Hartas ya de estar hartas

Hartas ya de estar hartas
ÁNGEL RESA

Hartas ya de estar hartas, las mujeres han decidido propinar un golpe audible sobre la mesa que traspasa municipios, autonomías, estados y fronteras. Es la protesta de los cinco sentidos para apartar de un manotazo una invisibilidad absurda porque sus trabajos resultan evidentes. Y meter a través de los oídos reivindicaciones basadas en el equilibrio. Y pedir tacto por sus desvelos impagados, que el día que pasen la cuenta temblará el Ministerio. Y oler las discriminaciones. Y fomentar el gusto por la igualdad real de oportunidades, tanto en los tacos de salida como en la meta. Que el embarazo elegido lo tomemos, ellas y nosotros, como la decisión adulta de seres responsables y no se convierta en la excusa cobarde de un despido empresarial. Y no me vengan con procedencias. Improcedente y punto.

Se han armado de motivos para traspasar el umbral que separaba la conmemoración protocolaria del día dedicado a la mujer de la toma de calles y la mudanza de las ventanas domésticas en los escaparates del reproche. Ahora cruzan una puerta que nunca ha permanecido oculta. Hoy nos agarran metafóricamente de las solapas para ver si de una vez asumimos sus verdades en vez de concederles la razón de boquilla mientras seguimos a lo nuestro.

La justicia laboral debería de taparse los ojos y no guiarse por voces agudas o graves. Haría bien en premiar las capacidades humanas al margen de los sexos y nunca castigar los caprichos de la genética. Que en las estructuras jerárquicas mande la gente mejor dotada para los cargos. De ahí que cueste entender, salvo por la sima de los géneros, que a tal cantidad de universitarias -por ejemplo- correspondan tan escasos puestos ejecutivos. Ahí el desarmado ejército femenino llena su mochila de quejas sobre los techos acristalados y las brechas salariales. Consecuencias, ambas, de una mentalidad colectiva que da por sentadas circunstancias anómalas, que convalida lo excepcional como norma de uso común. ¿Cómo? Presuponiendo que ante cualquier conflicto de intereses, y por la fuerza de las costumbres, ceden ellas.

Por supuesto que hay excepciones dentro de esta manera general de distribuir funciones según el personal se llame Jon o Amaia. Pero casi en cada una de ellas identificamos a la vecina del quinto o a la compañera de trabajo. O a la mujer admirable que cumple las siete horas largas en el curro retribuido, hace la compra, pasa el aspirador, prepara la cena y -ni se sabe cómo- encuentra tiempo para formarse aún más en la universidad a distancia. Heroínas, incluso a su pesar.

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