Lágrimas de tinta

JUAN CARLOS ALONSO

Escuchando a uno de los directores de capítulo de Juego de Tronos aprendí un concepto realmente interesante. Se lo cuento. Señalaba el cineasta, ante las críticas de cómo habían resuelto un capítulo, que en cada momento del rodaje y de los ajustes del guión, siempre deben adoptar una elección dolorosa.

En esta ocasión, los dragones debían volar a miles de kilómetros de distancia y lo habían resuelto con una secuencia que venía a durar un par de telediarios. De tal suerte que, si el crédulo espectador lo analizara racionalmente, aquello hubiera requerido que la velocidad de crucero alcanzada por los animales superara la barrera del sonido con su aleteo, y que la reina que los cabalga se hubiera provisto de un casco y de oxígeno para no morir en el intento. Pero claro, el realizador no estaba como para dilatar la travesía, aburriendo con ello al espectador.

De este modo, ante la tesitura de resolver cuestión tan peliaguda como trasladar la acción de una esquina a la otra del mundo en un pis pas, especulaba el director, la opción es bien sencilla. «Se trata de inclinarse por una ‘imposibilidad verosímil’. Creo que estamos dando demasiada importancia al tema de la verosimilitud, pero espero que la fuerza de la historia prevalezca sobre todo esto. Hubo un esfuerzo para falsear la línea temporal».

La imposibilidad verosímil es la opción preferida en un arte como el cine, por maleabilidad y por utilitarismo. El ‘parecer ser’ sustituye al ‘ser’ y las cosas acaban siendo tan sólo lo que parecen. El espectador está dispuesto a admitir algo que sabe que es imposible, aunque convenientemente maquillado y dulcificado para su deglución, antes que tener que aceptar algo verdadero que le parece dificultoso de entender.

Se trata, en definitiva, de tirar por la calle del medio. Porque al fin y a la postre, todos sabemos que lo que nos cuentan en las pantallas es imposible, aunque a efectos de la calidad de la historia deba resultar verosímil. Con que nos parezca verosímil, a quién coño le preocupa que sea o no verdadero.

En resumen, que nos dejamos engañar, y aceptamos pulpo como animal de compañía. Y cuando estamos ante una pantalla, asumimos mentiras, con la única condición de que la historia se sostenga. Nos declaramos crédulos en el mismo momento de encender el televisor o sentarnos en una butaca del cine. Sólo reclamamos verosimilitud.

Esto no tendría trascendencia alguna si no supiéramos que hoy por hoy, la mayoría de personas estamos dejando de ser lectores críticos y ciudadanos libres, con criterio auto edificado, para pasar a ser televidentes, pantallavidentes y, al fin, invidentes en el reino de lo verosímil. Y hemos sustituido las lágrimas de tinta, por la dulce alucinación de la imagen.

¿Quién aspira a conocer la verdad? ¿A quién le importa? Estamos pasando de estar informados, a estar sólo entretenidos, como comentaba una periodista de toda solvencia en una conferencia en nuestra ciudad. Y éste es el principio del fin del periodismo y, con él, de la aspiración a conocer la verdad de lo que ocurre en nuestro entorno.

Cada uno de nosotros se convierte en un replicador, en un repetidor de noticias. Sin criterio alguno. Sin contraste alguno. Se trata de difundir hechos verosímiles. Y con ello nos basta para darle a retuitear o a compartir en las redes sociales, multiplicando el efecto adormecedor hasta el infinito.

Hasta no hace tanto, eran los periodistas los que tamizaban los hechos, como apartábamos las piedras de las lentejas cuando niños, y realizaban la labor de diferenciar lo real de lo verosímil, la verdad de la mentira, la noticia del rumor. Podía colarse un gazapo, pero aquellos profesionales dedicados a juntar palabras con algún criterio te daban ciertas garantías de rigor y de credibilidad.

Estos días leía un par de noticias verosímiles en Facebook que todo el mundo compró por buenas. La primera contaba que a un cura le había tocado un pellizco a la lotería que había adquirido en el puticlub del pueblo; la segunda, que dos monaguillos habían echado hachís en el botafumeiro de la catedral de Santiago, logrando colocar a los miles de peregrinos que se arracimaban en el templo. Ambos hechos se antojaban creíbles, aunque resultaron ser falsos de toda falsedad. ‘Fake’ lo llaman ahora.

Para qué contar la verdad, si la realidad inventada o imaginada resulta más apetecible y digerible, parecen decirse los consumidores de información basura. Por eso, cuando veo a Donald Trump pisotear la reputación de los medios de comunicación americanos, y reivindicar palabros como la ‘posverdad’ o los ‘hechos alternativos’, creo que estamos a punto de perder algo tan necesario para la vida como el oxígeno: la verdad, el criterio y la conciencia crítica.

«La verdad os hará libres, la mentira, creyentes», nos advirtió el clásico. Por eso, cada mañana, cuando compro el periódico en el kiosco, sé que estoy haciendo un acto de rebeldía cívica, frente a quienes pretenden disfrazar la verdad de verosimilitud para obtener así conciencias dormidas y uniformadas. Y elijo conocer, antes que creer.

La verdad no siempre es apetecible, ni adormecedora. La mayoría de las veces nos impele, nos desgarra y hasta puede llegar a repugnarnos. O somos capaces de mirarle a los ojos a la realidad, por dura que esta sea, o todas las previsiones de Orwell, que no hace tanto nos parecían infantiles y apocalípticas, se irán cumpliendo indefectiblemente. Los malos están en ello. Mientras tú, como un gilipollas, ya no aspiras a compartir la verdad, sino a acumular ‘likes’ en FB. Quién te lo iba a decir.

Como ya nos advertía Joao Guimaraes en ‘Gran Sertón: Veredas’, Dios existe hasta cuando no hay. Pero el demonio no hace falta que exista para que lo haya. Y en esas estamos.

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