¿Quién mató a Acacio Pereira?

Empleados de una funeraria sacan el cadáver del piso el 9 de junio de 1998./
Empleados de una funeraria sacan el cadáver del piso el 9 de junio de 1998.

El sábado prescribe el crimen del cordelero asesinado en su casa sin testigos, sin motivo conocido, sin pista fiable alguna

David González
DAVID GONZÁLEZ

Todo fueron callejones sin salida en la investigación del crimen de Acacio Pereira. El conocido cordelero de 77 años fue asesinado en su piso, ubicado en la planta baja del número 29 de la calle La Paz, un 9 de junio de 1998. El próximo sábado prescribirá y quedará impune. A lo largo de estos 7.298 días transcurridos jamás apareció ni una sola pista medianamente fiable. No se acertó a dar con alguna motivación a semejante crimen. Nadie vio o supo nada. Y si alguien ha sabido algo nunca ha abierto la boca.

En vísperas de que un nuevo episodio negro de la historia reciente vitoriana quede sin resolver, como sucedió antes con los casos de la profesora de inglés Esther Areitio o de la enfermera de Txagorritxu María Luisa Rincón, varios protagonistas reconstruyen aquella calurosa jornada, que conmocionó a la ciudad. Por tratarse de un personaje muy conocido, en especial en la Llanada. Porque en un espacio de doce meses se sucedieron hasta cuatro asesinatos en Vitoria.

A Dolores Baeza le quedaban «diez minutos» para acabar su semana de guardia al frente del Juzgado de Instrucción número 1 cuando le avisaron del hallazgo de un cuerpo con síntomas de violencia. Recuerda perfectamente cada detalle. Y hoy, casi veinte años después, un sentimiento la reconcome. «Siento una frustración enorme por este caso. La verdad es que recuerdo cada víctima a la que no he podido hacer justicia», asegura desde su actual puesto en el número 12 de Instrucción de Plaza Castilla, en Madrid.

Acacio era un hombre solitario. Soltero, le habían diagnosticado un cáncer. Carlos López de Sosoaga fue el forense que acudió al domicilio donde apareció el cuerpo maniatado y con varias puñaladas. «El domicilio me llamó la atención porque era sombrío. Muy modesto. Sin objetos de valor a la vista», rememora este reconocido profesional ahora en el sector privado. Pese a estar curtido por cientos de autopsias y de peritajes se le quedó grabado que «le habían metido un calcetín en la boca». Probablemente para evitar que gritara mientras acababan con su vida a cuchilladas.

El piso, parte de una óptica

Un familiar descubrió el cuerpo y dio la voz de alarma. Aunque suene insólito, en el bloque, con una docena de viviendas, nadie se percató de nada. Ni un ruido. Ni ninguna presencia extraña. «La Ertzaintza habló mucho con la vecina contigua, pero ella siempre dijo que no se enteró de nada. Fue un shock para todos», desgrana un residente.

En el portal aún figura el buzón de Acacio Pereira. Rebosante de publicidad, representa el único vestigio ya que, paradójicamente, el escenario del crimen, el domicilio situado en la entreplanta, desapareció como tal hace años. «La familia lo vendió a una chica y ésta, a su vez, aceptó una oferta de la óptica que hay junto al portal, que lo acopló para ampliar su superficie».

Los ertzainas participantes en la investigación tocaron «todos los palos posibles». Movieron Roma con Santiago. Tiraron de confidentes. Siempre con nulos resultados. «Se investigó a familiares directos por si existiera móvil económico, también se miró la opción de que le hubieran robado», enumeran los agentes sondeados. Hasta se interrogó a Koldo Larrañaga, asesino confeso de Agustín Ruiz y de Begoña Rubio, asesinados en aquella época.

Siete meses después del hallazgo del cadáver de Acacio Pereira, el sustituto de Baeza, Jesús Pino, archivó el caso. Nunca más se reabriría.

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