Paquetería andante

Paquetería en Foronda. /Igor Aizpuru
Paquetería en Foronda. / Igor Aizpuru
ÁNGEL RESA

A fuerza de oír el timbre casi nunca agradable del portero automático he empezado a asumir como normal aquello que me parecía inconcebible hasta hace poco. Ya me he acostumbrado a descolgar el telefonillo a horas relativamente extrañas y escuchar voces que se van tiñendo de tedio por la cantidad de domicilios a los que llaman cada día.

«Un paquete para…». Que cada cual rellene los puntos suspensivos con el nombre del hijo o la parentela correspondiente del vecindario. La tendencia al alza de las compras por internet me inquieta particularmente. Creo que acabaremos como protagonistas de aquellas novelas de ciencia ficción que anticipaban futuros deshumanizados, alienantes y robóticos. Seres reacios al contacto personal con el vendedor o la dependienta de toda la vida que prefieren establecer relaciones comerciales a través de una tecla del ordenador y únicamente ven al mensajero si este tiene a bien retirar un momento la visera del casco.

No sé si denominarlas fuerzas vivas, pero seguro que no yerro si califico a instituciones como el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, la Diputación Foral de Álava y el Gobierno vasco o macroempresas de la talla de Mercedes o Michelin de fuerzas vivas del empleo. Pues han decidido bajar la barrera en el paso a nivel a la paquetería andante.

Con esto de que el personal se tira la mañana trabajando e invierte la tarde en el gimnasio, pongamos por caso, reclamaba la entrega de las compras a través de la red en el puesto laboral. Y aunque servidor opine de forma impopular, me parece bien el veto a ese rule de cajas. El compañero bedel de turno no tiene por qué cargarse de labores que no le competen ni las firmas públicas o privadas disponer de sus circuitos internos de entrega para satisfacer demandas particulares.

Es, desde luego, el peaje inherente a esta ‘cultura’ del mínimo esfuerzo por el que queremos detener el coche en la barra del bar para beber una caña y que nos traigan hasta el salón familiar las adquisiciones más variopintas. A este paso acabaremos por intimar sin el roce necesario del que nace el cariño bueno.

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