Una vida menos perra

Cada año 350 canes encuentran un hogar en Vitoria. Su centro de protección animal practica uno de los procesos de adopción más garantistas de España

Marta se deshace en caricias con Panchita./Rafa Gutiérrez
Marta se deshace en caricias con Panchita. / Rafa Gutiérrez
JORGE BARBÓ

Cuando uno mete la llave en la cerradura y abre la puerta, él ya está allí para montarle una gran fiesta, como si hiciera eones que no le hubiese visto. Si ha tenido un mal día en el trabajo, él apoya su hocico en la rodilla con una mirada que hace que, de repente, todo torne menos grave. Con esos lametones suyos y esos gestos de cariño peludo, desmedido, absolutamente desinteresado, él devuelve con creces cada inconveniente, cada paseo bajo la lluvia, cada gramo de pienso, cada viaje cancelado por no poder encontrar un cuidador a tiempo. Y mientras corre por el parque detrás de una pelota de tenis llenita de babas o busca y rebusca un palo como si fuera aquello el más raro de los diamantes, uno no puede dejar de preguntarse cómo diantres alguien pudo deshacerse de él y abandonarle a su suerte. Es ésta la sensación con la que conviven todos los que un día decidieron dar una segunda oportunidad a esos perros que alguien quiso condenar al ostracismo. Pero, por fortuna, ellos, sus dueños adoptivos, se cruzaron en su camino para darles una vida mejor. Menos perra.

Según las últimas cifras disponibles, unos 850 perros abandonados van a dar cada año con sus huesos al centro de protección animal de Vitoria. De ellos, 30 acaban siendo adoptados tras su paso por unas instalaciones que, desde hace unos años, pueden presumir de no practicar el sacrificio animal en buena parte, gracias al convenio que se mantiene con Alemania desde 2004, cuando se empezó a enviar mascotas a un país «muy concienciado con el bienestar animal y en el que el abandono de las mascotas ni se plantea», aseguran los expertos.

80.000

euros al año gasta la protectora ApaSOS en veterinarios. Para evitar el sacrificio de los animales enfermos, los voluntarios llevan a una red de clínicas colaboradoras a los perros que padecen enfermedades al ser recogidos.

Pero el éxito también se explica gracias al intachable sistema de adopciones que gestiona la asociación ApaSOS, que es, con toda probabilidad, uno de los más garantistas de toda España. De hecho, se trata de un proceso de adopción en toda regla, lejos, mucho, de esa escena, tan de película romántica noventera, en la que una pareja decide adoptar un cachorrito en una acaramelada visita a la perrera. Y, cuando el amor se acaba –porque se acaba–, el animal se queda compuesto y sin dueños. «Aquí tratamos de disuadir al que viene a adoptar por impulso, al que sólo se queda con el físico del animal –con si es mono, vaya–, porque un perro es una decisión y un compromiso de vida para los próximos quince años», insiste Luis Mendoza, uno de los responsables de la asociación animalista.

Illun posa junto a su familia, a quienes conquistó nada más conocerse
Illun posa junto a su familia, a quienes conquistó nada más conocerse / Rafa Gutiérrez

El primer filtro que han de pasar los potenciales adoptantes es la propia llamada a la protectora. «Nosotros ya tenemos una serie de preguntas y un protocolo establecido para detectar quién puede ser un buen candidato y quién tiene intenciones aviesas», explica. «Se les pregunta por su estabilidad personal y su situación económica, porque hay que recordar que tener un perro puede suponer un presupuesto de unos 400 o 500 euros al año», abunda el voluntario. Con esos datos, la protectora realiza una suerte de informe de idoneidad de los candidatos «ya, que desde un principio es bastante fácil saber si una persona está preparada para adoptar».

Voluntarios

Desde la protectora llaman a colaborar con su labor. «Pero los que vengan han de ser conscientes de que es necesario trabajar también con razas potencialmente peligrosas», avisa

Después, se establece una primera toma de contacto con el animal, en un recinto vallado, de esparcimiento. «En el trato personal ya se disipan todas las dudas». No es la única visita que las familias realizan a la perrera antes de llevarse su mascota a casa. Se llegan a concertar sucesivos encuentros para «ver cómo interactúa el animal con todos los miembros de la familia». Es una parte del proceso muy importante, «sobre todo cuando hay niños en casa», señala Luis, el voluntario, y crucial cuando el can va a convivir con otro perro en el hogar. «Es esencial que tengan ‘feeling’ entre ellos». Todos los animales se entregan desparasitados y esterilizados, el nuevo dueño sella su compromiso en un contrato que expide el Ayuntamiento de Vitoria en el que se formaliza la adopción, tras el pago de una tasa municipal de 56,10 euros.

