Fauna y flora amenazadas encuentran en Álava a ‘mecenas’ dispuestos a colaborar en su protección

Juan Cruz observa las vigas de su pajar en Karanka donde los murciélagos «se esparcen» cada verano./Rafa Gutiérrez
Juan Cruz observa las vigas de su pajar en Karanka donde los murciélagos «se esparcen» cada verano. / Rafa Gutiérrez

Acogen a colonias de murciélagos, mantienen parcelas donde crece una flor en peligro crítico... La Diputación les ayuda con 47.250 euros

María Rego
MARÍA REGO

Los inquilinos que aloja Juan Cruz en su casa de Karanka apenas le generan molestias. No hacen ruido y sólo se los encuentra en contadas salidas nocturnas cuando revolotean alrededor de las farolas que arrojan luz frente a la vivienda. Pero si se trata de buscar una pega, señala, «manchan mucho». No todo puede resultar perfecto en la relación de este alavés con los murciélagos que viven en su pajar, una convivencia a la que ayuda la institución foral mediante los llamados pagos por servicios ambientales. O, lo que es lo mismo, un reconocimiento en metálico (47.250 euros en 2017) que se destina a quienes colaboran con la conservación de especies de flora y fauna amenazadas y, sobre todo, a los responsables de explotaciones ganaderas de ovino en zonas donde se suele mover el lobo.

Entre destinatarios aparecen entidades locales y unos cuantos particulares que no siempre son conscientes de su valiosa contribución al medio ambiente. «Andan por aquí de toda la vida, igual hace más de cuarenta años. Antes se quedaban en una casa vieja que se hundió y después empezaron a venir al pajar que tengo pegado a mi casa, donde guardo la leña picada», explica Cruz sobre la colonia de murciélagos –grande de herradura, una especie catalogada como vulnerable– que desembarca cada año en su propiedad de Valdegovía a finales de mayo. Llegan unas cuatro decenas y se van tras la cría, a primeros de septiembre, un centenar largo.

Contabilizar los ejemplares de ‘haplophyllum linifolium’ –una plantita de flor amarilla, para quienes no tengan conocimientos de botánica– que crecen en la finca que heredó Luis Ángel Díaz de Tuesta en Fontecha resulta bastante más sencillo. «Ahora hay tres», especifica. La planta se encuentra hoy en Euskadi sólo en este rincón alavés que por la rareza geológica de su suelo, seco y de textura arenosa, ha permitido la supervivencia de esta mata que alcanza entre 15 y 50 centímetros de altura y que se incluye en la lista roja de la flora en la comunidad autónoma. En concreto, marcada por su peligro crítico de extinción.

El aviso de un biólogo

Cada año que pasa supone una prueba de fuego para un arbusto. «Hará ocho años me enteré a través de un biólogo que estaba esa flor en una parcela muy estrecha que tenía perdida, sin cultivar, pero hasta entonces desconocía que existía», recuerda este profesor jubilado de Matemáticas que «de vez en cuando» visita a su protegida. El plan de recuperación de la ‘haplophyllum’, a la que la distinguen sus pétalos amarillo pálido cuando florece en primavera, no tardó en ponerse en marcha. «Lo primero que hicieron fue vallar la finca», apunta. El terreno se halla junto a un camino y la planta corría el riesgo de acabar aplastada bajo las ruedas de algún vehículo o pisoteada por viandantes y animales. La Diputación, además, tomó semillas para su conservación genética ante su futuro incierto.

La flor amarilla distingue a la ‘haplophyllum linifolium’. Abajo, la ranita de San Antonio; una especie amenazada; y un murciélago de herradura. / EL CORREO y DFA

El ‘contrato’ que suscribe la institución con quienes reciben la ayuda foral que sale de sus arcas implica una serie de compromisos. No se reduce a permitir que la especie continúe con sus rutinas en sus propiedades, sino que implica que el lugar sea susceptible de modificaciones para garantizar unas óptimas condiciones para el desarrollo de la flora o la fauna que aloja. En el caso de Díaz de Tuesta, por ejemplo, se autoriza la ejecución de cualquier medida para conservar o mejorar la situación de la especie, mientras que el vecino de Karanka da su visto bueno a que en el refugio de los murciélagos se puedan llevar a cabo actuaciones para su acondicionamiento. Durante sus cuatro meses de estancia, eso sí, «ni nos enteramos de que están». «Crían en un rincón oscuro del pajar y luego ya se esparcen por ahí, se cuelgan de las vigas... Sólo en verano, por la noche, los vemos cuando salen a la calle y van hacia las farolas a cazar mosquitos», resume sobre su relación con estos mamíferos que causan ciertos reparos entre algunos humanos.

De la rana ágil al sapo partero

Algo más fáciles de fotografiar son los anfibios, que no disfrutan de una vida tan nocturna en los diversos humedales que salpican el territorio. Media docena de estos parajes –la mayoría ubicados en terrenos que pertenecen a entidades locales, como las juntas administrativas de Lezama o Roitegi– se beneficiaron asimismo el pasado año de los pagos por servicios ambientales para proteger en este caso a numerosas especies amenazadas y otras cuya presencia no corre riesgo. Sierra Salvada, Basabea en el municipio de San Millán o las charcas de Bigandi y Zanpazu, en Lezama, aparecen entre los destinatarios aunque en esta lista destaca Larrinbe (Amurrio) por superar los 2.000 euros en ayudas. Allí comparten agua la rana ágil, el tritón jaspeado, el sapo partero o la ranita de San Antonio, que se diferencia de sus ‘parientes’ por su color verde brillante.

Los humedales donde viven estos anfibios que se benefician de la iniciativa foral suman en torno a 30.000 metros cuadrados en Álava, aunque el mayor peso, en lo que a desembolso se refiere, de estas subvenciones a quienes echan una mano en la conservación del entorno natural se lo llevan los responsables de las explotaciones ganaderas de ovino amenazadas por el lobo.

En cualquier caso, se trata de «apoyar y reconocer a los alaveses que contribuyen al medio ambiente», sostiene el diputado de este área, Josean Galera, convencido del valor que aportan los ciudadanos anónimos en esta tarea. «A todos ellos hemos querido agradecer su colaboración», recalca a la espera de que regresen los murciélagos a su hogar de Karanka o la flor que crece en Fontecha vuelva a teñirse de amarillo.

Rebaños en riesgo por la presencia del lobo en las sierras occidentales

«Cuando era pequeña recuerdo ver al lobo con los corderitos contra la valla de la finca. Era terrible». El paso del tiempo no ha borrado esta escena de los ojos de Mónica Meabe que, superada la treintena, decidió abandonar su puesto «mal pagado» en una residencia para convertirse en ganadera, el trabajo que había mamado en casa y que tantas preocupaciones había hecho cargar a sus padres, entre otras razones, por la cercanía de ese animal que «pega donde quiere pegar». «Baja hasta casa y tú no puedes hacer nada, está hecho al ser humano», asume.

Ella vive en Izarra pero se desplaza cada mañana a Gujuli para atender su rebaño de ovejas latxa, más de 250 ejemplares que cuida en un área marcada en rojo por la presencia continua del lobo. Los pagos por servicios ambientales que concede la Diputación alavesa se dirigen, sobre todo, a estas explotaciones ganaderas en las sierras occidentales del territorio que soportan un sobrecoste en vigilancia y de prevención por convivir en zona lobera. Ocho de cada diez euros que salen de las arcas forales por este concepto acaban en manos de estos pastores –19 solicitaron la ayuda en 2017– que en un ataque pierden animales, se quedan con otros heridos e incluso asisten «a partos malos» con fatales resultados.

Mónica reconoce que el dinero «es un apoyo, porque nadie nos respalda». Esta ganadera de 34 años, y madre de un niño de 19 meses, defiende que «el lobo debe existir pero de una forma controlada porque nosotros vivimos del ganado», lo que significa, por ejemplo, que su jornada arranca sobre las siete de la mañana. «Sé que es un trabajo esclavo, pero me gusta», comenta. El diputado de Medio Ambiente, Josean Galera, ve «justo compensar a los ganaderos por su aportación al medio natural y a los hábitats pascícolas de interés» y por ello se recuperaron el pasado año estos pagos que no se abonaban desde 2010.

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