Medias verdades

Este miércoles, se descubrió la placa en memoria por las víctimas de la Guerra Civil en el cementerio de Santa Isabel. /Igor Aizpuru
Este miércoles, se descubrió la placa en memoria por las víctimas de la Guerra Civil en el cementerio de Santa Isabel. / Igor Aizpuru
SANTIAGO DE PABLO

La idea se ha repetido muchas veces pero no de forma tan poética como lo expresó Antonio Machado: «¿Dijiste media verdad?, dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad». He recordado estos versos al leer el texto que el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, aplicando su plan de memoria histórica, ha colocado en el cementerio de Santa Isabel, donde se fusiló a varias decenas de personas durante la Guerra Civil. Al parecer, la idea es repetir ese mismo texto base en otros lugares de la ciudad que fueron escenario de violaciones de derechos humanos por la dictadura franquista.

Hay que dejar bien claro que recordar a todas las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura es un deber de justicia. Aunque los especialistas discuten sobre el alcance real de esas iniciativas entre la población, las instituciones hacen muy bien en erigir monumentos y rendir homenajes. La idea de señalar esos lugares de memoria -lo mismo que se hizo hace tiempo con los puntos donde una persona había sido asesinada por ETA- es digna de alabanza. No lo es tanto, sin embargo, el texto elegido, y la cuestión no es baladí, si tenemos en cuenta otro conocido verso de Machado: «Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas».

Merece la pena recordar el origen del asunto. Hace años, una comisión, en la que no había ningún profesional de la historia, preparó un plan de memoria histórica que serviría de base a la actuación municipal. Este plan, lleno de errores históricos, era del todo insostenible. Suponía una reescritura ideológica de la historia, al borrar de un plumazo una realidad mucho más compleja, de modo no muy distinto al reciente ejemplo del parlamento polaco en torno a la ocupación nazi. Ante este dislate, la alcaldía pidió un informe a la historiadora Virginia López de Maturana, especialista en el franquismo en Álava y en el análisis de símbolos, que desmontó la historia de buenos y malos preparada por la comisión, integrada por partidos y asociaciones.

En una decisión que le honra, el alcalde Gorka Urtaran decidió seguir las recomendaciones de López de Maturana, lo que suponía básicamente mantener los nombres de calles y las condecoraciones cuestionadas por la comisión, y marcar los principales lugares relacionados con la represión con placas conmemorativas. Sin embargo, en estos textos no se siguió el dictamen de la historiadora, en aras de un «consenso» entre su dictamen y las opiniones de las asociaciones de memoria histórica. Un consenso que imagino el Ayuntamiento no aplica cuando se trata de calcular la estructura de un puente, llegando a una solución intermedia entre lo que dice un ingeniero y la asociación de amigos de los puentes.

El resultado es el texto que se ha colocado en Santa Isabel. Bien está que se incluyan los nombres de los fusilados para preservar su memoria, pero -tal y como ha señalado el historiador Javier Gómez Calvo, experto en represión franquista en Álava- «de todo lo que se asegura, lo único preciso es que el franquismo fue una dictadura». Por ejemplo, llevar ésta hasta 1978 es un error grave, como también lo es dar la impresión de que la Iglesia de Vitoria apoyó en bloque la dictadura, cuando dentro de ella hubo muchos matices. Se podría replicar que el texto habla de «la jerarquía católica», pero precisamente su máximo representante en Vitoria, el obispo Mateo Múgica (tras haber apoyado inicialmente la sublevación, es cierto, como también lo hicieron al principio algunos de los líderes del partido que actualmente gobierna la ciudad), sufrió el exilio forzoso a manos de los sublevados y nunca pudo volver a su Diócesis, al no aceptar la represión contra parte de su clero, fusilamientos incluidos.

Se diría que con frases como esta lo que se pretende es «echar balones fuera» para dar la impresión de que la sublevación y la dictadura no tuvieron nada que ver con nosotros o con nuestros antepasados. En palabras de Antonio Rivera, «es como si la ignorancia viniera a refrendar la falsedad de que el País Vasco en su conjunto no tuvo que ver con la dictadura, igual que ese juego absurdo que llevan a cabo algunas instituciones vascas de hacer como si en aquel tiempo estas hubieran estado en suspenso, sin alguna forma de ejercicio y sin ser ocupadas por algunos de sus vecinos».

Por ello, si se quiere ajustar el texto a la realidad, propongo que se sustituya «la jerarquía católica» por «la gran mayoría de la sociedad alavesa» y quedarán las cosas, mal que nos pese, tal y como fueron: «Durante décadas, la gran mayoría de la sociedad alavesa apoyó la dictadura franquista impuesta por las armas (y por los apoyos sociales) tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936».

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