y por tanto inadecuado para el papel protagonista. Tal vez si hubieran cambiado los papeles, se hubiera conseguido una mayor homogeneidad estilística. El barítono inglés cantó de forma muy inteligente porque sustituía sus lagunas con una paleta cromática vocal de variados colores. Sin embargo algunas veces su uso resultaba inoportuno y abusó del canto spianato, efectivamente intencionado y buscando efecto, pero lleno de recursos. De todos modos lo que más nos llamó la atención fue el que teatralmente apostara por un Don Giovanni vulgar más que señorial, por un Don Giovanni efectivamente truhán pero sin modales de caballero. De entre las féminas habría que subrayar la excelente actuación de Davinia Rodríguez ya que cubrió su papel de Doña Ana con una voz fácil y potente, ligera pero no tanto, pues en su centro y en los graves le cambiaba el color, pero al mismo tiempo le proporcionaba calor.

No es difícil adivinar que a la soprano canaria le espera un brillante porvenir. Un futuro que también se adivina en Miren Ubieta, soprano de más igualdad vocal en los varios registros, una voz muy natural, clara y limpia. Fueron dos artistas que mantuvieron la calidad canora de la obra junto al tenor José Luis Sola. No obstante, citemos a la tercera soprano que contiene la ópera, es decir, la que encarna a Doña Elvira. El papel recayó en Serena Farnocchia, cuyo debut no nos dijo demasiado, si bien tampoco habría que decir nada negativo referente a su actuación ni a su canto. Decíamos que el tenor navarro José Luis Sola fue otro de los que mostraron lo que de verdad significa el canto de Mozart, o sea, elegancia en la línea, moderación y control en la intensidad, dulzura gestual, excelente programación respiratoria para enlazar unas frases con otras, etc. Es lo que el tenor ofreció con su delicada voz, deleitando al respetable. En fin, una representación en la que al protagonista, Don Giovanni, habría que escucharle en otro rol más propio para su tipo vocal.

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