Malditas vigilias

Una mujer ajena a la información observa el interior de la discoteca./Rafa Gutiérrez
Una mujer ajena a la información observa el interior de la discoteca. / Rafa Gutiérrez
Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Peleas antes del alba, discusiones a gritos a las puertas de una discoteca que parecen batientes de tanta entrada y salida de jóvenes pasados, riachuelos de orines que huelen a estanque podrido, botellones de madrugada cuando el tiempo acompaña… Un simple boceto a vuelapluma del indeseable mapa visual, sonoro y oloroso que soportan los vecinos -y en defecto de qué artículo han de hacerlo- allá donde Dato se entrega a los raíles del tren. Enfrente de Renfe, bajo los soportales que conforman una especie de plaza sin un mísero guiño al arte arquitectónico, se concentran para los residentes en la zona todas las molestias que de pura reiteración se han convertido en un mal hábitat a su pesar.

Es la rutina de los fines de semana que cansa, merma, enerva y demás sinónimos que se les puedan ocurrir a quienes habitan esos pisos y el entorno por donde los causantes vuelven sobre sus pasos tras estrujar la noche. Si aún tienen ganas de someter a prueba sus aptitudes lingüísticas, claro, después de otra sesión agotadora. Lo escribo al conocer la necesidad de tumbarse en otro dormitorio menos expuesto a la bronca, de cubrirse con taponen los oídos para atenuar el efecto dañino de los estruendos. Lo digo ante el hartazgo vecinal y la inquietud que no resultan difíciles de imaginar. Hay que ponerse en sus zapatillas domésticas, las de andar por casa, si queremos entender algo de tanto suplicio anunciado.

Resignaciones que se cuecen dentro de las entrañas de empadronados en portales de la zona con motivos sobrados para el cabreo. Nadie tiene por qué aguantar 'la joda' de gente que se pasa el respeto al resto del personal por el forro de su capricho y la entrepierna del desdén. Al legítimo derecho a pasarla bien o mejor aún le sobrevuela el del descanso de los moradores en el entorno de la estación y de Dato abajo mientras la luna ocupa su lugar reservado en el cielo de Vitoria durante las madrugadas tranquilas y las malditas vigilias forzosas.

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