Manostijeras

ÁNGEL RESA

Pienso en la plantilla responsable de mantener los espacios verdes de Vitoria y vislumbro todo un ejército armado de utensilios para la conservación perfecta de un jardín botánico universal. Me cuesta no intuirlo de otra manera menor dado el cordón umbilical que une asfalto y naturaleza, la misma en la que reparó Europa para conceder a la capital alavesa el título referencial de la ecología urbana. Supongo que abarcar tanta floresta en una ciudad con dos enormes alas desplegadas requiere suficiente mano de obra, hasta en ‘Manostijeras’ he pensado, y la disposición plena en sus miembros de poner las (manos) a trabajar sin descanso. Porque aquí labor, lo que se dice tarea, tienen.

Los estudios más recientes de los expertos recomiendan talar dieciocho árboles que entre la densidad colectiva deben de representar la mítica aguja extraviada en la inmensidad del pajar. Eso sí, alguno alcanza el rango de estandarte o emblema, como el sauce-llorón (hay palabras que forman expresiones simbióticas y hasta siamesas) que hunde sus raíces taladradoras de la tierra junto al Gaztetxe. El informe también revela la conveniencia de abatir plátanos tan lejanos a su hábitat canario e incluso una catalpa. ¿Catal-qué? Nunca es tarde para ilustrarse y siempre viene bien consultar el diccionario. Dícese del «árbol de adorno, de la familia de las bignoniáceas, de hojas grandes y acorazonadas y flores blancas con puntos purpúreos». Tomen lección de botánica por gentileza de la Real Academia de la Lengua.

Es tal la densidad verde en esta ciudad que los nervios de las especies crecen bajo la brea y amenazan con reventarla. Vayan mirando el suelo o ni falta que hace, que ya se tropezarán con esas venas subterráneas del tamaño de las arterias en su tendencia a emerger hacia la superficie. Ya me imagino a los proteccionistas militantes con los nervios en punta de hoja, pero aquí cabe tranquilizarlos con nuestra aritmética particular. Durante el último año y medio la capital alavesa ha restado novecientas unidades para plantar dos mil. Vitoria o el milagro de la multiplicación arbórea.

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