DE GUARDIAS Y LADRONES

Da la impresión de que algunos policías se han olvidado de la obligación que tienen de ser discrecionales

Ramón Loza Lengaran
RAMÓN LOZA LENGARAN

Durante años jugué como loco a ‘guardias y ladrones’, sobre todo en el bosque de Armentia. Partidas de toda la tarde. Hacíamos dos bandas y jugábamos. Nunca nos planteábamos quiénes eran los guardias y quiénes los ladrones; es posible que quizás por eso siga sin tenerlo muy claro. Lo importante era esconderse bien, buscar una buena cabaña y tratar de hacer prisioneros a todos los contrarios.

Con el tiempo supe que los guardias eran Ochoa y su moto. Al principio quise seguir jugando, hasta que me puso una multa. Entonces comprendí que había que tomar partido; que, por buenas o por malas, era mejor estar de parte de los guardias y que, ahora sí, era posible saber perfectamente en cuál de los dos grupos querías estar.

Yo me decidí por los guardias. Quizás porque el oficio me lo exigía, el ser guardia de mi clase. Pero también por un tema de reflexión personal. Un mascullamiento lento, muy de mi estilo, de lo que significa la figura del guardián del orden en cualquier sociedad, desde un aula hasta una ciudad o una sociedad mayor.

Es posible que por razones inevitablemente paralelas, dado el oficio de mi madre, se me hizo verdad al mismo tiempo que si los guardias eran los auténticos educadores de los ciudadanos/as, los maestros/as eran lo mismo pero desde el principio. Y saqué la conclusión de que no había ocupación de mayor responsabilidad que ambas.

Como la ocasión la pintan calva y aprovechando que estando en mi casa me encuentro a salvo, o no, voy a mencionar de pasada el tema de los guardias y las multas.

Lo primero. La sociedad, en este caso la sociedad urbana de Vitoria-Gasteiz, debe aprovechar la ocasión de que sus guardias hayan tomando protagonismo para reflexionar sobre lo que significa conseguir el buen funcionamiento de algo tan tremendamente complejo y delicado como son las relaciones entre las personas que viven en una ciudad y el protagonismo que los guardias tienen en ello.

Ser guardia tiene esta enorme responsabilidad que no puede materializarse, en lo práctico, sin que los que lo sean vayan provistos de autoridad. En teoría, la policía, el cuidado de la ciudad, es materia de los que la formamos, pero en la práctica la delegamos en ellos mediante un trasvase a sus personas de la autoridad que detentamos. Consentimos incluso que para ejercerla, la autoridad, vayan armados. Porque suponemos que en determinados momentos va a haber quienes hagan caso omiso de su autoridad y pongan en juego sus vidas y/o las de todos nosotros.

Al margen de esto, que no es poco, en el día a día la labor habitual de un guardia consiste en ver si los ciudadanos cumplimos las normas ciudadanas. Sobre todo las relacionadas con el uso del espacio público. Un tema que no es ninguna tontería porque si cada uno lo usara a su albedrío el caos y la imposibilidad técnica de convivir en una ciudad se harían evidentes.

Para ayudarles en este cometido, les hemos provisto a nuestros guardias de una formación exhaustiva de cómo deben comportarse ellos y de una libreta sancionadora para convencer a los que no lo hacen de que deben hacerlo.

Lo segundo está respaldado por la autoridad que tienen. Lo primero, ¡ay!, lo primero es lo más importante. Porque cuando trabajen van a tener que combinar la autoridad, incluso armada, de la que hablo con su capacidad para decidir en qué grado ejercerla. A eso le llamo discrecionalidad. Es decir, capacidad para, en cada caso, actuar de una manera o de otra.

En el conflicto que les ha enfrentado con el Ayuntamiento, que no es su patronal, que eso lo somos todos, da la impresión de que, supuestamente, algunos guardias, los que sean, se han olvidado de la obligación que tienen de ser discrecionales y han actuado sólo tirando de su ‘autoritas’; es decir de su libreta de multas.

Si esto es así, quienes sean han cometido un gran error. Porque se la han jugado a que, puesto que parece que reducen su función a meros multadores, nosotros desconfiemos de su capacidad de ser auténticos policías, capaces de jugar bien a ‘guardias y ladrones’.

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