La flauta de Bartolo

Supongo que los vecinos de Asteguieta no temerán tanto la presencia de la pareja Manzanares-Cortés en las inmediaciones, como la aparición del resto de miembros de los respectivos clanes

Agentes locales desahucian al clan gitano de "los bartolos" del Casco Viejo de Vitoria /
Agentes locales desahucian al clan gitano de "los bartolos" del Casco Viejo de Vitoria
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Antiguamente había cancioncillas que se cantaban cuando uno viajaba en autobús en grupo. Te ibas de excursión con tan poca asiduidad -entonces no había Ryanair ni éramos tan pijos- que cuando lo hacías era todo un acontecimiento que había que celebrar a cada minuto. Y cantábamos como descosidos hasta desgañitarnos, canciones como la de Carrascal o Carrasclás, como se prefiera, «qué bonita serenata...». Había un ritmo que se reiteraba machaconamente, seguido de ripios e improvisaciones, con todo el autobús haciéndote los coros. «Y una vieja se comió, oooo, siete kilos de sardinas, inas, y anduvo toda la noche, oche, del culo sacando espinas». Pura poesía pastoril.

Había una que resultaba particularmente reiterativa y pesada, y que especulaba en torno a la flauta que tenía un tal Bartolo, que al parecer tenía un agujero sólo. «Y vamos a dar la lata con la flauta de Bartolo...», repetía la grey con entusiasmo. El caso era que no hubiera un momento de silencio ni de descanso en el periplo excursionil.

Quién lo iba a decir, pero decenas de años después, el siglo siguiente inclusive, la flauta de Bartolo sigue sonando una y otra vez en Vitoria -raca, raca, la matraca- más incluso que la turrada del ‘procès’. Y una y otra vez vuelve a ponerse de actualidad, como si se tratara de un nuevo episodio de ‘Hazañas bélicas’, un cómic que sólo recordarán los cincuentones como el que suscribe.

Como probablemente sabrán, hace apenas unos días unos desalmados allanaron una vivienda pública que Alokabide ha destinado a alquiler social para la familia Manzanares-Cortés, en el barrio vitoriano de Asteguieta, destrozando todo lo que hallaron a su paso. No quieren los vecinos ni oír hablar de que la flauta de Bartolo suene en su barrio y se han organizado para impedir que el Gobierno vasco les proporcione alojamiento allí.

Resulta una ironía que cuando celebramos la efeméride del periplo de la Virgen y José por encontrar un lugar donde parir a su hijo, la Navidad, le nieguen el pan y la sal a esta pareja, en busca de una solución habitacional.

Bien es cierto que el periplo de la pareja ha sido referido sobradamente en los medios de comunicación locales, dado que con anterioridad fueron a instalarse en un domicilio sito en el barrio vitoriano de Abetxuko.

El matiz hay que buscarlo en el hecho de que la casa en la que se afincaron no estaba precisamente en venta ni en alquiler, sino vacía temporalmente. La propietaria había salido para atender a un familiar enfermo próximo a su fallecimiento. Y siguiendo la pauta de ojos que no ven, gabardina que te levantan, se atrincheraron en casa ajena, por las bravas, llegando a ofrecer ruedas de prensa sobre el derecho que les asistía a la ocupación.

La unión Manzanares-Cortés es fruto del mestizaje de dos clanes gitanos sobradamente conocidos por vecinos y diferentes cuerpos de policía de Bilbao y de Vitoria: los ‘pichis’ y los ‘bartolos’.

Supongo que los vecinos de Asteguieta no temerán tanto la presencia de esta pareja en las inmediaciones, como la aparición del resto de miembros y miembras de los respectivos clanes. Particularmente la de la matriarca María, que lleva pastoreando la troupe con tanto provecho como desenvoltura.

Antes en la avenida de los Huetos, ahora en la calle de Santo Domingo, de portal en portal, campa esta valkiria calé a sus anchas, sabiéndose victoriosa en mil y un batallas. Doctorada en trapacerías, lleva toda su vida impartiendo másteres en delincuencia a un ejército de niños que pasaron de la desescolarización al hurto y de éste al menudeo de drogas y al palo y tente tieso, ante la inacción y la pasividad institucional.

Las instituciones han fracasado con el clan de los ‘bartolos’ y han ido de victoria en victoria hasta la derrota final. Los niños que ayer rodeaban a la María, con las velas de mocos instalados en sus narices, entran y salen hoy de prisiones y reformatorios como quien no quiere la cosa. Y todo, claro está, aderezado de subvenciones y avales de dinero público a fondo perdido.

Todo este despropósito no justifica la actitud de quienes se manifiestan contra el derecho constitucional a una vivienda que, justamente, reclaman. Por ello, las instituciones deben garantizar algo que difícilmente están en condiciones de hacer vistos los antecedentes. Y no es otra cosa que la seguridad del vecindario ante posibles intrusiones de la manada. La convivencia es un bien muy preciado como para ponerlo al albur de quien ha demostrado ser incapaz de preservarlo.

Quizá, aunque no lo sepan, de estos inquilinos dependa en gran manera el que esta sea su enésima y última oportunidad. Por ello tienen una gran responsabilidad a la hora de demostrar que la merecen. Confío en que la aprovechen y que la flauta de Bartolo deje de sonar como trompeta de guerra de una vez por todas, para consuelo de afligidos y beneficio común. Amén.

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