'JIBARIZAR' VITORIA-GASTEIZ

Enseñas de las siete cuadrillas en la plaza de la Provincia. /J. Andrade
Enseñas de las siete cuadrillas en la plaza de la Provincia. / J. Andrade
JUAN CARLOS ALONSO

El término 'jibarizar', aunque no ha sido incorporado todavía por la Real Academia Española a su diccionario, significa 'reducir', 'disminuir', generalmente con connotaciones negativas.

Se trata de un verbo que proviene de una metáfora que alude a la práctica de los pueblos jíbaros de cortar las cabezas de sus adversarios y reducirlas por un lento proceso de cocción, secado y ahumado. La cabeza resultante, perfectamente amojamada, mantiene el pelo, reduce su tamaño tres veces y garantiza su durabilidad como adorno y muestra de poder.

El término me vino a la cabeza en el preciso momento en que leía en EL CORREO que Ramiro González -diputado general, a la sazón- pretende impulsar un cambio legislativo para dar más escaños a la zona rural alavesa en detrimento de Vitoria. «¡Coño! Nos quieren jibarizar, me dije»; como si fuera experto en indígenas Shuar de las selvas de Perú y Ecuador.

El PNV vuelve a insistir, martilleando el clavo por enésima vez, pretendiendo 'jibarizar' electoralmente Vitoria e instalado en la máxima del 'si no te quieren, óbvialos'. Porque éste parece ser el eslogan diseñado por el diputado general de Álava cuando, a apenas doce meses de la convocatoria electoral, hurga en este avispero asiático, pretendiendo cambiar las reglas de juego. Por arte de birlibirloque, tarde, mal y sin consenso, convierte en una prioridad política de última hora la modificación de la norma electoral que regula la representación política en las Juntas Generales de Álava.

No parece una idea feliz meterse en un berenjenal como éste, salvo que se pretenda halagar oídos o iniciar ritos de apareamiento preelectorales. Aunque bien pensado, 'a contrario sensu', debilita la posición de los propios representantes municipales vitorianos, a los que se desdeña al pretender reducir la representación de la capital que ellos mismos gobiernan.

Vitoria, a decir de los tres últimos alcaldes que asumieron la idea de facto, es la capital de Euskadi. Se nos llena la boca pronunciando su nombre. Y por esta causa reivindicamos con argumentos un mayor status en el País Vasco y reclamamos el canon de capitalidad con gran énfasis, como un ejercicio de justicia presupuestaria para con Gasteiz.

En cambio, cuando no nos ve nadie, y a hurtadillas, resulta que esa gran Vitoria -'haec est Victoria quae vincit'- verá degradada y reducida su representatividad en el seno de Álava. La conclusión resulta palmaria: Somos más capital de Euskadi y menos capital del territorio. Lo cual, además de un jeroglífico, supone una contradicción evidente. Como aquel aldeano que estrenaba muda limpia para ir a Bilbao, mientras no se dignaba en cambiarse el chándal lleno de lamparones y las zapatillas raídas para deambular por su pueblo.

Este afán por 'jibarizar' la representatividad electoral de Vitoria en el seno de Álava ha sido un empeño recurrente del PNV a lo largo de la historia. No sabría decir si se trata de un amor imposible, de un amor no correspondido o de un profundo desamor. Quizás Vitoria se ha prestado a aceptar algún requiebro, por calibrar las intenciones del pretendiente. Aunque sigue mostrándose esquiva hasta la fecha ante las pretensiones de rendición conyugal.

Dote aparejada

No hay 'feeling', para que se entienda. Y ese desdén ha acabado por minar la moral del postulante. En cambio el mundo rural ha abierto sus brazos de par en par a las lisonjas de un PNV local, sabedores de la dote familiar que la relación lleva aparejada. Amor desinteresado donde los hubiere.

En los pueblos los jeltzales se desquitan de las heridas que deja la Vitoria arisca, para encontrar en ese amor correspondido la llama de la pasión adolescente. En él halla el afecto hiperbólico que edifica polideportivos donde no se practica más deporte que alguna chocolatada de vez en cuando a falta de usuarios, o que construye frontones donde no hay pelota ni pelotaris, o que traza puentes donde no hubiere ríos ni truchas.

Como un amante bisoño, pareciera que el diputado general no encuentra el modo de seducir a los pueblos sin ser causa de iras en la capital. Y en un torpe afán por resolver el entuerto, tirara por la calle del medio lanzando el mensaje claro de dónde están sus primeros intereses.

Estos feos no gustan nada en esta ciudad a la que el PNV no acaba de entender. Podrá acusársela de tener complejo de inferioridad, de resultar pacata, pero es poco amiga de desaires como el que se intenta perpetrar en Juntas Generales, con la operación de 'jibarizar' Vitoria.

Ni el imperio inca ni el español lograron controlar el territorio jíbaro. En 1490 estos rechazaron a los incas y en 1599 los shuar dirigidos por Kirup expulsaron definitivamente de su territorio a los españoles. Ahí dejo la referencia histórica, por si resultara de algún interés aleccionador.

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