«Mantener el contacto»

El proceso no acaba con la entrega del animal. «Siempre se intenta mantener el contacto y, regularmente, se contacta con las familias para que nos informen de su estado y nos envíen fotografías para hacer un seguimiento», sostiene Mendoza. Gracias a este protocolo tan garantista, tan celoso, «el 95% de los animales consigue adaptarse perfectamente a sus familias», presume el voluntario animalista.

Rosa e Izar siempre han estado «predestinadas».
Rosa e Izar siempre han estado «predestinadas». / Rafa Gutiérrez

Entre esa aplastante mayoría peluda se encuentra Illun, un tipo afable, cariñoso como pocos, y que no se despega ni un segundo de Marta Ramos, Daniel Llanos y de la hija de ambos, Jone. «Nunca hemos entendido cómo le pudieron abandonar porque es un perro supersociable, buenísimo y muy cariñoso», presume su dueña, a la que el can, un cruce de pastor catalán y vasco de seis años, conquistó a la primera. «Habíamos tenido un perro durante 16 años y dijimos que nunca más entraría uno en casa y... mira», sonríe Marta mientras su mascota retoza por el parque del Galeón de Lakua. «Nos está devolviendo el gesto que tuvimos con él con creces. Bueno, a nosotros y a toda la sociedad», explica Daniel. Porque Illun acude cada semana a una residencia para participar en una terapia con ancianos. «Le peinan, le acarician y es muy bonito ver cómo personas que llevan tiempo sin decir ni una palabra, de repente, le hablan al perro», presume la dueña adoptiva.

Su experiencia ha sido tan positiva que hace ya un tiempo que decidieron acoger temporalmente a perros en casa. Se trata de canes que, bien por ser todavía demasiado cachorros o padecer problemas de salud, no pueden permanecer en las instalaciones del centro aguardando la llegada de una familia adoptiva definitiva. «Da pena cuando se marchan, pero la experiencia es muy gratificante y recomendable para los que no están seguros de estar preparados para tener un perro para siempre», recomienda Marta.

Como Illun, Izar se adaptó muy rápido a la vida de Rosa Zarama. La suya es una de esas historias de un ‘clavo quita a otro clavo’ aplicada al amor perruno. «Mi anterior perra, Kira, me salvó cuando yo lo estaba pasando muy mal, pero se me murió atropellada», recuerda, entornando los ojos, como si recordara en ese instante cada lametón de su anterior mascota. Decidió adoptar a Izar, un cruce de spaniel y bretón, «muy enérgica, muy cariñosa, muy mimosa y muy melodramática... supongo que en eso nos parecemos», sonríe Rosa. «Estoy convencida de que estábamos predestinadas», asegura, en una de esas afirmaciones que sólo quien comparte la vida con un can puede entender. «Te enseñan muchísimo, al final, creo que tener perro, y más adoptado, es una filosofía de vida», razona la joven.

Marta se deshace en caricias con Panchita
Marta se deshace en caricias con Panchita / Rafa Gutiérrez

En el caso de Marta Méndez, la decisión de adoptar a su Panchita fue muchísimo más meditada. «En casa tuvimos muchas dudas antes de llevárnosla con nosotros», confiesa la mujer, mientras se deshace en caricias con su perra, de mirada tan noble que cuesta ver en ella a la perra potencialmente peligrosa que su documentación asegura que es. «Pero para mí, desde luego, eso sólo es una etiqueta porque ella es un pedazo de pan». Una etiqueta, sí, que acarrea un rosario de trámites. Los dueños que se deciden a adoptar una de estas razas han de pasar un test psicotécnico, tienen que contratar un seguro de responsabilidad civil y asumir que jamás sacarán a su mascota sin correa ni bozal a la calle. «Pero compensa todo con creces», asegura Marta, que como Rosa y la familia Llanos-Ramos dieron a Illun, Izar y Panchita una segunda oportunidad. Una vida un poquito menos perra.

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