Una galerna en la catedral nueva de Vitoria

Friso en la capilla dedicada a Bizkaia en la catedral nueva de Vitoria, con referencias a la galerna de 1912. /Rolando Villoslada
Friso en la capilla dedicada a Bizkaia en la catedral nueva de Vitoria, con referencias a la galerna de 1912. / Rolando Villoslada
Historias perdidas de Álava

Los muros exteriores del templo reflejan como una crónica en piedra momentos importantes que ocurrieron durante la construcción, entre ellos, la muerte de 143 marineros en la costa vasca

FRANCISCO GÓNGORA

Entre la rica y desconocida obra escultórica de la catedral de María Inmaculada de Vitoria existen unos frisos también llamados escocias, situados entre ventanales en los que se cuentan crónicas en piedra de la primera época de su construcción, la de mayor valor artístico (1907-1914): la Guerra de Marruecos, la ley candado –término coloquial para designar una decisión de Canalejas de 1910, que prohibía durante dos años el establecimiento de nuevas congregaciones religiosas– y otras, tienen su lugar en alguna parte del inmenso edificio.

Una de las que más llama la atención se refiere a una de las mayores tragedia que ha sufrido la costa vasca: la muerte de 143 marineros, de los que 119 eran de Bermeo, a los que sorprendió faenando una galerna durante la madrugada del 12 a 13 de agosto de 1912. El suceso fue terrible e impactó en toda la sociedad vasca y española –el rey Alfonso XIII acudió a los funerales–. Vitoria, como sede de un Obispado con administración en las tres provincias, fue muy sensible al dolor de los hermanos vizcaínos y organizó grandes manifestaciones de duelo y colectas de dinero para los damnificados. Hay que tener en cuenta que el rastro de aquella tormenta dejó 72 viudas, 205 huérfanos y 98 padres que habían perdido a sus hijos. No había antecedentes de una desgracia así desde el año 1878 cuando otro temporal segó la vida de 332 personas.

Donde se encuentra

En el ábside.
El friso se encuentra en la parte sur de la catedral, bajo las terceras vidrieras del abside, en los járdines del Obispo Fernández de Piérola (cerca de la escultura del rinoceronte del escultor alavés Koko Rico).

El investigador José Ramón Martínez de Murgía ha establecido la relación entre las manifestaciones públicas de Vitoria en favor de los afectados por aquella tragedia, en los días posteriores a la galerna y su traslación a mármol de Carrara en los muros de María Inmaculada. El conjunto escultórico se encuentra en el exterior de la capilla dedicada precisamente a Bizkaia, en el ábside exterior, a unos cuatro metros de altura, que se estaba ejecutando en el momento del suceso. Fue realizada por Tirso Madame y Antonio Márquez. A la izquierda hay una tempestad y un barco hundiéndose, unos náufragos y la Virgen de Begoña, patrona de Bizkaia, tallada en el extremo del palo del barco. Igualmente, en el centro del friso, un salvavidas dice «Nuestra Señora de Begoña». Y a la derecha unos aldeanos y pescadores están en actitud de rezar.

Vista del puerto de Bermeo en agosto de 1912, mes en el que una galerna segó la vida de un centenar de pescadores, la mayoría de la localidad.
Vista del puerto de Bermeo en agosto de 1912, mes en el que una galerna segó la vida de un centenar de pescadores, la mayoría de la localidad. / EL CORREO

La tragedia fue de noche y a 40 millas al norte de Machichaco, cuenta Manuel Montero. Lo ocurrido reflejaba las difíciles condiciones de la pesca a comienzos de siglo. Fue la causa de que se introdujeran innovaciones, en una actividad que mantenía prácticas atrasadas.

Había ya pequeños vapores, pero la mayor parte de los pesqueros eran lanchas a vela, que llevaban, como mucho, a 9 hombres. Solían pescar en grupos de unas diez lanchas junto a un vapor. Faenaban en alta mar varios días -a veces, tres semanas-, mientras el vapor volvía a puerto todos los días, con la pesca.

Lanchas al garete

La costera de 1912 había sido pésima. «Los más viejos no recuerdan un verano peor». La pesca fue escasa y no hubo ningún día de tranquilidad. Abundaron los temporales y varias veces tuvieron las lanchas que recalar a puerto, de arribada forzosa. El día 9 de agosto salió la flota de Bermeo, 36 lanchas con otras 4 de Ondarroa. El día 12, por fin, hubo buena pesca. Por eso, cuando a las 5 de la tarde empezó el temporal, las lanchas decidieron no volver a puerto. Querían aprovechar el día siguiente porque, además, el día 14 solía terminar la costera del bonito. Los bermeanos regresaban para celebrar la Virgen de Begoña y San Roque.

Pese a que a media tarde los alcaldes de mar izaron la bandera de peligro en los vapores, las lanchas permanecieron en alta mar, pensando que el temporal sería uno más de los que habían soportado aquel verano. Los vapores regresaron a puerto. Llegaron sobre las tres de la madrugada, no sin dificultades, pues tuvieron que arrojar la pesca que traían. Para entonces la tragedia se había desencadenado entre las lanchas. A medianoche alcanzó la galerna su mayor intensidad. Como solían hacer en caso de tempestad, los pescadores dejaron los barcos al garete, arriando velas y quedando a merced de viento y olas. Construyeron balsas, atando vergas y palos, que se colocaban a proa y servían para romper las olas. No fue suficiente. El oleaje arrasó las lanchas y se llevó muchos hombres. Volcó numerosas embarcaciones. Arreciaban los gritos de socorro, en medio de la galerna, las olas y la oscuridad.

Conmoción en Bermeo

Aquella misma noche se intuyó en Bermeo la tragedia, pues el vendaval que azotó a la población fue enorme. Nadie pudo dormir. Al amanecer una muchedumbre de mujeres, niños y viejos marinos subió a La Atalaya, a otear el mar. «Las escenas eran de un dolor ruidoso, que se traducía en lágrimas y lamentos; centenares de madres, de esposas, de hijos, de bruces en la muralla, con la mirada fina en el mar, querían sondear en la oscuridad, despreciando la lluvia y el viento que les azotaba en la cara». Sólo llegaban algunas lanchas, aisladas, y con serios daños. No venían en grupo, como era habitual. No volvía Hipólito Garnacho, el pescador más famoso de Vizcaya, conocido por su arrojo y pericia: esto hizo cundir la desesperación, pues si él no regresaba la tragedia tenía que ser completa.

A color, los actos de homenaje a los fallecidos, en el centenario de la trágica galerna. En blanco y negro, recreación de la galerna de 1912. / Ignacio Pérez / Luis Ángel Gómez El Correo

Siguieron telegramas a todos los puertos, inquiriendo si habían recalado lanchas bermeanas. Al terminar el día 13 se imponía la evidencia. La mortandad provocada por la galerna había sido la mayor que se recordaba. Hubo familias que perdieron varios miembros. Tres hermanas, hijas del pintor Gómez, quedaron viudas. Félix Echevarría perdió sus dos hijos. Perecieron Pablo Arenaza y dos de sus hijos; dejó viuda y seis huérfanas. Antonio Urrutia perdió los tres hijos que le quedaban. Las tragedias familiares se sucedían. La esquela que publicó el Ayuntamiento de Bermeo estremece: «Por los desgraciados pescadores de Bermeo ahogados en la horrible tormenta de los días 12 y 13 de agosto, en lo más florido de su edad y vigor, las 62 viudas, los 205 huérfanos y los 98 padres que han perdido a sus hijos».

