Moros en Acosta, Cestafe y Nafarrate

Tropas marroquíes en la Guerra Civil. /
Tropas marroquíes en la Guerra Civil.
Historias Perdidas de Álava

Durante la batalla de Villarreal tropas marroquíes vinieron a reforzar a las nacionales tras el comienzo de la ofensiva. Murieron 32 infantes y más de 100 resultaron heridos

FRANCISCO GÓNGORA

El grito ‘que vienen los moros’ causaba terror entre las milicias republicanas, especialmente al comienzo de la Guerra Civil. El miedo a su fiereza en el combate y a sus expeditivos actos vaciaron muchas trincheras sin pegar un tiro. Los mercenarios moros, provenientes de la zona del Rif, entonces protectorado español después de una cruenta guerra colonial, tenían un salario de 200 pesetas al mes, una garrafa de aceite y un pan diario. Para muchos, un sueldazo. Vinieron unos 80.000 y murieron más de 11.000. Más de la mitad resultaron heridos. Tantas bajas confirmaban que fueron utilizados como carne de cañón. Se les mandaba allí donde el enfrentamiento era más duro.

Cuando los mandos nacionales se dan cuenta de que el frente de Álava se les hunde tras la gran ofensiva de las fuerzas leales del 30 de noviembre de 1936, piden refuerzos. La mehala (regimiento) que operó en Álava -sigo las notas de Josu Aguirregabiria en el libro ‘La Batalla de Villarreal- desembarcó del crucero Canarias el 1 de octubre de 1936 en Cádiz con el nombre de Agrupación Expedicionaria Mehala Tetuán nº1 , formada por la Plana Mayor y los Tabores 1º y 3º. Combatió en el frente de Aragón donde se encontraba destinada el 2 de diciembre, fecha en la que recibió la orden inmediata de trasladarse en tren militar a Vitoria. Su jefe era el comandante Alfredo Galera Paniagua. Estas unidades llamadas jalifianas se crearon como guardia palaciega del jalifa y era el embrión del futuro ejército marroquí. Un tabor estaba formado por tres Mías, sumando un total de 360 soldados denominados indígenas o moros; una Mía equivalía a una compañía de fusileros de 120 hombres. Los tabores de regulares contaban con tres compañías de infantería y una de ametralladoras, compuestos por 18 oficiales, 29 suboficiales y 473 soldados, de los que 390 eran marroquíes.

Como son fuerzas de choque desde un principio tienen bajas. Entre el 3 y el 7 de diciembre mueren la mayoría de los registrados como fallecidos en combate. Josu Aguirregabiria coloca a la columna de Galera entre los 2.500 efectivos que iniciaron la contraofensiva nacional en la línea de Cestafe-Nafarrete, al oeste de Villarreal.

Zona de Nafarrate donde se produjeron los hechos.
Zona de Nafarrate donde se produjeron los hechos.

«Sobre las 6.30 del día 3 de diciembre parten de Vitoria los tabores de la Mehala - llegados el día anterior a Vitoria- desembarcando en Gopegui y continuando a pie hasta Eribe donde comenzaron la aproximación hacia los crestones que van desde Cestafe a la localidad de Nafarrate, con objeto de desalojar a los republicanos situados en estas posiciones. La más importante de las lomas es la cota 659, al sur de Elosu, y luego la 677 al norte de Cestafe. A la columna Galera se le unió en Eribe la 3ª compañía del 4º batallón del San Quintín más la 9ª compañía del Sicilia.

El primer tabor de marroquíes llega a la cota 659 sobre las 10 de la mañana y se entablan los primeros combates. Los milicianos ofrecen resistencia con ametralladoras y morteros, pero el comandante Galera ordena a unas de las mías envolver las posiciones y atacar por la retaguardia, lo que obliga a los milicianos a abandonar rápidamente la cota para no ser copados entre dos fuegos. Las tropas marroquíes los persiguen hacia Elosu, pero tienen que volverse precipitadamente hacia Cestafe porque dos batallones republicanos, el Perezagua y Sacco e Vanzetti habían contraatacado. Cuando los tabores reaccionan, los milicianos habían ocupado algunas casas de Cestafe. Los enfrentamientos son durísimos y se combate cuerpo a cuerpo. Galera envía una compañía de refuerzo porque la artillería republicana y las armas automáticas estaban haciendo mucho daño a los nacionales. La cota 659 debe ser conquistada otra vez para poder disparar desde allí a los batallones republicanos UGT 1 y Meabe 1 que hostigaban al resto de las columnas nacionales desde las alturas de Saimendi y Nafarrate.

