Nunca me abandones (*Never let me go)

No he leído ni la mitad del libro y ya me duelen las yemas de mis dedos a cada página que paso

María Luisa, a la salida de la Audiencia Provincial de Madrid. /Atlas
María Luisa, a la salida de la Audiencia Provincial de Madrid. / Atlas
JUAN CARLOS ALONSO

No ha sido esta una buena semana. Y todo por aquel maldito día en que decidí seguir los consejos de mi profesora de literatura del Instituto Mixto y empecé a devorar todos los libros que caían en mis manos.

Nunca le agradeceré lo suficiente a aquella mujer grandiosa, firme, seductora y apasionada por su profesión de educadora, la capacidad que tuvo de contaminarme, causándome aquella extraña adicción a la literatura con sus enseñanzas.

Así como uno aprende que hay vida porque hay muerte, que existe el principio porque hay un fin, por aquel entonces desconocíamos que aquella droga de los libros fuera capaz de causar felicidad, del mismo modo en que lo sería de provocar dolor y sufrimiento con cada nueva dosis inoculada. Si entonces hubiera sido capaz de imaginarlo, no sé si habría atravesado el rubicón de la lectura con la inconsciencia con que lo hice.

Hace apenas tres días, casi obligado por una curiosidad enfermiza, decidí arrancarme por un escritor absolutamente desconocido para mí, Kazuo Ishiguro; el último Premio Nobel de origen japonés. Elegí al azar uno de sus libros por la levedad de aquel título que me pareció sugerente por su similitud con el de tantas canciones románticas: ‘Never let me go’ -‘Nunca me abandones’, por si hay alguno de Burgos-.

No he leído ni tan siquiera la mitad del libro y ya me duelen las yemas de mis dedos a cada nueva página que paso. Pienso que quizá sea que estoy con uno de ‘esos’ días, porque ruedan las lágrimas por mi mejilla sin que apenas suceda nada en la novela, tan solo ante el temor por el dolor que ha de ocurrir irremisiblemente.

Paso las hojas como en esos sueños terroríficos en que te aproximas a un lugar en el que sabes a ciencia cierta que algo terrible está a punto de ocurrirte. Y no puedes evitar seguir avanzando porque una fuerza invisible te impele a no detener tus pies.

Del fuego a las brasas

Por la mañana, hojeaba el periódico creyéndome a salvo de la novela de Ishiguro, que había dejado a buen recaudo en el cajoncito de la mesilla de mi dormitorio. Incauto de mí, ignoraba que salía del fuego para caer en las brasas.

Olvidé que el diario puede convertirse también en una fosa abisal de dolor. Y me topé, sin yo quererlo, con aquella foto de María Luisa Martínez Barranco, acompañada por su hija, mientras abandonaba el edificio de la Audiencia Nacional.

Contaban que Luisa, de ochenta y cinco años, asesinó a su hijo de sesenta y tres. Machacó todas las pastillas que encontró por casa e improvisó con ellas un cóctel de medicamentos. Preparó sendas dosis, una para su hijo y otra para ella. Y, tras dársela a su pequeño, se tumbó en la cama junto a él e injirió la suya.

Lo hizo por amor del bueno, lo sé. Por pura piedad, no exenta de desesperación. Luisa estuvo cuidando de su hijo durante 63 años. Desde que aquel mismo día en que lo parió, tras cortar el cordón umbilical, se lo pusieran sobre el pecho, entre sus brazos.

Desde entonces, del modo en que sólo una madre es capaz de hacerlo, compartió con él su ceguera, su sordera, su mudez, su minusvalía mental y su casi total falta de movilidad. Hasta el día en que, con ochenta y cinco años, se sintió incapaz de soportar un día más la situación.

Si amar es compartir, del mismo modo que había compartido con él su desgracia durante más de sesenta años, quiso compartir su muerte, atribulada por la incapacidad de seguir ocupándose más de él y tener que traspasar la responsabilidad a sus hijos.

Luisa tomó una decisión que a ella y a nadie más correspondía. Una decisión de la que no tendría que dar explicaciones a nadie dado que había previsto su despedida junto con la de su hijo. No iba a dejarle solo en su travesía con Caronte. Sólo un golpe de infortunio, o de fortuna -‘chi lo sà’-, hizo que su hija apareciera por casa cuando ella conservaba todavía un hálito de vida, privándola de morir y de acompañar en el viaje a su hijo.

Acto de generosidad

El sistema judicial no ha tenido el cuajo de condenarla y ha tenido que maquillar la resolución dejándola partir en libertad vigilada. La justicia no ha sido ciega, sino que ha mirado por el rabillo del ojo para tomar una decisión humanamente impecable. Le han imputado alteración psiquiátrica, aunque en el fondo sepamos que, muy al contrario, se tratara de un acto de generosidad y de clarividencia.

Derramé lágrimas de nuevo leyendo aquella historia de María Luisa. Y me prometí no volver a leer ni el diario, ni el libro, abatido como estaba por la tristeza que ambos me causaban. Y por primera vez en la vida, creí entender a Rajoy. Me fui al bar Toloño y me sumergí en la lectura del Marca. No volví a llorar en todo el día.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos