Vitoria sale de compras navideñas. «Todo este exceso es una barbaridad»

Dato fue un buen termómetro donde medir la ‘fiebre consumista’. /Blanca Castillo
Dato fue un buen termómetro donde medir la ‘fiebre consumista’. / Blanca Castillo

Los más rezagados han tomado, bolsas en ristre, las calles del centro de la ciudad en busca de los regalos de última hora

JORGE BARBÓ

Le pasó a Arnold Schwarzenegger en aquella infame película navideña ‘Un padre en apuros’ (1996). El después anabolizado gobernador de California las pasaba canutas buscando por jugueterías y centros comerciales un Turbo-Man para su vástago. Era el juguete más deseado de aquellas fiestas, como lo es hoy esa Lol Suprise, una suerte de bola con muñeca dentro, también conocida «como la dichosa cosa esa» por padres, tíos y abuelos rezagados que, este sábado, hartitos vivos ellos, andaban buscando como pollos sin cabeza el regalo de última hora entre una marabunta humana que, bolsas en ristre, con prisas y bufando a cada paso, tomó las calles del centro de Vitoria.

Bastaba con pararse unos minutos a tomar un café en la terraza del Casablanca de la calle Dato, a media mañana, para extraer dos conclusiones sin -por otra parte- demasiado valor estadístico. La primera, que ocho de cada diez paseantes iban cargados con paquetes de regalo. La segunda, íntimamente ligada a la primera, que tras unos años de obligada austeridad, ha vuelo el frenesí consumista al calor del ‘antiespíritu’ navideño. «Desde luego que es una barbaridad todo este exceso, menos mal que sólo es una vez al año», reconocía Ane Ortiz de Zárate. La mujer, con media docena de bolsas, bien brillantes, en las manos ha comprado «una colonia, unos calcetines, unos zapatos, un libro, un pijama...» se había dejado «más de 200 euros» en sólo un par de horas de compras.

Los que también tiraron de tarjeta -«hasta dejarla tiritando», ilustraron entre risitas nerviosas- fueron Goizalde y Ernesto, que cargaban con unos enormes paquetes de regalo a la salida de una céntrica juguetería. «Es el barco pirata de Playmobil, que yo siempre lo pedí, pero nunca me lo echó el Olentzero y quiero que lo tenga mi hijo», aseguraba el padre, muy consciente de que estos días «los críos tienen una abundancia de regalos que no es nada buena».

Caviar y cochinillo

El ambiente de consumo desaforado se repitió en los grandes almacenes de la calle Paz, por cuyos pasillos de la sección de perfumería era casi imposible transitar sin sacar el quaterback que uno lleva dentro. Y en el supermercado, las cajeras no daban abasto. «He venido a buscar un vinito y un cava rico y mira, salgo con salmón ahumado y me he venido arriba y hasta me llevo un poquito de caviar», señalaba Edgar, en la sección gourmet del centro comercial.

Bastante más modesta, pero no menos apetecible lucía la cesta de la compra de la estupenda Carmen, a la que esta noche le tocará cocinar ¡para 18! -bendita tú seas entre todos los invitados- entre nietos, hijos, sobrinos, hermanos y demás familia. «Con tanta tropa no te puedes poner a hacer florituras», razonaba la mujer, que se llevó un cochinillo, la mar de hermoso él, de una de las carnicerías de la Plaza de Abastos, donde tampoco cabía un alfiler. «Parece que no comamos el resto del año», resoplaba, con más razón que un santo, Sebastián, que por el semblante malhumorado, bien podría pasar por el Grinch. Como muchos, harto de tanta compra. De tanto exceso.

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