Para tomar la cota 628 situada al nordeste de Nafarrate y ocupada por unos 200 hombres del batallón Rusia se necesitaron cuatro intentos, siendo rechazados los nacionales una y otra vez.

Los milicianos tenían colocada una ametralladora en la torre de la iglesia de Nafarrate (actualmente está derruida ya que nunca se reconstruyó como otras: Elosu, Murua, Acosta, Urbina, Legutio) que impedía el avance de la ofensiva.

Las tropas de dos de los tres tabores participaron también en los combates del día 8 de diciembre y siguientes cuando las autoridades militares de Vitoria decidieron ocupar Nafarrate. Y las alturas cercanas a este pueblo: las cotas 659, 651 y otras lomas. En este caso, a la artillería nacional se unió la presencia de aviación. Ese día hubo también bombardeos republicanos sobre Vitoria y los chatos republicanos derribaron un Heinkel con su piloto alemán, que pudo saltar en paracaídas.

Tropas marroquíes en la Guerra Civil.
Tropas marroquíes en la Guerra Civil.

A partir de las 4 de la tarde, los gudaris del Batallón Gordexola, apostados en Nafarrate vieron cómo se les venía encima todo el ejército franquista, entre ellos los el 5º tabor de regulares, artillería, ametralladoras, y tres Heinkel 46 alemanes, procedentes de Vitoria. El bombardeo artillero desde Betolaza fue tan brutal que muchos proyectiles, por un error de cálculo, cayeron sobre las propias fuerzas marroquíes. No obstante, con muchos muertos, desalojaron a los milicianos nacionalistas.

Así lo cuenta el comandante del Gordexola Sabino Apraiz cuando algunos de sus hombres se retiran al dejar de funcionar las ametralladoras que utilizaban porque se habían encasquillado: «sobre el perfil de la loma que ansían alcanzar, aparecen súbitamente a corta distancia, las siluetas de los primeros asaltantes flotando al aire sus pardas chilabas. Rápidos enfilan sus armas hacia el pequeño grupo de vascos que ascienden en su dirección. Suena la descarga y el capitán Gimeno cae de espaldas exánime con la frente horriblemente destrozada. Antes de que vuelva a producirse la segunda descarga que prepara el adversario, disparan sus armas y saltan rápidos por un corte del terreno hundiéndose entre zarzas y espinosos matorrales , desde cuyo escondrijo escuchan el gutural vocerío de la morería que ya en nutrido grupo corre por la cresta de la loma en dirección a Nafarrate , atacándola de flanco desde las eminencias que por ese lado le dominan».

Algunos gudaris se hacen fuertes en el interior de las casas de Nafarrate. Otros huyeron desordenadamente en dirección a Elosu. Encajonados en un estrecho camino fueron tiroteados desde las posiciones del monte Saimendi. Algunos cayeron al pequeño arroyo que atraviesa el valle y se ahogaron . Días más tarde, cuando bajó el nivel del agua aparecieron numerosos cuerpos atascados debajo de un puente.

Huida o rendición

El flanco izquierdo también se desmorona al ser rodeado por dos compañías del Victoria. Al huir se produce la misma escena anterior. Los nacionales disparaban desde las posiciones perdidas y la cota 628. Ocho voluntarios que se quedaron a cubrir de forma heroica la retirada de sus compañeros fueron también abatidos. En Nafarrate, los que no lograron huir quedaron copados y decidieron finalmente rendirse.

Así lo cuenta con dramatismo Sabino Apraiz: «Alocado correr de las gentes, heridos, aún con fuerzas, arrastrándose desesperadamente por el terreno ne un afán de salir de aquel infierno, siendo abatidos a balazos en las descubiertas al llegar a ellos los primeros asaltantes. Finalizado el combate, algunos gudaris que quedaron cercados en el interior de las casas salían de ellas con los brazos en alto entregando sus armas. Los kabileños recorrían el poblado y los parapetos hurgando en los cadáveres a los que despojaban de las prendas u objetos que a su vista consideraban de valor, rematando contra el suelo a los gudaris que, heridos de muerte, agonizaban».

El terrible episodio se saldó con 102 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos de este batallón nacionalista, que perdió todo su equipo y su armamento. Igualmente fueron contabilizados 17 prisioneros, entre ellos 2 médicos que decidieron quedarse con los heridos en Nafarrate. Los prisioneros fueron respetados y llevados a Vitoria.

La iglesia de Nafarrate nunca fue reconstruida y es el mejor testimonio de aquella tragedia. Los tabores aún tuvieron una relevante presencia hasta el día 23 de diciembre, aguantando esta vez las nuevas acometidas del Ejército vasco desde Etxagüen, Acosta, Cestafe y Nafarrate.

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