Felicidad bajo cero en 'Vitoria Beret'

Una joven, en plena regresión a la infancia, se desliza con su trineo por el cantón de Anorbin. /R. Gutiérrez
Una joven, en plena regresión a la infancia, se desliza con su trineo por el cantón de Anorbin. / R. Gutiérrez

Uniformado con sus anoraks chillones, el personal tomó los níveos parques para disfrutar, sin miedo al resfriado, de la nevada

JORGE BARBÓ

Dirán que esta copiosa nevada, la primera de la temporada, ha tenido un efecto balsámico en los lánguidos embalses. Y el agricultor tirará de refranero para aseverar que el próximo será un año de bienes, que ojalá. Pero también ha traído otros efectos, quizás más domésticos, pero muchísimo más importantes. Que los polluelos saltaran como un resorte de su calentito nido de sábanas de Frozen y la Patrulla Canina sin tener que soltar un alarido amenazante. Que el más sofisticado, ése que alardea de ser un dechado de reflexiva madurez, viviera una regresión a la infancia a bolazo limpio. Que hasta el apático -por no decir sosaina- se dejara de chorradas cínicas y terminara retozando en el suelo, dibujando ángeles con su silueta. Ayer bastó con dar un paseo por los parques, por las campas, por las calles de Vitoria para caer en la cuenta de que una nevada, tan habitual como extraordinaria por estos lares, mantiene intacta la capacidad de blanquear la rutina grisácea, traer un poquito de felicidad bajo cero y, de paso, congelar las preocupaciones del personal.

De Salburua a Olárizu, de Zabalgana a Armentia, la estampa se repetía en la ciudad y, si uno tomaba la justa perspectiva, Vitoria le acababa recordando un poco a una Baqueira Beret de bajos vuelos, con toda esa gente feliz con sus chamarras de colorines en chillón contraste con el fondo níveo. Sin esquís, pero sí con una variedad de trineos de plástico, de tablas de snow y de complementos ‘après ski’ de todo pelaje que hacían echar de menos a aquellos modestos plásticos del colchón y a los hules floridos que igual no eran tan ‘cool’, pero bien que hacían su papel.

«Hemos ido al -inserte aquí el nombre de una gran superficie de deportes- y nada, estaba todo agotado, no quedaba ni un trineo, hemos tenido que ir a un chino», lamentaba Javier, mientras la pequeña Iria se deslizaba, desbocada, con su Rosebud de pvc (qué pensaría Mr. Kane de todo esto) y evidenciando que, en efecto, los bazares hicieron su agosto ‘on the rocks’ en una mañana en la que no hizo falta utilizar el despertador. «Ni hemos tenido que levantarle, ha salido disparado de la cama, deseando venir a la nieve», apuntaron Silvia y Mikel, al tiempo que su Oier se revolcaba y se rebozaba por el espesísimo manto nevado que cubría las campas de Armentia.

Allí, en medio de aquella blanca algarabía, no terminaba de quedar muy claro si era la camada la que había arrastrado a los aitas o al revés. «No sé si estoy disfrutando más, si ellos o yo viéndoles disfrutar tanto», reconocía Gorka, mientras Dani, Borja y el labrador Coffee libraban una batalla de bolas tirando a desigual. Entre tanto, Iñigo y Xabi -padre e hijo- se dedicaban a algo bastante más edificante: moldear una escultural cabeza de Papá Noel («es que no nos ha salido la txapela, por eso no es Olentzero», se excusó el pequeño) que adquirió rango de gélida atracción. «La empezamos ayer después del cole y esta mañana nos hemos sorprendido al ver que nadie la había respetado», aseguraba el hombre, mientras su vástago cincelaba con sus manitas enguantadas la barba del ciclópeo muñeco en una estampa que pasaría por la viva imagen de la pura felicidad. En ‘Vitoria Beret’.

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