La historia del ‘Sargento Soplos’

Lorenzo Rey, tercero por la izquierda./Encarna Martínez
Lorenzo Rey, tercero por la izquierda. / Encarna Martínez

Lorenzo Rey fue condecorado en la Guerra Civil y en la Guerra Mundial donde dio muestras tanto de su valor como de una gran humanidad

Tino Rey
TINO REY

A mediados de la década de los 30 España estaba sumida en el caos. Se vivía un clima de agitación jamás conocido. Eran constantes los encontronazos entre las izquierdas y las derechas. Desde el cabo de Machichaco hasta el de San Vicente las dos españas, rotas y deshilachadas, sangraban copiosamente. Y un 18 de julio de 1936 estalla la Guerra Civil. Los hermanos se ponen en contra de sus propios hermanos y se enfrentan a la muerte. Tiempos horrendos y crueles, que nunca debieran repetirse. Como dice el poeta, «la guerra es más preocupación de bestias que de hombres».

Laguardia, como casi todos los pueblos de Rioja Alavesa, se hallaba en aquellos tiempos dividida y rota. El odio al prójimo por ser diferente era un hecho cotidiano. Mientras, la Iglesia o agitaba aquel caldo de cultivo o miraba para otro lado, como siempre. En el verano de aquel año, los campos se hallaban inmersos en la siega, se segaba a hoz bajo un sol ardiente, un botijo de barro, una bota de vino, y unas sobadas lías para atar los haces de mies, que más tarde se amontonaban alrededor de una trilladora.

En la calle Mayor número 49 de la villa vivía Lorenzo Rey Mijangos. Hijo de Felipe y Margarita, un matrimonio bien avenido, buena gente y que cumplía a rajatabla los preceptos de La Santa Madre Iglesia. Aquel otoño del 36, con 22 años cumplidos, le llegó a Lorenzo una misiva en forma de telegrama de la Junta de Defensa Nacional de Burgos. El requerimiento era de obligado cumplimiento y forzado. Tenía que alistarse a filas y ponerse a las órdenes de los mandos sublevados.

Una vez que abandonó la milicia se negó a percibir, antes y después, ningún tipo de retribución por los servicios prestados

El bueno de Lorenzo no sabía que el destino acababa de depararle uno de esos macabros momentos que resquebrajan el alma de cualquier ser humano. La guerra. Palabra maldita que le acompañó durante años interminables en los vengativos senderos de las dos españas y en la segunda contienda mundial formando parte de aquella División Azul impulsada por el General Franco en connivencia con Adolf Hitler. Dos personajes siniestros.

En el frente de Castilla y León, con muy poca actividad, estuvo aquel soldado laguardiense cumpliendo, la mayoría de las veces a regañadientes, las órdenes encomendadas. Hay gestos que definen la benignidad de los hombres y su gran humanidad. Ocurrió en un cuartel de Salamanca donde estaban presos una docena de republicanos que iban a ser llevados al monte de la Orbada, a 20 kilómetros de la ciudad, para ser fusilados a la salida del alba.

«Iros sin meter ruido»

Un 18 de noviembre del 36, con un frío helador, una densa y húmeda niebla, que se apelmazaba al suelo formando una piel impenetrable, Lorenzo se dirigió a la cárcel, con paso firme, decidido y en sigilo, donde estaban encerrados los presos políticos. En aquella medianoche la visibilidad era nula. Abrió la puerta del enrejado y susurrando les dijo a los reos: «Iros sin meter ruido y os deseo lo mejor en la vida». Una actitud encomiable.

Más tarde fue ascendido por los méritos contraídos en la contienda a sargento. Una vez finalizada la misma, sin tiempo para dejar el fusil y la cartuchera, sin reponerse de los horrendos pasajes vividos, lo alistaron en contra de su voluntad en la División Azul. Pelotones considerados carne de cañón que el general Franco formó para apaciguar las grandezas imperialistas de Hitler.

Le tocó vivir el frente ruso. Estuvo en el infierno de Leningrado. Donde cuentan que la nieve ardía por la sangre que vertían sobre ella los muertos y eran muchos los que pasaban a mejor vida por las bajas temperaturas -episodios con alrededor de 50 grados bajo cero-. O te mataban las balas o el hielo. Miles de cadáveres yacían congelados en el campo de batalla.

El laguardiense era muy querido entre la tropa. Trapicheaba con lo poco que había en el frente en medio de la desolación y las estrecheces. Cuando se decretaba una tregua intercambiaba alimentos y bebidas con los rusos. El vodka era la preferida por los combatientes alemanes. Él daba de beber a su compañía arengándoles con una frase ingeniosa de las suyas. «Soplar y marchar».

En el verano de aquel año, los campos se hallaban inmersos en la siega, se segaba a hoz bajo un sol ardiente, un botijo de barro, una bota de vino, y unas sobadas lías para atar los haces de mies, que más tarde se amontonaban alrededor de una trilladora

De ahí le vino el apodo del ‘Sargento Soplos’ que arrastró hasta el fin de sus días. Se le concedió la Cruz Roja del Mérito Militar según consta en el manuscrito firmado en Rusia por el general jefe de la División de Voluntarios el 28 de marzo de 1942. El agregado militar de la Embajada de Alemania le premió con la Cruz de Hierro, en nombre del Fhürer el 23 de febrero de 1944, «por su valiente conducta en la lucha contra el bolchevismo». Franco reaccionó más tarde. Con motivo del 25 aniversario de la victoria del bando nacional fue distinguido con la Medalla de la paz, un 18 de julio de 1964.

Una vez que abandonó la milicia se negó a percibir, antes y después, ningún tipo de retribución por los servicios prestados. Regresó a Laguardia y fue uno de tantos que contribuyó a fomentar el cultivo de la vid. Fue mayoral de la bodega de Julián Madrid y pasó a engrosar la llamada generación del silencio. Lo único que salió de su boca fue la siguiente frase: «Las guerras son la mayor aberración del hombre». Murió un 9 de mayo de 1988.

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