Mujeres alavesas en la Guerra Civil

María Esther Velasco, con el Packard Sedan que conducía para el servicio de la Jefatura Militar de Vitoria. /Eduardo Cervera de Velasco
María Esther Velasco, con el Packard Sedan que conducía para el servicio de la Jefatura Militar de Vitoria. / Eduardo Cervera de Velasco
Historias perdidas de Álava

Entre 1936 y 1939, algunas féminas sobresalieron por su entrega para salvar vidas en primera línea de fuego

FRANCISCO GÓNGORA

En su libro ‘Álava una provincia en pie de guerra’, Germán Ruiz Llano afirma que en el bando nacional el papel de la mujer y su movilización en el esfuerzo de guerra «fue fundamental para todas las actividades de retaguardia. Su aportación se hizo siempre según los roles de género tradicional y patriarcal de la mujer, implantado en la zona franquista».

En la zona nacional se interpela a la mujer como defensora de la religión y de la patria y como esposa y madre en lo que se consideraban «las funciones propias de su sexo». Tal y como se afirmaba en este llamamiento, comparando la labor de la mujer en ambas zonas. Las apelaciones a la moral católica lo impregnaba todo.

Sin embargo, la necesidad hizo que a la hora de la verdad la presencia de la mujer se multiplicara y realizara labores importantísimas para el esfuerzo de guerra.

Estos días se puede ver en la televisión una serie sobre la Guerra de Marruecos en la que un grupo de mujeres se marcha voluntaria al frente para ayudar a los soldados heridos en los terribles combates. Se llama ‘Tiempos de guerra’. El desastre de Annual produjo casi 10.000 soldados muertos y una infinidad de heridos. La logística no alcanzaba a todos y el esfuerzo de estas mujeres enfermeras y de los cuerpos médicos fue monumental.

En nuestra Guerra Civil, en la zona alavesa hubo alrededor de 400 chicas de la provincia las que se apuntaron en los cursos de enfermería de la Cruz Roja, mientras otras muchas realizaron tareas administrativas para la Junta Central de Guerra o se dedicaron a la costura de ropa para los combatientes.

De entre todas las mujeres que colaboraron en el apoyo a los combatientes destacó, según relata Germán Ruiz Llano, el caso de María Esther Velasco que desde agosto de 1936 y con 18 años de edad estuvo durante toda la contienda al servicio de la Comandancia Militar de Vitoria como chófer, conduciendo el coche Packard Sedan de su familia para evitar su requisa. No le fueron a la zaga Francisca Albuzuruza y las hermanas Pilar y Epifanía Ortiz de Zárate, que fueron condecoradas con la medalla militar colectiva que se otorgó a la guarnición de Villareal por su labor en la atención a los heridos en primera línea de fuego durante el cerco y ataques al pueblo en noviembre y diciembre de 1936, siendo la primer felicitada en persona por Franco en 1937.

1.-Taller de confección de ropa para combatientes del bando nacional en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria. Foto: Ceferino Yanguas AMVG. (libro' Álava, una provincia en pie de guerra'). 2.-Francisca Albuzuruza, era la criada del cura de Villarreal. Su conducta y entrega curando heridos en primera línea de fuego, durante la batalla le hicieron merecedora de una medalla militar y fue felicitada personalmente por Franco. (Del libro, 'Álava una provincia en pie de guerra'). 3.-Personal Sanitario y soldados posan en el exterior del hospital de Miñano Mayor (vía Josu Aguirregabiria)

Josu Aguirregabiria en su libro ‘La Batalla de Villareal’ (página 53) cuenta con todo lujo de detalles la peripecia de Esther Velasco. Lo recuerda Eduardo Cervera, su hijo.

«Mi abuelo había adquirido recientemente un Packard Sedan Modelo 1935 y matriculado en Bilbao. En aquella época era un extraordinario automóvil que llamaba la atención y despertaba la envidia por su amplitud y su suntuosidad. Al comenzar la guerra se presentó una comisión en la casa de mi familia, afirmando que lo necesitaba para servicios oficiales. Mi abuelo, conocedor del reglamento de requisa, les informó de que no era necesario entregar el vehículo en posesión se lo prestaba con chófer. El conductor no iba a ser otro que mi madre María Esther que solo tenía 18 años y el carné recién sacado. El jefe de bomberos de Vitoria le había enseñado a conducir. De esta manera, inició un largo servicio de comandancia que duró tres largos años, siendo propuesta para una medalla militar en reconocimiento a su labor. Era insólito ver a una jovencísima conductora de aquel porte.

La señorita Velasco, como la llamaban llevó acabo múltiples servicios de transporte dentro de la demarcación asignada y constituyó un caso único en todo el territorio nacional por su audacia y singularidad.

Plaza de Villarreal. En el edificio situado detrás de la tropa se habilitó el puesto de socorro dirigido por el doctor Luis Ortiz de Zárate Bengoa. Como ayudantes colaboraron sus hermanas Pilar y Epifania y la sirviente del cura Francisca Albuzuruza Urruticoechea, Fundación Kutxateka. (La Batalla de Villarreal)
Plaza de Villarreal. En el edificio situado detrás de la tropa se habilitó el puesto de socorro dirigido por el doctor Luis Ortiz de Zárate Bengoa. Como ayudantes colaboraron sus hermanas Pilar y Epifania y la sirviente del cura Francisca Albuzuruza Urruticoechea, Fundación Kutxateka. (La Batalla de Villarreal)

Incluso se enfrentó a situaciones de puro abuso como en una ocasión en la que dos capitanes reclamaron a mi madre el vehículo para realizar una peligrosa misión y, por seguridad no podía ir ella. Sabía que si entregaba el coche no lo volvería a ver, así que les negó la entrega y que si la misión era tan peligrosa les dijo rotunda que sus cabezas guardarían la mía. Salieron para el peligroso viaje que fue finalmente a Briñas... a pescar cangrejos.

En otra ocasión, requerida para un viaje a San Sebastián con el fin de recoger a un importante personaje y trasladarlo a Vitoria. Aquel viajero era Eugenio D’Ors, que al ver a la joven receló. Al final, el famoso escritor cogió confianza y al día siguiente mi madre recibió en casa un gran ramo de flores enviado por Eugenio D’Ors».

Fotos

Vídeos