ESPELEOLOGÍA VITAL

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Vaya por delante que de tener el sombrero puesto me descubriría la testa como signo reverencial hacia los hombres y las mujeres que ‘enredan’ en las cabezas con la precisión de los relojeros suizos. Espero que este gesto admirable a quienes realizan semejantes labores no implique algún día que deban levantarme la tapa de los sesos. En serio, y a través de toda la sinceridad con la que puedo escribir, ‘chapeau’. A neurocirujanos y radiólogos que forman la entente cordial en este tipo de delicadísimas intervenciones, pero también al resto de especialistas involucrados y al fundamental gremio de la enfermería.

La noticia que firma la compañera me ha puesto, precisamente, las neuronas a cavilar. Trato de suponer el trabajo tan complejo bajo la mata de pelo de quienes lo mantienen y me invaden los escalofríos y el agradecimiento perpetuo a personas implicadas en salvar vidas y mejorarlas. Leo las informaciones que sustentan esta columna y pienso en la cultura renacentista que aunaba casi todas las formas del conocimiento y el saber, ¿verdad, Leonardo? La espeleología cerebral me conduce a las novelas aventureras de Julio Verne y sus viajes al centro de la tierra. La primera frase del texto recuerda a la filosofía ‘cavernícola’ de Platón y su mito de luces, reflejos y sombras. Y el asunto en sí vuelve al punto de partida, al principio y al fin, a la medicina elevada al cubo de la puntería milimétrica. Mucho mérito, desde luego. Y en manos de estos profesionales con vocación -imposible intuir estas labores sin ella- estamos más de seiscientos mil potenciales pacientes distribuidos por Álava, el sur de Gipuzkoa que mira más a Vitoria que a San Sebastián por razones de proximidad geográfica, Logroño y la cercana Miranda. En las sutiles maniobras digitales de hasta veinticinco personas dentro de un quirófano que formarían una plantilla entera de fútbol con sus titulares, suplentes y no convocados. En la pericia de gente que agota jornadas laborales completas sin permitirse el cafelito de media mañana ni el mínimo y disculpable despiste humano.

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