reivindicando a gaspar

Quizá en el imaginario de mucha gente Vitoria mañana será republicana, pero desde el 5 de enero y hasta el ocaso del 6 se rinde a oropeles, tronos, carrozas y coronas

reivindicando a gaspar
ÁNGEL RESA

La chavala se desgañitaba a gritos desde el balcón de Renfe y de pronto, inmediatamente, me solidaricé con ella. La cría encaramada varios metros por encima de la puerta que franquea el paso a la estación ferroviaria reclamaba el viernes una mirada personal de Gaspar. Pedía la atención exclusiva del rey menos demandado por los súbditos del consumo, el del cabello cobrizo, el paréntesis que abre por delante la solemnidad regia de Melchor y abrocha el Baltasar venerado por la infancia entera. Aún me debato entre dos motivos que justifiquen mi querencia desde niño hacia el monarca menos acostumbrado a oír su nombre con la trompeta aguda de las voces tiernas. Tal vez incliné mi simpatía hacia el segundo de la saga por un rasgo transitorio de bondad humana, la que a menudo generan los relegados dentro de un grupo. O quizá se debió a que la literatura siempre se ha nutrido mejor de los personajes ‘perdedores’, aquellos a los que la costumbre social echa menos cuentas.

Todos los que nos congregábamos anteayer a eso de las once de la mañana bajo el cielo plomizo de Vitoria y su lluvia tímida que acaba calando temimos que a la moceta le diera un pampurrio de asistencia médica. Su insistencia colocaba en riesgo las cuerdas vocales y el bombeo armónico del corazón y por la sucesión ininterrumpida de chillidos creo que Gaspar no alzó la vista. Qué pena porque una mirada suya hubiese bastado para sanarla. El pelirrojo montó en su longitudinal automóvil azul con tamaño de limusina, repartió besos a distancia, mostro cartas preñadas de deseos y ocupó su sitio natural en la comitiva, entre el cochazo negro de Melchor y el blanco no menos aparente de Baltasar. Siguiendo a los zancudos de paso marcial y grácil que abrían la marcha y a las chicas encaramadas sobre esas patas de palo gigantescas que expandían elegantemente sus alas.

Al margen de sistemas políticos hay que reconocer que la monarquía de Oriente mantiene su poderoso tirón a estas alturas del año. Quizá en el imaginario de mucha gente Vitoria mañana será republicana, pero desde el 5 de enero y hasta el ocaso del 6 se rinde a oropeles, tronos, carrozas y coronas. Es fantástica la parafernalia en torno a la visita real y hermosa su coreografía. Desde el sonido del tren que anuncia el advenimiento a lomos de vagones de sus majestades, quienes por cierto se asomaron a la calle Dato once minutos después del horario previsto por la organización (tomen latiguillo ciclista). En ese momento, cuando apareció el rey de la barba cana, me acordé de Guillermo Giménez, el muy divertido comentarista televisivo de la NBA, con sus frases recurrentes. «Se nos viene la locura. Ya están aquíííí». Había que divisarlos entre los huecos que dejaban los paraguas abiertos, esas armas de destrucción masiva por sus varillas con querencia a incrustarse en los ojos.

A la ONU le encanta fijar fechas concretas para reconocer los méritos de colectivos varios. Propongo desde aquí que todas las jornadas del año festejen como es debido al gremio de las abuelas y de los abuelos. Durante el curso porque los hay que giran cuatro viajes diarios al colegio, en verano cuando llevan y recogen a los nietos de esos campus tan diversificados. Y lejos de encontrar una tregua en invierno al calor del hogar llegan los momentos más temidos. Qué santa paciencia de Job en el hombre que ya cumplió los setenta sosteniendo sobre los hombros a la chiquilla impaciente. Cuánto recuerdo las colas antiguas que formaban ante la catedral nueva los miembros de las generaciones veteranas para que los hijos de las hijas pudieran sentarse en las rodillas de Melchor y Baltasar. A Gaspar le contaban sus cuitas quienes no tenían elección. Vuelvo al segundo de los reyes, al que veo saludando el viernes mientras la txaranga toca una premonición de lo que esta tarde ocurrirá en San Mamés: «Alavés, Alavés, hoy vas a… vencer». Y vuelvo a solidarizarme con la peque encaramada sobre el balcón de la fachada de Renfe.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos