Muros que hablan

El post-grafiti ha invadido Euskadi. El arte urbano, antes perseguido, cumple una función social y se encarga de dar voz a causas silenciadas

Cristina y Verónica Werkmeister mientras trabajan en un mural, en Vitoria.. / Blanca Castillo
OLATZ HERNÁNDEZ

En Olabeaga, donde antes solo había una medianera, unas letras gigantes rezan 'Soñar'; junto a la catedral de Vitoria, una fachada pintada recuerda que esa zona fue un mercado de telas en la Edad Media; en Tolosa, el Festival Beantatuz salpica de color la ciudad cada año. Los muralistas, muchos iniciados en el mundo del grafiti, han llenado de color las calles de Euskadi y las han convertido en auténticas galerías a cielo abierto.

Una de las mujeres más destacadas en este campo es la bilbaína Eva Mena, que comenzó a 'escribir' grafitis cuando tenía 17 años y ahora se gana la vida pintando murales. Su obra se compone sobre todo de retratos de mujeres negras, que sufrieron una doble discriminación y que en sus murales se apropian de ese espacio que se les negó. Aunque no siempre, ya que quiso retratar la situación que viven las mujeres y niñas palestinas con una pintada en el muro que separa Palestina e Israel, pero el proyecto no pudo acabarse por las presiones israelíes. Cuenta que para calcular el espacio a pintar en una pared se sirve «de alguna referencia en la fachada», que es «útil para mantener la escala, aunque si son retratos no necesito nada, tengo mucha práctica».

Sebas Velasco, una referencia en San Sebastián, se interesó por el grafiti desde pequeño y defiende que «los artistas tienen que adaptar su obra a la ciudad en la que está». Empezó a pintar cuando tenía 15 o 16 años, «con algunos compañeros de clase», hoy tiene un estudio en la capital guipuzcoana y ha pintado murales en multitud de países, paisajes urbanos con personajes cuya identidad queda oculta. «Se trata de provocar una atracción que viene de la curiosidad por lo desconocido».

Y también hay artistas que, sin pasar por el arte del espray, se han dedicado a pintar murales. Es el caso de Verónica Werckmeister, que quedó prendada de los frescos de Diego Rivera en un viaje de carretera de Chicago a Detroit. Empezó a pintarlos en 1993 junto a un colectivo que creaba murales en Los Ángeles.

Mural y grafiti

Los murales nacieron en México, como herramientas para contar la historia del país a una sociedad analfabeta. Y los grafitis nacieron en Filadelfia y Nueva York a finales de los sesenta. «El grafiti es una firma, un diálogo entre grafiteros -apunta Eva Mena, muralista y grafitera bilbaína-. Muchas veces la gente no los entiende y por eso creen que es vandalismo». Mientras el mural goza ahora de cierta aceptación, el grafiti sigue estando perseguido. «Aunque dentro del mundo del grafiti cabe el vandalismo, no es violencia», asegura Fernando Figueroa, doctor en Historia del Arte y uno de los mayores expertos en arte urbano de España. En realidad, el mural es una evolución del grafiti. Las firmas fueron transformándose en composiciones más complejas y después en murales. «El espray es el gran factor que hizo posible esta evolución», valora el experto. En los murales se pueden combinar las técnicas, mientras que en el grafiti solo se usa el espray.

Los primeros murales en Bilbao datan de la década de los 80, con la campaña 'El arte a la calle', pero de aquellos murales hoy en día solo se conserva uno cerca de los antiguos Multicines. Y ahora San Francisco es la zona donde mejor se exhibe este arte. Con expepciones como la que el paseante se encuentra bajo el puente de La Salve, cara a cara con el Guggenheim. En él se muestra a dos mujeres de diferentes edades hablando entre ellas. El diseño lo idearon Cristina y Verónica Werckmeister en 2012. Durante un proceso que duró cinco meses, las dos hermanas recabaron testimonios de distintos procesos de paz y contactaron con víctimas del conflicto vasco. Además, a través de la organización Bakeola, trabajaron el significado de la paz en diferentes talleres y pintaron dibujos que ahora son parte del mural. «Forman unas líneas que simbolizan el diálogo y son lo más importante del mural», explica Werckmeister. Cuando el mural estuvo terminado, ella propuso ir añadiendo más hilos cada año, hasta que taparan las dos figuras. «Así simbolizaría el diálogo de toda la sociedad», aunque finalmente no se llevó a cabo por la complejidad del proyecto.

El casco medieval reúne algunas piezas extraordinarias. / Rafa Gutiérrez

Verónica ha pintado muchos murales en Euskadi. Y desde 2007 dirige 'Itinerario Muralístico', una organización que impulsa los murales en Vitoria. Cuando empezaron solo había uno en la ciudad y diez años después la capital alavesa es un referente en arte urbano, comparable a Madrid y Barcelona. Una de sus obras más representativas es la de la matanza del 3 de marzo en Zaramaga. «Es el hecho histórico más importante en el barrio y era necesario hacer un mural», explica Werckmeister. No solo contó con el apoyo vecinal, sino que los viandantes se acercaban a los muralistas y les contaban sus historias. «Se nos acercaba gente llorando y nos explicaban dónde estaban cuando ocurrió».

Pero la situación no es igual en toda Euskadi. En San Sebastián, el grafiti y los murales han estado muy perseguidos durante años y solo se pueden encontrar de forma aislada y siempre en paredes privadas. «Hay mucho nivel de muralistas en el País Vasco, pero no hay oportunidades para enseñarlo», se lamenta Garikoitz Murua, de Gko Gallery. Desde hace ocho años, esta galería celebra anualmente el Festival Beantatuz, que ha convertido Tolosa en todo un referente de arte urbano en la comunidad. Al festival acuden artistas de todo el mundo que durante cinco días conocen el pueblo y a sus habitantes. «Intentamos que los murales tengan un mensaje y que estén relacionados con el lugar». Al principio resultaba un poco extraño para los vecinos, pero ya asumen los murales como parte del paisaje. «Les dan un valor artístico lo que es muy importante», valora Murua.

Anillo Verde, una pieza que se puede disfrutar en Zabalgana.

Los murales pueden ayudar a rehabilitar barrios decadentes o abandonados. En estos casos, el arte sirve como reclamo y da un valor adicional a la zona, aunque también puede tener consecuencias negativas, como la gentrificación: el proceso por el cual el barrio se pone de moda, los alquileres suben y la gente que vive en ellos tiene que mudarse. «Es un aspecto muy complicado -admite Verónica-. Pero no creo que sea culpa del arte».

En lo que coinciden todos los artistas es que en cada mural hay mucho más de lo que se aprecia a simple vista: detrás de cada pincelada hay una historia que pasa a formar parte de un imaginario colectivo. «Los murales no son decorativos», ratifica Sergio García, comisario de los murales de Bilbao. «El arte urbano es la caricia de las personas sobre las paredes». Y años después, esas caricias prevalecen; como una huella imborrable que da voz a aquellos que no la tienen.

Un mural... 27.000 euros

Los murales de Vitoria tienen algo que los hace diferentes: los propios ciudadanos se encargan de pintarlos. Estos proyectos los dirigen uno o varios muralistas que adaptan su trabajo a las propuestas de los voluntarios. «Es importante que el artista sea maleable», explica Verónica Werckmeister y cuenta que las personas interesadas en participar, unas veinte, deben comprometerse a trabajar un mínimo de doce horas durante las seis semanas que dura el proyecto.

Últimamente, es habitual que la temática esté preestablecida por la organización. «Ayuda a facilitar el trabajo y a que cada mural represente diferentes situaciones y colectivos». La responsabilidad final de hacer un boceto a escala y establecer el plan de trabajo recaen sobre el director. «Es importante que se pueda pintar en cuatro semanas», y los directores y asistentes trabajan de manera exclusiva en el mural.

Antes se hacían dos murales de este tipo al año, ahora solo uno. «Encontrar financiación no es fácil. No se suele valorar el trabajo de los artistas», lamenta Werckmeister. Y es que cada mural cuesta unos 27.000 euros. «Todo el dinero que entra sale: el andamio, la preparación de la pared, la pintura, los permisos, los seguros, pagar una retribución a directores y asistentes…».

Como la situación económica está mejorando, 'Itinerario Muralístico' espera poder ampliar el proyecto y traer artistas de otros países en los próximos años. Mientras que en Bilbao también hay un contrato para realizar un mural al año. En julio de 2017 se pintó el más reciente, en la trasera de un edificio de la Plaza de los Tres Pilares. Es un paisaje abstracto y geométrico, lleno de color, obra de la autora catalana Anna Taratiel. Los proyectos muralísticos en las dos ciudades tienen «un planteamiento completamente distinto», según opina Verónica. Mientras que en la villa los artistas llegan y pintan su mural; en Vitoria el artista y los ciudadanos son los que, codo con codo, trabajan el diseño y la idea.

El mural del Tres de Marzo es uno de los más icónicos de Vitoria. / Jesús Andrade

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