Laguardia, en el siglo III a. C.

Las obras en el casco histórico permiten a los arqueólogos documentar el pasado celtibérico de la villa riojanoalavesa

ROSA CANCHOVitoria

«El subsuelo de Laguardia está siendo muy generoso y nos está aportando mucha información». Paquita Sáenz de Urturi, una de las primeras arqueólogas alavesas en abrirse paso en un mundo de hombres, tiene ya suficientes excavaciones a sus espaldas como para saber si los resultados de tantas horas al sol o bajo el agua con un pico en la mano van ser fructíferos. Y los trabajos de control de obras que le han asignado desde 2010 en Laguardia, lo son. Junto a las zanjas abiertas para la renovación de las redes básicas de las principales calles de la villa han aparecido restos de estructuras edificatorias, cerámicas, adornos de metal y esqueletos de bebés que demuestran que fue un importante asentamiento hace 2.300 años, allá por la segunda Edad del Hierro.

Fue coetáneo del poblado de La Hoya y hasta ahora se pensaba que ganó importancia después del declive del primero, asaltado e incendiado por otra tribu en su época de mayor esplendor. Los berones (una de las etnias celtibéricas) que sobrevivieron se mudaron al cerro de Laguardia y éste al parecer ganó relevancia. Aunque empiezan a aparecer señales de que la villa ya era notable antes , puede que incluso hace 3.000 años.

Piedras de molino, cerámica de estilo celtibérico y esqueleto del s. XII.

Sáenz de Urturi es prudente y no quiere aventurar hipótesis sin primero haber documentado y contrastado todo el material. Para entender la importancia de los últimos hallazgos, hay que repasar cómo han sido estos últimos veinte años de intervenciones arqueológicas puntuales en el casco histórico de Laguardia.

Esta cita con la historia empieza en 1997, cuando la ley vasca de patrimonio obliga a hacer controles arqueológicos ante cualquier obra o reforma que se haga en lugares considerados de interés. En la calle Mayor, explica la historiadora, los arqueólogos Rebeca Marina y Carlos Crespo encuentran materiales y estructuras de época romana, «lo que demuestra que ya existía la villa antes de que Sancho VI ‘El Sabio’ le otorgara el fuero». Un año después, Iñaki Pereda descubre el magnífico estanque celtibérico de La Barbacana, que abastecía ya de agua potable a los laguardienses de los siglos III y II antes de Cristo. «A partir de ahí ya se ve que Laguardia era un asentamiento importante. En casi todas las intervenciones aparecen restos que confirman su antigüedad», apunta Paquita Sáenz de Urturi.

Pero en 2010 empieza una nueva fase. El Ayuntamiento decide renovar por etapas las redes básicas de saneamiento -agua, gas, luz y telecomunicaciones- de las principales calles y cantones del caso histórico. Entre 2014 y 2015 toca abrir zanjas entre las calles Páganos, Mayor y Santa Engracia hasta la plaza. Paquita Saénz de Urturi y sus colegas de Iterbide Javi Niso y Miguel Loza se encargan de los controles. «Analizamos todo lo que se ve con los movimientos de tierra sin interferir en los trabajos», aclara.

Enterramientos infantiles

En la primera fase de las reformas no hubo hallazgos significativos. «Todo el subsuelo de Laguardia está excavado para los calados y las bodegas. No pensábamos que iba a salir nada, porque ya estaba todo afectado. Pero nos hemos llevado una sorpresa». Los tres arqueólogos se encontraron restos de muros, trozos de cerámicas con una factoría que coincidía con la de La Hoya -de barro trabajado a horno-, un fragmento de una pieza con muescas para rallar, silos, agujeros para soportar los postes que sustentaban paredes o techumbres, restos de los huesos de los animales domésticos que comían los berones, hebillas y fíbulas de bronce, herramientas de hierro...

Las claves

Trabajo
Se han tomado 2.400 fotografías para documentar el informe de la segunda fase de obras
Asentamiento importante
Tras la masacre de La Hoya, sus pobladores se asentaron en el cerro Laguardia

En total han localizado sobre el mapa de Laguardia 82 puntos en los que ha habido hallazgos. Todos ellos fotografiados ‘in situ’. Hasta 2.400 fotografías ha hecho la arqueóloga para apoyar el posterior estudio y análisis de los materiales encontrados y depositados ya en el Bibat.

Entre los restos de casas de esos años han aparecido los esqueletos de niños de muy corta edad. Siete más o menos intactos y huesos de alguno más. Y es que, explica la especialista, en culturas de la protohistoria, en lugar de incinerar se enterraba en el hogar a los niños que morían antes del año e incluso de los dos años. Uno de los pequeños tenía una pulserita de bronce.

Sáenz de Urturi detalla que los controles han dado también pistas sobre la ocupación de Laguardia a lo largo de los siglos siguientes. Restos de cerámica han evidenciado la romanización de la villa a partir del siglo I. Y cuando las obras han llegado al entorno de la iglesia de San Juan, enseguida han salido los restos del cementerio medieval exterior. Han hallado restos de 49 sepulturas - «individuos son más»-, las más antiguas de los siglos XII y las más recientes del XV-XVII.

Este año, a finales de abril comenzó una nueva fase de las obras de mejora de las redes básicas en Laguardia. Se han interrumpido para dejar todo expedito para las fiestas patronales de la localidad, pero se reanudarán de nuevo en unas semanas. Allí estará Paquita Sáenz de Urturi, que adelanta que ya han aparecido nuevas «cosas interesantes. Es que todo el cerro es un yacimiento».

Todo lo que 30 centímetros de tierra pueden revelar

Las obras en Laguardia son delicadas. Cualquier fallo puede hacer que se hunda alguna de las bodegas y calados que horadan todo su subsuelo. Los operarios de la empresa responsable de la reforma andan con pies de plomo y los arqueólogos más aún, porque tiene que inspeccionar el terreno y hacer la excavación imprescindible para no interferir en el desarrollo de unos trabajo que tienen el pueblo patas arriba. «Ha habido tramos en los que en tres metros de obra, la zanja ocupaba 2,7 y sólo quedaba un margen de tierra de unos 30 centímetros que estudiar, relata Paquita Saénz de Urturi».

Aun así se las apañan para fotografiar, extraer si se puede y proteger si es necesario sus hallazgos. Se coordinan con los operarios de la constructora. «Cada vez que entra la excavadora a abrir una zanja nos llaman para que revisemos lo que sale de ese movimiento de tierras. Estamos pendientes de lo que va apareciendo procurando no parar la obra, con máximo respeto», detalla. Un cambio de color en la tierra ya les indica que ahí puede haber algo. Y ahí junto a un viejo colector de aguas residuales pueden estar escondidos los restos de un ajuar funerario o los fragmentos de una gran vasija.

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