Tempus fugit

Si algo aprendemos en la vida es que el tiempo vuela mientras disfrutamos, para ralentizarse hasta la exasperación cuando nos toca sufrir o padecer de amores o de humores corporales

Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

No sé si lo saben, si no ya se lo cuento yo, que los días que van del 5 al 14 de octubre de 1582 nunca existieron. Constituyen un agujero negro o lapso espacio-temporal en el reloj de la historia.

Hoy, este hecho desataría especulaciones que ocuparían y preocuparían a gentes como Iker Jiménez y demás buscadores de ectoplasmas. Aunque como sabemos desde la célebre navaja de Occam, la respuesta más sencilla suele ser la correcta en la mayoría de ocasiones.

Sucedió ese otoño del siglo XVI que un Papa, de nombre Gregorio XIII, le dio por poner en hora el calendario desfasado que antes pusiera en marcha Julio Cesar en el año 46 antes de Cristo. El desfase detectado por los astrónomos del Vaticano se tasaba en 11 miserables minutos por año solar. Pero el Santo Padre estaba preocupado porque las celebraciones religiosas se trafulcaran con el paso de los años.

Así que, pronto y bien mandado, el Pontífice cuadró a martillazos la transición del denominado y vigente calendario Juliano, al nuevo y más ajustado calendario Gregoriano, que es el que tenemos actualmente. Y como le sobraban once días, minucias si lo comparamos con la eternidad, decidió suprimir de golpe los días que van del 4 al 15 de octubre de 1582. Así, quedaron erradicados, fulminados, volatilizados en una millonésima de segundo. Nada de lo que en ellos sucedió llegó a existir, quedando reducido a la nada. Por decreto divino, ni más ni mangas.

Y por qué este afán revisionista del papa Gregorio, se preguntarán ustedes. Pues nada más ni nada menos que para evitar que la Semana Santa cayera en verano. Ahí es nada. Si hubiera sabido que siglos después existiría Ryanair le hubiera dado tal ataque de caspa que se le cae el solideo al ver que una fiesta religiosa se convertía en pagana, vacacional y playera pese a su golpe de autoridad en el calendario.

En cualquier caso, muchos de nosotros daríamos todo lo que tenemos -bien poco, al fin y al cabo- por borrar algunos días de nuestra biografía y tratar de cambiar y remedar errores monumentales o decisiones poco meditadas que condicionaron nuestras vidas de forma irremisible. Pero ya se sabe, no todos nos llamamos Gregorio, ni somos papas, ni gozamos de tan alto privilegio como el de deshacer el tiempo por venir.

Me pregunto, en el hipotético caso de que nos fuera dada la opción de borrar nuestro pasado, qué parte suprimiríamos en el ingenuo afán por reescribir lo ya vivido, por enmendar errores que nos atormentan, por remendar descosidos que, pasado el tiempo, permanecen en nuestra fe de erratas existencial.

Y me digo que se me ocurren mil hechos ajenos que enmendaría, como hacen en el Ministerio del Tiempo. Y me dispondría afanoso a corregir párrafos enteros de la enciclopedia de la historia de mi país, en la que tanta y tanta sangre de gente buena se derramó con una fruición digna de mejor causa.

Pero, en cambio, me la cogería con papel de fumar antes de meter mano en mi biografía para deshacer aquel error de infancia; o aquella osadía de adolescencia; o para evitar a aquel amigo que un buen día me metió en líos inimaginables de los que mejor no hablar.

Si me apuran, el único momento que no borraría jamás sería el del día en que conocí a la que hoy es mi mujer. Pese a que en alguna ocasión, tras una discusión sin sentido, me pareciera que sí; que no hay quien pueda con ella y su tozudez. Pero al fin, rendida la plaza, sé que si algún papa quisiera borrarla, como hiciera Goyo 13, moriría de pena, o de desamor, o de rabia. O quizá no. Quién sabe.

Por fortuna, me sacan de mis ensoñaciones las cigüeñas que anidan en la Iglesia de San Vicente, que crotorean que es un primor. Cada mañana, desde mi oficina, abro la ventana para escuchar su saludo cotidiano: ‘Ta-ta-ta-ta-ta’. Así, como una metralleta con sordina, abren y cierran su pico al ritmo que marca algún rito milenario fundido en su ADN.

Y veo el reloj de la torre bajo sus nidos y pienso en lo caprichoso que es el tiempo. Y en nuestra estúpida certeza de que una hora tiene sesenta minutos, cuando si algo aprendemos en la vida es que el tiempo vuela mientras disfrutamos, para ralentizarse hasta la exasperación cuando nos toca sufrir o padecer de amores o de humores corporales. Porque nos pasamos la vida tratando de matar el tiempo y es éste, de modo inexorable, el que acaba por matarnos a nosotros.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos