‘november’ por la gracia de usa

Nada que objetar a las rebajas, sí quizá a la importación masiva de costumbres sin voto para bajar de su torre a Donald Trump

ÁNGEL RESA

El firmante es partidario del libre comercio por cuanto implica de salvaguardar las voluntades particulares de la gente. Pero hay veces en que a uno, por el bien mental, le asaltan las ganas de recuperar los aranceles que obligan a pasar por caja si alguien quiere vender fuera de su ámbito. Empezamos importando a coste cero para el Tío Tom la macabra parodia de Halloween. En poco tiempo sustituimos aquel respeto reverencial y funerario hacia nuestros difuntos por la mascarada bufa del miedo y la disyuntiva del truco o trato. De hecho las nuevas generaciones no entienden el comienzo de noviembre sin que les den calabazas. Pero el asunto no termina ahí hasta el punto de que propongo un mínimo baile de letras para bautizar este mes como ‘november’ por la gracia de USA.

En estas latitudes ya celebramos la Nochebuena desde tiempos inmemoriales sin necesidad de que la NBA, por ejemplo, nos recuerde que se toma una noche de libranza para conmemorar el Día de Acción de Gracias. Festividad mayúscula en Estados Unidos donde alguien trincha el pavo relleno mientras otra persona adereza los platos con salsas inauditas, unas ‘porquerías’ (perdón) que aprendimos de críos los que ya somos bastante mayores en los libros de Los Cinco. Esa jalada se programa siempre el cuarto jueves de noviembre, víspera de… correcto, el ‘Black Friday’. Esas rebajas anunciadas con la percusión entera de la batería (se quedan cortos los bombos y los platillos) y sin las que no acertamos a comprender cómo hemos podido vivir al margen de ellas. Aumento de la temperatura febril de Foronda por el traslado mayor de paquetes, cuñas de radio, cartelería desplegada en los escaparates, gimnasios que reducen las cuotas, coches que bajan los precios, ropa al menos tanto por ciento…

Viajaba servidor en el autobús el Día de Acción de Gracias a casi 6.000 kilómetros de Nueva York cuando escuchó de manera inevitable, la mujer hablaba por el móvil en voz alta, la primera referencia auditiva y no visual al ‘viernes negro’. Permítaseme la traducción. La señora hablaba con un acento sevillano de una pureza rayana en lo absoluto sobre su querencia a aprovechar «las ofertas del ‘Black Friday’», pronunciado en un inglés exquisito que ocultaba su deje étnico. Ojo, que esa charla sucedió la víspera de la jornada de autos. Ya metido en ella giré anteayer una vuelta de reconocimiento comercial a Vitoria para convalidar lo previsto. Nada que objetar a los descuentos si favorecen a la ciudadanía, sólo que importamos costumbres a tal velocidad que acabarán por otorgarnos el derecho a voto en las presidencias norteamericanas. Si al menos sirviera para bajar de su torre a Donald Trump…

Me lo temía. El tiempo se torna un objeto inmaterial flexible bajo las coordenadas mercantiles de este viernes consumista. Igual que los relojes blandos que pintó Dalí, un día concreto puede estirarse a conveniencia. Hay tiendas que pasan del ‘Friday’ al ‘Black Week’ (semana completa que concluye el 2 de diciembre). Otra luna de la calle Dato nos procura un curso gratis de inglés con su lema pintado ‘… is back’ para que redondeemos la frase y quedemos como políglotas. Un establecimiento dobla el señuelo, moldea el calendario en un 2x1 y añade el sábado sin cierre al mediodía. Enfrente de la Diputación me sorprende un megaletrero que representa el combinado perfecto: añade al ‘BF’ la liquidación por cambio de catálogo. Está visto que en ocasiones especiales hay ofertas acumulables.

Dejo para el final del paseo mi entrada al templo de las ventas. Sí, junto a las obras de Santa Bárbara, los grandes almacenes de reminiscencias británicas. Como no podía ser de otro modo según su enorme eslora aquí se tira por elevación. Funcionan la hipérbole y los aumentativos. Ingresamos en el… ‘Super Black Friday’. Once y media de la mañana, las plantas o cubiertas de este transatlántico petadas hasta el mástil que sujeta la bandera. Y servidor, siempre a contracorriente. Pasa el viernes tintado en negro y no he comprado ni un boli.

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