EL TRIPLE ASESINO QUE MURIÓ A GARROTE VIL COMO UN SANTO

Juan José Trespalacios mató a golpes a tres hermanos en Añes, pero su arrepentimiento en la cárcel le hizo recibir el apelativo de ‘buen ladrón’

El concejo de Añes, en Ayala, el lugar dónde arrancó la historia. /
El concejo de Añes, en Ayala, el lugar dónde arrancó la historia.
Francisco Góngora
FRANCISCO GÓNGORA

Esta es una historia que 64 años después de transcurrida parece imposible. No encaja con los valores actuales, pero tiene sentido en aquel ambiente gris de posguerra con la religión presente en todos los ámbitos de la vida, también y por lo que se ve mucho en la cárceles y concretamente en la de Vitoria.

Juan José Trespalacios fue un triple asesino arrepentido al que el capellán de la cárcel de La Paz consideró un buen ladrón, como uno de los que acompañaron a Jesús en la cruz.

No siempre fue tan bueno, obviamente. Era natural de Sodupe (Bizkaia) y desde niño había sido un rufián, según el relato de Primitivo Ibañez Argote ‘Yo vi ejecutar al ‘Buen ladrón’ del siglo XX’. Fue cinco meses a la escuela, trabajó de pastor, minero cuatro años y zapatero en Castrejana y según cuenta él mismo era muy amigo de lo ajeno. Enseguida se apropiaba de lo que veía. Pequeñas cosas que fueron a más. En su historial, una estafa en Bilbao en 1948, una apropiación indebida y un robo en Burgos en 1949. Pero sus fechorías fueron muchas más. Por ejemplo, también ejerció de estraperlista.

Según contaba él mismo, era muy amigo de lo ajeno. Enseguida se apropiaba de lo que veía

Así que el día que desapareció una vaca en Añes las sospechas recayeron en él y fue detenido el 27 de septiembre de 1950. De la cárcel de Amurrio pasó después a la de Larrínaga. En total 5 meses.

Cuando salió de prisión el 24 de ferero de 1951 llevaba el veneno de la venganza en su interior. Había procurado enterarse de quién le había denunciado y fue a buscarlo. Era Marcelino Menoyo, campesino.

No quería matar

El 4 de marzo, domingo, nevó en Añes. Después confesaría que no quería matar sino solo darle una paliza al denunciante. Buscó a Marcelino y después de la misa fue a su casa. Lo vio entrar en el pajar y cogió un palo. Se fue hacia él lo cogió desprevenido y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Sus gritos eran inenarrables. En ese momento, alarmados por el ruido, entraron también sus hermanos Lázaro y Fe Clotilde. Los golpeó a los dos con una fuerza inusitada.

Tras una huida alocada varios vecinos le dieron el alto con escopetas. «Quieto o te matamos», le dijeron. Juan José, cansado, no podía más y se detuvo. Le amarraron fuertemente y le introdujeron en una cabaña. Allí fue golpeado y pisoteado, mientras estudiaban la manera de matarlo. El párroco del pueblo impidió el linchamiento. A las dos horas se presentó la Guardia Civil en el pueblo y lo trasladaron a la prisión de Amurrio.

Tras un abrumador interrogatorio que comenzó a las diez de la noche fue ingresado, en una celda custodiado por una pareja de civiles.

Convirtió la celda en un oratorio: en la cabecera, enrollado, el rosario. En la balda, un pequeño crucifijo

¿Tiene usted frío, hambre o miedo»?, le espetó un guardia civil a Juan José Trespalacios, al verle temblar. «De todo», contestó el hombre buscando piedad en la mirada de sus captores. Acababa de matar a palos a tres hermanos, vecinos de esta localidad del Valle de Ayala. «Pues eso, antes. Ahora ya sabes lo que te espera», le respondió el agente con tono justiciero.

Pasó 84 horas sin comer, declaró dos veces ante el juez. A partir de ese momento, Juan José comienza a cambiar y arrepentirse. Primero, recibe la visita de un sacerdote..

