El cubo en seis segundos

Daniel, con el típico cubo, que es capaz de resolver en apenas unos segundos. / jordi alemany

El vitoriano Daniel Gracia bate el récord de España en un campeonato de Rubik

JORGE BARBÓ

Debería ser obligatorio regalar a todos los críos un cubo de Rubik, ese rompecabezas endiablado en el que hay que conseguir que cada una de sus seis caras muestre el mismo color. No por su valor educativo, ni por esas propiedades de gimnasia mental que se le atribuyen. El dichoso juguete encierra en sus cuadraditos una metáfora de lo que es la vida; un puzzle perverso en el que, a priori, resulta casi imposible dar con la solución correcta sin antes desajustar lo conseguido. Y ante el desafío, la mayoría, frustrados e incapaces de resolverlo, tienden a abandonar el juego a los pocos minutos. Pero a él le bastan un par de giros de muñeca para darle solución.

El rubicundo Daniel Gracia tiene 21 años, basta estrecharle la mano para caer en la cuenta de que es un tío timidísimo y acaba de terminar la carrera de empresariales. De hecho, anda estos días enfrascado en la titánica faena de encontrar unas prácticas. Ojalá que pasar procesos de selección fuera como resolver (ris-ras-ris-ras) esos cubos que él se ventila en unos pocos segundos: seis con 88 centésimas, para ser exactísimos. Y eso que su currículum puede presumir de algo que le prioriza ante cualquier candidato, por muchos másteres que hayan empollado. Dani es el flamante campeón de cubo de Rubik. Porque, sí, el logro está incluido en su CV.

Ostenta el título desde hace un par de sábados, cuando se impuso a otros 45 genios del cubo de Rubik en el Open de Basauri, algo así como unas olimpiadas con mucho coco. Él dejó a sus contrincantes a cuadros cuando logró pulverizar la marca nacional -no está muy claro qué resulta más sorprendente, si su hazaña o que existan este tipo de campeonatos- en la categoría ‘Square-1’, un califragilístico rompecabezas con forma de hexaedro y caras irregulares que él es capaz de resolver en 11 segundos (y 51 centésimas), mientras que el resto de los mortales necesitaría vida y media para tratar de descifrarlo. «Más que de cabeza, esto es una cuestión de repetición y de entrenar. La primera vez que lo haces es difícil, el resto es pura memoria», cuenta él, un dechado de modestia, mientras resuelve un cubo tan rápido que uno se siente un poquito como Ramón García en aquel noventero ‘¿Qué apostamos?’, al que acudían prodigios de todo pelaje para mostrar sus habilidades.

110 cubos

«La gente flipa cuando me ve resolver un cubo cuando voy en el tranvía. Me piden desordenarlo para que se lo vuelva a montar», asegura el joven, que empezó en esto cuando su padre le compró, hace casi una década, su primer cubo «para que no me aburriera pasando el verano en el pueblo». Ahora acumula 110 rompecabezas. Algunos los ha exprimido hasta las 20.000 resoluciones.

- ¿Y cuántas veces le han llamado friki por tener esta afición?

- ¡Muchas! Por eso hay mucha gente de mi clase que ni sabía que me dedicaba a esto.

Pero, con el tiempo, también ha descubierto que su peculiar don le ha servido para «entablar conversación». ¿También para ligar? «No sé si para ligar, pero sí para romper el hielo», reconoce, colorado, como una de las caras del dichoso cubo. Muchas de esas conversaciones pasan por preguntarle por su método. «Hay que empezar por el centro y luego, ‘dibujar’ una cruz del mismo color en cada cara», explica. «Lo que jamás hay que hacer es intentar hacerlo por azar», descubre. No lo conseguirá. «Es imposible porque hay 43 billones de movimientos posibles, se calcula que, dibujado cada uno de los movimientos y apilados, daría para ir y volver a la luna siete veces», ilustra.

Y, claro, le creemos.

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