Juicio por violación en Vitoria: «Haz lo que quieras conmigo, pero no me mates»

El suceso, según la acusación, tuvo lugar en el entorno de la estación de autobuses de Vitoria./Rafa Gutiérrez
El suceso, según la acusación, tuvo lugar en el entorno de la estación de autobuses de Vitoria. / Rafa Gutiérrez

Una víctima desgrana el «pánico» y «shock» que sufrió cuando la agredió sexualmente el hombre que se ofreció a llevarla a la estación de autobuses de la capital alavesa

David González
DAVID GONZÁLEZ

Han sobrecogido a los presentes en la sala de la Audiencia Provincial de Álava las palabras de la joven violada la madrugada del 22 de julio del año pasado por un hombre que se ofreció a llevarla a la estación de autobuses de Lakua. Entre sollozos y acompañada por una perito, la chica ha sacado la entereza necesaria para relatar cómo supuestamente este hombre, sentado a un par de metros de ellas sólo separado por un biombo, pasó de prometerle ayuda -se había separado de sus amigos tras una noche de fiesta- a agredirla sexualmente. Los hechos supuestamente ocurrieron en el interior del vehículo del acusado, en prisión preventiva desde entonces.

«Vine a Vitoria con unos amigos para salir de marcha», explicó la veinteañera, que reside fuera de Álava. En un momento dado, ella se enfadó con ellos y se vio sola en el Casco Viejo. «Me quedé llorando en unas escaleras, unos chicos me ayudaron antes pero también me perdí de ellos». Reconoció que había bebido aunque siendo consciente «en todo momento» de lo que hacía o pasaba a su alrededor. En esto que se le acercó el procesado, de origen subsahariano y que este miércoles ha necesitado traductor de inglés para dar su versión. Hablaron en ese idioma. «Me preguntó qué me pasaba y se ofreció a llevarme a la estación».

Hubo un intento inicial por su parte de flirteo. «Me dijo que era guapa y yo le corté al decirle que no quería nada». Lo respetó hasta llegar a la estación de Lakua. «Me bajé y me di cuenta de que faltaba el móvil. Vino él y se ofreció a volver al lugar donde me recogió para buscarlo». Así lo hicieron, aunque apareció. De nuevo, rumbo al edificio ubicado junto al Bulevar de Euskal Herria. Reaparecieron, según su testimonio, las insinuaciones. Y de ahí, nuevo trayecto. Esta vez a un parque cercano. Al estacionar, el acoso pasó a otra dimensión. Le abrió la puerta del copiloto y la introdujo en los asientos traseros. «Estaba en shock, tenía pánico. Lloraba y él empezaba a tocarme. Tenía mucho miedo. Le decía 'no me mates, no me mates. Haz lo que quieras conmigo, pero no me mates'», relató con la voz entrecortada.

«Pensaba que iba a matarme y tirarme en cualquier campo, él me decía 'tranquila, tranquila'». Recordó que se tumbó. Por su mente, un único sentimiento de superviviencia. «Que sea lo que Dios quiera pero quiero seguir viviendo, que pase rápido», compartió ante una sala enmudecida con su declaración. «Cuando acabó dejó de ser amable». La llevó a la estación y entonces le dio el móvil supuestamente extraviado.

Minutos antes había hablado el encausado, en prisión desde esas fechas, cuando la Ertzaintza fue a buscarle a su casa en un barrio vitoriano. Su versión fue opuesta. Ayudado por un traductor, matizó en inglés que «la encontré llorando en las escaleras de una discoteca y me ofrecí a ayudarla». Proclamó que antes de volver sobre sus pasos por el asunto del móvil, ella se le insinuó. «Me dijo de venir a mi casa, pero le comenté que estaba mi mujer», aseguró con tono pausado y firme.

La segunda vez que aparecieron por la estación decidió cambiar de ubicación. ¿Por qué? «Porque quedaba tiempo para su autobús y decidimos ir a relajarnos», compartió. «Nunca me pidió parar el coche», puntualizó. Cuando estacionaron, «ella se me aproximó y se me puso encima, me dio besos y caricias y comenzó el romance». A su entender, la supuesta víctima «no estaba borracha, parecía calmada».

Al amanecer, cuando la dejó en la estación ya de manera definitiva, siempre según las manifestaciones de este hombre, «me pidió el número de teléfono para vernos el siguiente fin de semana». Sin embargo, no supo explicar cómo apareció el móvil de la chica en su vehículo, aunque sí reconoció habérselo entregado en ese momento.

Ya sola, la joven, desesperada y asustada, se dio de bruces con una patrulla de la Ertzaintza, de vigilancia preventiva en la terminal de Lakua. En su declaración, uno de los agentes describió que la chica estaba «asustada, con parte del pelo suelto y no paraba de llorar». Quizá aún por el shock les espetó: «lo siento, lo siento, no se lo digáis a mi madre». Esta mañana, un año después de aquella pesadilla, repitió las disculpas en varias ocasiones por no seguir su relato sin dejar de llorar.

Este jueves tendrá lugar la segunda jornada de este juicio, en el que el acusado, de 32 años y con antecedentes penales, se enfrenta a una petición fiscal de ocho años de cárcel. Aparte, el Ministerio público le reclama diez años de libertad vigilada y 3.000 euros por daño moral.

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