Juan José Trespalacios
Juan José Trespalacios

El comportamiento del cura, –le da su ropa porque se queja de frío– conmociona al prisionero y el día 7 acepta la confesión. Ya muestra estar arrepentido. A partir de ese momento, el triple asesino oye la voz de Dios –eso es lo que confiesa– que le decía cosas de este tipo: «Muy horroroso es tu delito pero dada mi infinita misericorida y amor al linaje humano, todo lo perdono al hombre aunque haya cometido los mayores pecados, con tal de que haga penitencia y tenga verdadero arrepentimiento».

La espiritualidad de Juan José Trespalacios se acrecienta cuando ingresa en la prisión de Vitoria el 12 de marzo. «Aquí aprendí a rezar, aquí me enseñaron a llorar mis pecados, de aquí enderecé mi rumbo al cielo. De la prisión al cielo», resumía su pensamiento y lo que escribe después.

Tal y como dibuja la prisión, Trespalacios es bien recibido. Lo primero que pide es entrevistarse con el capellán.

Tres penas de muerte

Pasaron ocho meses hasta la celebración del juicio. El fiscal pedía tres penas de muerte. Finalmente, solo fue condenado a una tras la audiencia que se celebró en Vitoria.

Convirtió la celda en un oratorio: en la cabecera, enrollado, el rosario. En la balda, un pequeño crucifijo. Una Virgen, una estampa de un padre trinitario, libros piadosos como la Imitación del Sagrado Corazón de Jesús, del padre Arnaldo. Y sobre todo, su cilicio ensangrentado para hacer penitencia. También hizo un vía crucis a base de estampas que también recorría. Comulga todos los días. Se mortifica

Dos años pasó así Juan José Trespalacios . Mantiene un epistolario religioso con un sacerdote y es capaz de decir lo siguiente: «Después de abjurar todos mis errores y recibiendo del señor luces suficientes para retomar como el hijo pródigo a mi fe perdeida no me queda más que ofrecerle mi vida en holocausto por mis pecados y como reparación de mi mala vida pasada».

La prisión de La Paz, en Vitoria.
La prisión de La Paz, en Vitoria.

La transformación espiritual y humana de Trespalacios se ve en su correspondencia y en los comentarios de quienes le tratan. Hasta el papa le manda una bendición personal. El indulto ante Franco no llega, pero se resigna .

El día 11 de junio llega el verdugo. Entra en capilla 12 a las 9 de la noche para ser ejecutado el día 13 a las siete de la mañana. sábado. Sigue alegre y así recibe a su madre y a su hermana. Les dice: ‘Mañana al cielo’.

Las últimas páginas del libro son una descripción periodística llena de detalles de las últimas horas de este asesino arrepentido.

Relato periodístico

A las 4.30 de la madrugada el verdugo monta el patíbulo. Ha fijado el garrote en la tierra; la ha apelmazado; ha atado la silla al garrote y ha escondido el resto del instrumento del suplicio debajo de la escalera del jardín, donde va a tener la ejecución.

«Baja las escaleras del jardín. Junto a ellas estaba levantado el cadalso. Le manda el verdugo sentarse en la silla, atada al garrote. Obedece, Una vez sentado exclama: «estoy en el trono».

Juan José Trespalacios no perdió la compostura ni su sonrisa. Le rodeaban cuatro sacerdotes. Sus últimas palaras son jaculatorias al Sagrado Corazón y a la Virgen. Tras besar un crucifijo, el verdugo da media vuelta a la palanca y el cuello de nuestro santo amigo queda agarrotado. Muere instantaneamente, sin una muesca de dolor. Con placidez. No se le tapa la cara como suele ser habitual. Los espectadores sienten angustias de horror. Varios guardias civiles lloran .

Más temas de esta sección

Su cuerpo es trasladado a Santa Isabel, concretamente al panteón familiar del que fue su confesor Saturnino Martínez. Después de su muerte, muchas personas se encomendaban a Dios a través del «santo» Trespalacios.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos