Egibide, 75 páginas de recuerdos

Alumnos y docentes llenaron el salón de actos de Molinuevo, donde se presentó el libro del 75 aniversario de Egibide. /
Alumnos y docentes llenaron el salón de actos de Molinuevo, donde se presentó el libro del 75 aniversario de Egibide.

Alumnos y docentes, antiguos y actuales, arropan esta institución vitoriana en la presentación del libro conmemorativo del aniversario del centro

LAURA ALZOLA

Fue un acto emotivo, abierto a la sociedad alavesa y al mismo tiempo familiar. Pero sobre todo, divertido. El majestuoso salón de actos de Molinuevo bullía ayer poco antes de las siete de la tarde entre saludos y reencuentros. Se presentaba el libro que conmemora los 75 años de Egibide, envuelto en una retahíla de anécdotas amenas sobre diferentes momentos vividos por antiguos alumnos y docentes.

Repartido en la entrada a cada uno de los asistentes y titulado ‘La escuela que no cesa’, el trabajo consta de 75 páginas de narración sobre exactamente el mismo número de cursos. «Tenemos raíces muy bonitas que recordar para encarar el futuro con ilusión y alegría», resumía José Ignacio Eguizábal, actual director de Egibide, en la introducción a la ceremonia. Una belleza reflejada en el libro, que también estará disponible en la web de Egibide a partir de la próxima semana y cuenta dos historias paralelas surgidas casi al mismo tiempo, la de Diocesanas y la de Jesús Obrero, pero sobre todo la suma de vivencias de las miles de personas que han desfilado por sus aulas.

El intercambio de historietas relacionadas con las aulas y los talleres de Egibide fue iniciado desde el escenario. «Elegí ser docente aquí porque conocía el lugar, mi abuela vivía en frente y yo venía al cine de joven», explicó entre risas Marisa Ibáñez, profesora de inglés durante ya 38 años en Egibide. La acompañaban en el estrado Juanjo Garmendia, largamente vinculado a Molinuevo; Sixto González, antiguo alumno de Jesús Obrero y posteriormente profesor de Mecánica y Delineación en los talleres; y María Cabrerizo, antigua alumna y después secretaria académica en Diocesanas.

Confluencia de valores

El libro, que ha coordinado Pedro Rodríguez Tellería, narra, entre otras cosas, los diferentes caminos que emprendieron el sacerdote diocesano Pedro Anitua y el jesuita Demetrio Ruiz de Alburuza. Los dos religiosos se fijaron, cada uno por su lado, en el eslabón más débil de aquella sociedad: los huérfanos de guerra y todos los chavales de clase humilde. Anitua abrió, en 1942, la Escuela Diocesana de Aprendices en una buhardilla del barrio del Prado y en la esquina que forman hoy las calles Los Herrán y Arana. Con dos profesores y 25 alumnos empezaron los primeros cursos de mecánica y ebanistería. Apenas tres años más tarde, con cinco jesuitas, cuatro docentes seglares y noventa alumnos, inició su andadura a escasos doscientos metros del embrión de Diocesanas, en el edificio del patronato de Nuestra Señora del Pilar, en la actual calle Francia, donde se levantaría después el edificio actual.

Las vidas de ambos centros transcurrieron paralelas hasta 2012, cuando se unieron para formar Egibide. Con cinco campus -Arriaga, Molinuevo, Nieves Cano, Jesús Obrero y Mendizorroza-, 7.000 alumnos y 450 educadores, es el mayor centro del País Vasco. Y el próximo curso dará un paso más. De la mano de la Universidad de Deusto, impartirá un pionero grado de Industria Digital en las instalaciones de Arriaga. Una carrera que formará a los encargados de afrontar el cambio hacia la industria 4.0. Hacia un futuro por escribir.

«Tenemos raíces muy bonitas que recordar para encarar el futuro con ilusión y alegría»

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