No habrá más penas ni olvido

Temo que aún nos quede un largo camino por recorrer para la regeneración moral de la sociedad vasca

Monumento a las víctimas./
Monumento a las víctimas.
JUAN CARLOS ALONSO

Todos los movimientos supremacistas que acaban teorizando, animando, banalizando y justificando el asesinato del diferente hallaron siempre su mejor abono en la indiferencia social y en el silencio cobarde y plácido de una gran mayoría ante sus desafueros.

En la Euskadi en la que ETA creció y se desarrolló con tanto éxito y amparo social, encontramos una variopinta tipología de fenómenos que sirvieron de catalizadores para acelerar la combustión.

La receta requirió a partes iguales de asesinos profesionales, amateurs y aprendices, cómplices, chivatos, informadores, infiltrados, púlpitos y confesionarios y de ingentes dosis de encanallamiento para que aquello germinara y prendiera del modo en que lo hizo.

Aunque por encima de todo hicieron falta toneladas de indiferencia social para que unos murieran como perros mientras otros miraban distraídos hacia otro lado. Más aún, fue necesaria la tibieza cómplice de quienes fueron recogiendo las nueces que otros vareaban a tiro limpio, parapetados tras confortables burladeros y siempre a resguardo de la intemperie.

La Biblia, en ocasiones, resulta reconfortante cuando uno encuentra a Dios vomitando, entre los versículos del Apocalipsis: «Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca». En Euskadi, Dios no halló suficiente bilis para vomitar sobre tanto tibio como recordamos.

A veces, cuando pienso en ello en esas tardes de lluvia vitorianas tan propicias para la tristeza, me digo que hicieron falta más de setecientos cincuenta muertos a beneficio de inventario -los primeros setecientos cincuenta al menos- para que muchos vascos fueran haciendo suyo un problema que hasta entonces habían sentido como ajeno.

Y me repito que quizá fuera el modo en que ETA procedió a la ejecución más que el crimen mismo -el 'cómo' más que el 'qué'-, lo que acabó sacudiendo las conciencias aletargadas de muchos paisanos. Aquel encierro al que fue sometido el funcionario de prisiones Ortega Lara, y las imágenes de su salida del zulo, pusieron a muchos biempensantes vascos ante las imágenes de Auschwitz y de sus prisioneros en el mismo corazón de Euskadi.

Qué decir del asesinato de Miguel Ángel Blanco que no se haya escrito ya y del modo en que golpeó las conciencias aquella sórdida ejecución retransmitida en directo. Si pienso en ello me desborda la rabia al sospechar que si aquellos crímenes se hubieran llevado a cabo con el procedimiento quirúrgico al uso -coche bomba, tiro en la nuca-, muchas conciencias seguirían apaciblemente dormidas, siempre dispuestas a digerir una esquela más en la sección de necrológicas del diario.

Hizo falta que la crueldad se elevara hasta cotas inimaginables para detener aquel péndulo diabólico que fuera desde el Pacto de Ajuria Enea -entre demócratas- al de Lizarra -con los verdugos- sin el mínimo titubeo.

Está todo dicho sobre la efeméride de la desaparición de ETA y el modo tan miope y miserable de administrar el cierre del tinglado. Por eso temo que aún nos quede un largo camino por recorrer para la regeneración moral de la sociedad vasca. La deriva de la sociedad contemporánea y la volatilidad de «todo lo que creímos que era sólido», duradero, nuclear, me llevan a albergar el temor de que la historia pueda volver a repetirse si dejamos que el olvido halle un resquicio por el que colarse.

La amnesia que ETA pretende es en cierto modo balsámica e hipnótica. Trata de deslizar la idea de que debemos pasar página y parecen decirle a las víctimas y a la propia sociedad vasca que la memoria sólo proyecta dolor, como quien ofrece el bálsamo del olvido como una mágica reparación.

ETA se disuelve, volviendo al pueblo del que surgió, dice el rapsoda Ternera. Y le asiste parte de razón, si tenemos en cuenta que toda la inmundicia acumulada entre sus manos manchadas de sangre durante más de medio siglo se derrama ahora como un denso engrudo por el suelo de nuestro mundo feliz.

Pues bien, se trata de un engrudo que pretende anidar en las suelas de nuestros zapatos, para subir de nuevo a través de los poros de nuestra piel, y aletargarnos con el bálsamo del olvido, como les ocurriera a los hombres de Ulises en la Isla de los Lotófagos.

Seguirá habiendo penas; y estas serán las del recuerdo de quienes nos fueron arrebatados. No podemos permitirnos el lujo del olvido. Sólo la memoria deshará el conjuro que pretenden los amnésicos, para que no se desvanezca el recuerdo de la infamia «como las lágrimas en la lluvia».

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