La historia de un saco de mocos y Aznar

José María Aznar durante la presentación de un libro esta semana./Kiko Huesca
José María Aznar durante la presentación de un libro esta semana. / Kiko Huesca
JUAN CARLOS ALONSO

Contaba aquel misionero una anécdota curiosa que le sucediera cuando obraba su misión evangelizadora en una aldea recóndita del fin del mundo, bañada por el Amazonas. Tras más de dos años compartiendo vida y destino con los indígenas, y tras anunciar que había llegado el momento de partir, estos organizaron una fiesta de despedida, al final de la cual le ofrecieron como presente un rústico saco de hoja de palma con un misterioso regalo en su interior.

El emocionado misionero abrió el saco, tras deshacer la trenza que lo anudaba, para encontrar el interior repleto de una especie de escamas que resultaron ser un montón de mocos resecos. Viendo la cara de estupefacción del benedictino, el jefe de la tribu se deshizo en explicaciones diciéndole al fraile que desde su llegada no habían dejado de observarle con curiosidad.

Algo que les había llamado poderosamente la atención de su comportamiento era que cada vez que se acatarraba sacaba una fina tela de hilo de un blanco inmaculado del bolsillo de su sotana para sonarse la nariz con profusión y depositar en ella sus mocos, procediendo después a envolverlos con exquisito cuidado, plegando las esquinas del pañuelo con extraordinaria complacencia y siguiendo idéntico y meticuloso protocolo en cada ocasión. Como quien envuelve algo sumamente preciado para ponerlo a buen recaudo con algún objetivo desconocido para aquellos indios.

Estos, acostumbrados a arrojar sus mocos al suelo o a frotar sus manos con hojas para limpiarse, concluyeron que para el hombre blanco los mocos debían de tener algún sentido ritual secreto y desconocido para ellos, que llevaba a aquel misionero a atesorarlos con tanto cuidado y a guardarlos cuidadosamente envueltos en su bolsillo. Así que, en un afán de generosidad incomparable, decidieron conservar y almacenar los mocos de toda la tribu para ofrecérselos a aquel buen hombre como regalo de despedida, dado su empeño por recogerlos para alguna suerte de rito iniciático.

Confusos como estaban, relataba aquel indígena al monje, trataban de entender qué papel jugaría esta tradición en aquella extraña religión en la que éste trataba de aleccionarles, invitándoles a comer el cuerpo y beber la sangre de su Dios para establecer una conexión con los espíritus del más allá.

Cavilaban los indios que los mocos debían jugar algún papel determinante de aquella transustanciación que apenas alcanzaban a aprehender. Su sistema, pensaban, era mucho más simple y directo, a base de infusiones de coca y aspiraciones nasales de polvo de extracto de raíces. Y el acceso al paraíso de sus antepasados estaba garantizado con aquellos profundos 'éxtasis' que para sí hubiese querido la buena de Santa Teresa de Ávila.

Hoy, con toda seguridad, la tribu habrá desaparecido del mapa. Los más avezados venderán conchas de moluscos, filetes de manatí vuelta y vuelta o collares de baratijas a los turistas. Y la inocencia del buen salvaje habrá perecido en aras de este desarrollo insostenible en que anda el mundo empeñado.

Recordé esta anécdota del saco de mocos porque me pareció reveladora de la condición humana y de la tremenda dificultad de comunicarnos adecuadamente con quienes nos rodean. Vivimos en la convicción de que los demás interpretan correctamente lo que hacemos, o las señales que enviamos, y a menudo no es así.

Escuchaba a Aznar proponerse como salvador de la patria el día en que Mariano Rajoy se despedía entre lágrimas, y me pareció que aquello era como acudir a un funeral en bermudas, chancletas y llenar de pegatinas el ataúd del difunto.

Pensé que lo que hubiera merecido aquel botarate del 'Trío de Las Azores' era ser remitido por DHL a la remota aldea del misionero, para que los indígenas del cuento lo arrojaran al Amazonas y fuera pasto de las pirañas. O, pensándolo mejor, para que le llenaran el saco con estiércol, a falta de mocos resecos, para compensar un ego que precisó del Escorial para albergar toda la miseria que llegó a anidar a su alrededor, a su entera complacencia.

Como escribió tan acertadamente aquella viuda en la lápida de su difunto marido, hubiera bastado con un «aquí yace, y yace bien. Él, contento y yo también». Pero no. Había que mear en la tumba.

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