Melancolía de gata bajo la lluvia

Un joven apunta al «malo» de Herodes, personaje al que tanta gente invoca cuando las agudas voces infantiles rasgan la calma

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Que me perdone la cuadrilla de blusas de los Biznietos de Celedón por apropiación indebida de un elemento diferencial del aldeano de Zalduendo. Aludo al paraguas, imprescindible porque a uno no le ocurre otra inconveniencia que serpentear por el itinerario del Belén de La Florida cuando más arreciaba la lluvia el viernes, echada ya la noche. El agua chorrea desde el perímetro de la tela y la humedad se siente bajo la suela de los zapatos, pero merece la pena volver a mirar lo tantas veces contemplado. Siempre la misma sensación de armonía, de estética, de belleza, de escenario natural que parece construido expresamente para acoger el Nacimiento y su variada imaginería. Brotes melancólicos desde adentro mientras resuenan las gotas contumaces en una jornada otoñal cercana a pasar el relevo al invierno.

Como cada año sólo hace falta ascender una cuestita para llegar al castillo del malencarado Herodes. Sí, ese personaje de tan mala prensa según las escrituras sagradas y al que tanta gente invoca cuando las agudas voces infantiles rasgan la calma de las cafeterías. Entonces el asesino muda a la condición de justiciero. Cerca de él, la figura de un joven mazado, de chocolatina por abdominales, la viva estampa de un actor de Hollywood.

- ¿Quién es el malo? -, pregunta un crío al joven que le acompaña.

- Éste, el de las barbas-, responde su interlocutor.

Prosigo el recorrido y apuesto por una reparación histórica. Tiene bemoles que Jesús hubiera de nacer en un pesebre -espléndida y ‘ad hoc’ la gruta que lo acoge en el parque romántico vitoriano- cuando a escasos metros se yergue un edificio noble que es Parlamento adornado con elementos navideños y antes obró de instituto. Más adelante, relativamente próximos al coche de la Policía Municipal donde dos agentes se refugian de la meteorología adversa, emergen las reproducciones del tipo dedicado a la alfarería y del herrero que recuerda a los participantes en los concursos de culturismo. Y hablando de cultura, que no de musculitos, ahí se mantiene todo digno Ignacio Aldecoa. Dando la nota, impasible pese a la invasión anual del espacio que le es propio todo el año por parte de los Magos de Oriente. Hace bien en marcar su territorio con el sempiterno libro entre las manos.

Pero no sólo de nuestro espléndido Belén vivimos los vitorianos. Así que continúo el paseo bajo la lluvia, como la gata de la canción, para comprobar que la ciudad está tenebrosa, muy escasamente iluminada y a salvo de la oscuridad plena por los arcos propios de estas fechas. Y escribo de calles como Florida, algo más vital por el tránsito de los coches, San Prudencio y San Antonio. El día que quiten las luces de Navidad volverán a sumirse en la penumbra. Tal vez hayan apagado el firmamento para admirar mejor el faro de San Miguel, cuya torre desprende tonos dorados y su esfera manda un haz blanco. A los pies de la Virgen Blanca se procuran los últimos detalles para incluir a la capital alavesa en la prueba invernal de los trampolines. Los más talluditos recordarán esas mañanas de Año Nuevo, de televisión con dos únicos canales que emitía los saltos de esquí y el concierto desde Viena que cerraban los asistentes privilegiados batiendo palmas.

El Caminante, emblema longitudinal de los mil ropajes, nos anuncia el carácter cíclico del calendario. Ahora vestido con la camiseta blanca y el pantalón verde anunciadores de la media maratón que hoy toma pacíficamente la vía pública. Se notan las navidades en los escaparates de los comercios y en la abundante clientela apostada frente a los mostradores minoristas de la Plaza de Abastos. Hay gente comprando, otra sentada en los espacios comunitarios de los gastrobares y también presencias humanas que, simplemente, se sacuden un clima arisco. Cinco grados a la intemperie, diecinueve dentro del recinto. Fuera, en esa ágora a la puerta de los Desamparados donde el personal suele reunirse -que no revolverse- están vacíos los bancos. La noche incita a encontrar el calor en un bar.

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