Sentarse a esperar

Varios turistas con sus equipajes, en la plaza de la Virgen Blanca. /Blanca Castillo
Varios turistas con sus equipajes, en la plaza de la Virgen Blanca. / Blanca Castillo
ÁNGEL RESA

Por mucho empeño que ponga Vitoria en retirarse los velos que durante tanto tiempo la mantuvieron oculta no podemos pedir peras a un olmo seco. Vale que la capital alavesa tiene la capacidad de presumir de encantos, desde su espléndida conjunción entre naturaleza y asfalto al noble patrimonio de un Casco medieval redescubierto pasando por una gastronomía de toma pan y moja. Pero nos faltan los rascacielos de Nueva York (o en su defecto Benidorm), la climatología canaria porque aquí nadie se responsabiliza de procurar buen tiempo y la costumbre de ejercer la labor de anfitriones. Así que 61 pisos turísticos registrados en el Gobierno vasco suenan a algo modesto, a cinco docenas de inmuebles y otro más de propina.

Y, sin embargo, es preciso regular la recepción de huéspedes, esos seres de los que nos faltaban referencias no hace tanto. En primer término para evitar perjuicios a aquellos emprendedores de esta actividad innovadora que, según el lenguaje taurino, van de frente y por derecho frente a los piratas que buscan clientes al abordaje. ¿Dónde? Pues en las aguas inmensas de Internet ignorantes de la existencia de diques, del mismo modo que resulta imposible estabular con puertas el campo. Pero si Quijote y Sancho se toparon con la Iglesia hace cuatro siglos, quienes tratan de legalizar el negocio chocan ante la maquinaria administrativa. Nada puede permitir Lakua mientras el Ayuntamiento no regule las normas que habrán de cumplir este modelo de hospedería. Y en este punto los interesados se dan de bruces con una Corporación peculiar.

Lo comento porque ya conocemos el funcionamiento político del Consistorio. Basta que un grupo diga que los pisos turísticos deben de ocupar el primer piso en un bloque para que otro apueste por el segundo, el de allá los prohíba y aquel redacte folios de letra pequeña para las autorizaciones. A quienes abrazan la legalidad y a los hoteles que maldicen las competencias desleales les queda el viejo recurso de encontrar una silla cómoda y sentarse a esperar. A ser posible sin el vicio del fumeque.

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