El último de los Álava o cómo perder un palacio por el vicio del juego

Exterior del palacio de los Álava. / Rafa Gutiérrez
Historias perdidas de Álava

Ricardo Álava y Carrión fue el último de una estirpe que gobernó la provincia durante siglos. Él representa la decadencia de un apellido. Perdió el gran símbolo de poder, el palacio de los Álava, para pagar sus deudas de juego

FRANCISCO GÓNGORA

El Palacio de los Álava fue durante cinco siglos el símbolo de poder de la familia que lleva el nombre de la provincia. Diputados generales, alcaldes, almirantes, presidentes de gobierno, juristas, militares han nacido y vivido en sus habitaciones. Llegó a cobijar a Francisco I de Francia, cuando viajaba prisionero a Madrid, tras la batalla de San Quintín o a Lord Wellington la noche del 21 de junio de 1813. Hoy en día, dado su mal estado es un peligro para los residentes que viven en él y para los viandantes que caminan por el Casco Medieval. Las continuas denuncias de los desprendimientos son de sobra conocidas por todos los vitorianos, así como las reclamaciones a su actual dueño, el Ayuntamiento marroquí de Tánger. Sin embargo, menos conocido es el proceso de cómo un palacio en pleno corazón del caso medieval de Vitoria ha llegado a manos de un ayuntamiento de Marruecos.

¿Cómo perdieron los Álava su palacio?

Durante la primera mitad del siglo XIX, el edificio formaba parte del patrimonio del general Álava. Al morir el ilustre militar, diplomático y político en 1844 otorga la herencia a su hermano José Ignacio que se queda con el mayorazgo. Este hermano, que había estudiado leyes y fue magistrado, negoció con el Estado la compra por parte del Ayuntamiento de las estatuas de los cuatro reyes godos que ahora vemos en la Florida. En 1835 se casó con Joaquina Carrión. No se llevó bien con Loreto Arriola, la viuda del general a cuenta de la herencia, ya que muchos de los bienes estaban en usufructo para Loreto Arriola.

José Ignacio tuvo un hijo, Ricardo de Álava y Carrión, nacido el 14 de diciembre de 1838. Según el biógrafo del general Álava, Gonzalo Serrats, este individuo fue el que dilapidó la fortuna que había heredado de sus padres, entre otros bienes, la casa palacio de los Viana. Y según confirma el genealogista Juan Vidal Abarca perdió el palacio como deuda de juego a su amigo Joaquin Ignacio de Figueroa y Mendieta, político español que fue padre del Conde de Romanones y se casó con la primera condesa de Tovar. Su hijo, fue ya marqués de Tovar, Rodrigo de Figueroa y Torres (1866-1929).

Ignacio de Figueroa y Mendieta coetáneo de Ricardo de Álava y Carrión.

No sabemos mucho de las peripecias del último Álava del palacio. Gonzalo Serrats afirma que era muy pretencioso y tenía en su domicilio sillas con la corona ducal. Había pretendido que la reina le nombrara marqués de Álava basándose en una oferta anterior que había recibido el general y a la que se negó. Vendió cuadros de gran valor y sobre todo se tuvo que desprender del palacio para pagar sus deudas.

Parece que fue ese primer marqués de Tovar el que le acompañó en algunas de sus correrías por Madrid y el que se quedó con el palacio. Llegado el siglo XX, el propietario del palacio Álava es Ignacio de Figueroa y Bermejillo (1892-1953), II duque de Tovar, además de otros títulos nobiliarios. Murió soltero y sin descendientes. Dejó su patrimonio a su hermana, en usufructo, pero declaró heredero universal a un instituto que renunció a la millonaria herencia del duque de Tovar.

La herencia del duque

Mientras su hermano Alfonso de Figueroa y Bermejillo (1897-1968) heredó el ducado de Tovar, para convertirse en el tercer duque de esta casa, Ignacio dejó su patrimonio en usufructo a su hermana María Cristina -que fallecería un año después-, pero declaró heredero universal de sus bienes al ‘National Cancer Institute’ de Estados Unidos y en caso de que no aceptara la herencia, ésta debía pasar a la ciudad de Tánger.

Pero la extraña herencia que dejó Ignacio de Figueroa, nacido en San Sebastián el 9 de Septiembre de 1892, tiene una explicación. El duque de Tovar, que también era Caballero de la Orden de Santiago y de Malta, cayó herido en la guerra de África donde recibió muchos cuidados y dedicación por parte de los tangerinos hasta lograr su recuperación. Tantas atenciones debieron conquistar al donostiarra hasta el punto de fijar en esta localidad su residencia y de contribuir, tras la guerra, al resurgimiento de esta ciudad, entonces en manos españolas. Desde entonces y hasta su muerte en 1953, Ignacio de Figueroa fue un enamorado de Tánger.

Ello explica que declarara heredero universal de sus bienes al Instituto Norteamericano del Cáncer y, en caso de renuncia, a la Administración municipal de Tánger (protectorado español hasta el año 1956). Y así sucedió. El instituto norteamericano renunció a la millonaria herencia, por el alto coste impositivo que le iba a suponer ser el dueño de una gran cantidad de inmuebles repartidos por la localidad marroquí y por varias ciudades de España, por lo que la propiedad del palacio de Álava-Esquível y de otros muchos edificios recayó en la Administración municipal de Tánger. Tras su independencia de España, la titularidad del palacio vitoriano cayó en manos del Consistorio tangerino.

Por esta razón, los inquilinos que viven en la actualidad en el edificio vitoriano siguen pagando la renta a un administrador de fincas nombrado por las propias autoridades de Tánger.

Dos retratos de Rodrigo de Figueroa y Torres, primer duque de Tovar, de 1903 y 1909. / Franzen

Además, al igual que el palacio vitoriano, varias propiedades inmobiliarias del duque pasaron a manos de la ciudad marroquí, como un edificio en el centro de Madrid que fue adquirido por el ayuntamiento de la capital hace unos años y que también se encontraba en estado ruinoso. La transacción del abandonado inmueble se realizó por la módica cantidad de 2,58 millones de euros.

Uno de los requisitos de la herencia del II duque de Tovar fue que su patrimonio se destinara a la construcción de un hospital, y así se hizo por parte de las autoridades de Tánger que levantaron un centro hospitalario con el nombre de ‘Duque de Tovar’ y que continúa en funcionamiento en la ciudad marroquí del estrecho.

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