EL DE LOS ESCUDOS

La ranita de San Antonio es una especie amenazada./E. C.
La ranita de San Antonio es una especie amenazada. / E. C.
Ángel Resa
ÁNGEL RESA

A los urbanitas nos cuesta entender las querencias de ciertas personas pero, como ya se dijo hace mucho tiempo, hay gente para todo. Y en cualquier sitio, añado. Incluso dentro de la geografía alavesa, donde un matrimonio empadronado en Vitoria vela por la buena vida y mejor multiplicación de los murciélagos. Como lo leen. Los animales parecen encantados de sentar sus reales en el hospedaje matrimonial Juan y Mertxe, sito en la localidad de Karanka. Por allí se mueven a cubierto los treinta o cuarenta ejemplares que al huir a sus cuarteles de invierno, y debido a las facultades reproductoras, devienen en centenar.

Estos mamíferos voladores, y miren que ya es raro juntar ambas características, me recuerdan a los escudos futbolísticos de clubes como Valencia y Levante -compartidores de una ciudad por la que antes de desviarle el cauce un día fluyó el Turia-, Albacete Balompié y Alcoyano, célebre por su moral a prueba de goles y remontadas improbables. También me suenan a los bichos -perdonen los naturalistas mi forma genérica de designarlos, fruto de la ignorancia faunística- que coronan los escudos de importantes ciudades. Y por si fuera poco, identifico los murciélagos con imágenes inquietantes y escenas siniestras propias del cine de terror y la literatura turbadora de, pongamos, Edgar Allan Poe. Secuencias desasosegantes a cargo de criaturas que baten las alas bajo el manto negro de lo oscuro. Pues a esta pareja con casa al oeste del territorio histórico le agrada mantener la especie y cobra algo de la Diputación por hacerlo. Igual que otra persona en Fontecha que mima el crecimiento de una de las cuatro únicas flores de su especie en Euskadi. O las juntas administrativas, esas maquetas de ayuntamientos que pueblan una provincia de núcleos pequeños, que perciben algún dinero foral por proteger anfibios como la rana ágil. Y es que a este animal se le presupone la destreza como la valentía a los reclutas de antaño. Pena que la ‘discriminación positiva’ no alcance a Gustavo, la de nombre masculino que fermentó vocaciones periodísticas.

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