Una representación de Bermeo acudió a Vitoria en agosto de 1912 cuando se celebró la cuestación caritativa. En el centro, de pie, el náufrago Pantaleón Arrieta, flanqueado por los concejales de Bermeo Gregorio Nardiz (derecha) y Paulino Garay (izquierda). (Abajo) Isabel Garay acompaña a cuatro huérfanos: (de izquierda a derecha) Valentina Laradegaitia, María Gabancho, Santos Acerecho y Nicolás Elguezaba.
Una representación de Bermeo acudió a Vitoria en agosto de 1912 cuando se celebró la cuestación caritativa. En el centro, de pie, el náufrago Pantaleón Arrieta, flanqueado por los concejales de Bermeo Gregorio Nardiz (derecha) y Paulino Garay (izquierda). (Abajo) Isabel Garay acompaña a cuatro huérfanos: (de izquierda a derecha) Valentina Laradegaitia, María Gabancho, Santos Acerecho y Nicolás Elguezaba. / La Hormiga de Oro

Después vino la solidaridad, de Vizcaya y de toda España. Las suscripciones y donativos para socorrer a los damnificados -algunas familias quedaban en la miseria- se sucedieron. Al funeral, el día 22, acudió el rey Alfonso XIII. Se impuso una conclusión: había que modernizar la flota pesquera. Había, también, que construir un puerto de refugio en el Cantábrico. Se inició el tendido del rompeolas de Bermeo. La catástrofe de 1912 fue un revulsivo para el sector pesquero. En los años siguientes los barcos comenzaron a motorizarse. Pronto los vapores sustituyeron a las lanchas de vela.

Ahí también se volcó Vitoria, desde sus instituciones a su población que recaudaron dinero y todo tipo de enseres para ayudar a las víctimas vizcaínas, con una gran implicación del entonces obispo José Cadena y Eleta.

Fotografía de la manifestación solidaria de Vitoria con los náufragos de Bermeo, con carroza incluida, denominada 'Vitoria a los Náufragos'.
Fotografía de la manifestación solidaria de Vitoria con los náufragos de Bermeo, con carroza incluida, denominada 'Vitoria a los Náufragos'. / Guinea | La hormiga de oro

El padre borrascas

Tras la galerna, tanto las cofradías de pescadores como la opinión pública solicitaron a las instituciones que revisaran la seguridad de los pescadores. También pidieron la creación de puertos de refugio y de una flotilla de buques de salvamento, escuelas de pesca, así como la implantación de motores en las lanchas pesqueras.

Y sobre todo pidieron el establecimiento de un sistema de alarma compuesto de observatorios meteorológicos locales que avisaran sin demora de la llegada de galernas y frentes de borrascas. Porque las comunicaciones fueron la principal causa de aquella tragedia que mató a 143 vizcaínos. Sin embargo, entre todas las víctimas no había ni un solo arrantzale guipuzcoano. ¿Cómo se salvaron?

Los de Gipuzkoa se salvaron al atender los avisos del padre Orkolaga, meteorólogo sin estudios de meteorología y fundador del Observatorio del Monte Igueldo, en San Sebastián, que con métodos muy rudimentarios pudo prever la galerna y puso un aviso en el portón de entrada del puerto.

Este observatorio permite ver desde Cabo Machichaco hasta las Landas francesas y se eligió su ubicación precisamente para poder anticipar las galernas. Aquella jornada de 1912 la presión cayó espectacularmente 15 milibares en apenas 12 horas y gracias al aviso del padre borrascas.

Un año después de la catástrofe anticipada por Juan Miguel Orkolaga, en 1913, el Observatorio del Monte Igueldo instaló la telegrafía sin hilos. Desde entonces, tanto los pescadores como los remeros del Cantábrico siguen con atención los fenómenos atmosféricos que les dictan este tipo de observatorios locales.

Misa y homenaje en recuerdo a los fallecidos en la galerna de 1912, en Bermeo. / Mitxel Atrio / Luis Ángel Gómez / Fernando Gómez

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