Las Curie alavesas

Nuria Gispert, ingeniera industrial y responsable del CIC Energigune/
Nuria Gispert, ingeniera industrial y responsable del CIC Energigune

Eran invisibles... hasta ahora. Las científicas empiezan a liderar equipos de élite. En Miñano desarrollan nanosatélites, prótesis sanitarias en 3D o sistemas de almacenamiento de energía

SALVADOR ARROYO

Un pequeño test para empezar. ¿Le suenan los nombres de Nikola Tesla, Albert Einstein, Benjamin Franklin o Alexander Graham Bell? No hay duda, sí. En cuestión de segundos seguro que podría emparejar a cada uno de ellos con al menos uno de sus inventos o teorías que han cambiado nuestro mundo. La parte difícil viene ahora: Gertrude Bell Elian, Mary Anderson, Patricia Bath, Bertha Benz, Stephanie Kwolek o Yvonne Brill. La prueba se complica. Pero sí, la mente brillante de estas mujeres también ha hecho posible algunos de los descubrimientos o ingenios que han mejorado nuestras vidas. Por este orden, son responsables de los medicamentos para tratar la leucemia, el VIH y la malaria; del limpiaparabrisas; de la cirugía de cataratas con láser; de las pastillas de freno de nuestros coches; del chaleco antibalas; y de un sistema de propulsión de satélites.

La prueba no es casual. Es un simple ejercicio que está en la esencia de la campaña #Makewhatsnext (crea lo siguiente) de Microsoft para motivar a niñas que quieren ser científicas. En una serie de entrevistas recogidas en un vídeo ninguna de ellas acierta a decir el nombre de una mujer inventora (ni siquiera el de la científica polaca Maria Salomea Skłodowska, a la que todos conocemos por el apellido de su marido, Curie). ¿El motivo? «En la escuela los inventores siempre eran hombres», dicen. Cuando descubren la larga lista de quienes podrían ser sus referencias, una de ellas concluye: «Saber que hubo otras mujeres antes que yo me motiva para poder inventar algo y tal vez cambiar el mundo. Eso sería fantástico».

La pequeña de no más de 15 años da con una de las claves de este 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. La Asamblea General de las Naciones Unidas lo marcó desde 2015 en el calendario como una jornada simbólica para dar visibilidad al ingenio femenino y fomentar las vocaciones. Una búsqueda de ejemplos que, en realidad, no es difícil. Basta pisar cualquier laboratorio o centro de investigación para ser consciente de que su papel es fundamental.

Pero las cifras dibujan otra realidad. El último informe de la Fundación Vasca de la Ciencia (Ikerbasque) refleja que mientras hay más doctoras científicas que doctores en Euskadi -1,24 mujeres por cada hombre-, ellos continúan siendo el 65% del personal que trabaja en I+D. Cuando se trata de analizar el acceso a la élite -las categorías académicas de mayor responsabilidad y prestigio-, la diferencia entre catedráticos y catedráticas es de 80 a 20 y en eméritos el abismo se expande aún más: de 90 a 10.

Referentes

En los centros vascos de investigación esos datos se reflejan como en un espejo, aunque con pequeñas distorsiones a favor de ellas. Seis de cada diez trabajadores del ‘staff técnico’ son mujeres, pero solo cuatro de cada diez ocupan cargos senior y un 20% se sitúa al frente de puestos de dirección. Ainhoa Cid, 27 años, es una de las que ha llegado a la cima. Esta ingeniera técnica de Vitoria trabaja para la empresa Karten Space en el desarrollo de nanosatélites para captar imágenes de la superficie terrestre. El proyecto que dirige busca crear una constelación propia que a diario tomará instantáneas de cualquier punto de la tierra. Es la más joven de las cinco investigadoras de referencia que ha reunido EL CORREO. Ingenieras, físicas y químicas, que lideran o son corresponsables de proyectos innovadores de alcance internacional.

Modelos para las futuras generaciones que trabajan a apenas veinte minutos del centro de Vitoria, en el Parque Tecnológico de Miñano. «Está claro que las niñas tienen que tener referentes femeninas porque no se puede ser lo que no ves». Ainhoa dice no haberse encontrado con ninguna traba durante su etapa de formación y habla solo de «alguna que otra ‘anécdota’» en su progresión profesional. Un camino de «descubrimiento y conocimiento» que ha recorrido con el apoyo de su entorno familiar.

Ese aliento lo han recibido también las otras protagonistas de este artículo. «Cuando era pequeña bromeaba con mi padre y le decía que yo iba a descubrir la vacuna del sida», recuerda Beatriz Andújar, 40 años y responsable de dirección de calidad y operaciones en Mizar Additive Manufacturing, implicada en la fabricación aditiva (piezas creadas mediante impresión 3D que requieren una gran precisión) para los sectores sanitario y aeroespacial. Se formó en el colegio San Viator de Vitoria y «desde muy jovencita» ha desarrollado tareas de dirección. Eso sí, admite que le resultaba «difícil» encontrarse con «una homóloga mujer como directora de producción».

Gestión, organización y más capacidad multidisciplinar. Esos son los rasgos femeninos que aportan, a su juicio, singularidad a la cúpula. Pero sin infravalorar al homólogo masculino. Porque no quiere sucumbir a un cliché que, en sentido inverso, también ha visto: «Chico y chica al mismo nivel optan a un puesto y él se lleva el gato al agua». Una discriminación que en este mundo se conoce como ‘efecto Matilda’, en homenaje a Matilda Joslyn Gage, que peleó en el siglo XIX por la paridad entre ambos sexos. «Supongo que la maternidad y esas cosas siempre nos van a jugar una mala pasada, pero tenemos que luchar con otros medios», enfatiza.

Para Nuria Gispert, ingeniera industrial y responsable del CIC Energigune, no tener hijos fue una elección personal. En su campo de investigación hay ya «más facilidad» para conciliar vida laboral y familiar. Pero, en cualquier caso, las bajas por maternidad «inciden en la productividad científica respecto al hombre porque si has parado un año, a lo mejor son diez artículos menos que no has publicado». Pero «se está avanzando». Y no duda en la necesidad de «fomentar y no poner barreras» a las inquietudes de las niñas. «Existen recursos» para encauzar ese interés. El proyecto Inspira Steam de la Universidad de Deusto, que fomenta la vocación tecnológica entre alumnas de 6º de Primaria, es uno de ellos.

«No era un cerebrito»

A Virginia Sáez Martínez, 40 años, le gustaban más las ciencias que las letras. «Pero tampoco es que fuera un cerebrito, la verdad. Estudié químicas como un reto». Hoy su currículo es deslumbrante con la prestigiosa beca Maria Salomea Skłodowska-Curie, incluida. Desarrolla su actividad en i+Med, una empresa especializada en nanohidrogeles (pequeñas partículas en red que liberan sustancias en los medicamentos para, por ejemplo, neutralizar su efectos nocivos). Durante su formación ya tuvo oportunidad de liderar grupos «pero era yo más la que me ponía los límites, pero por una cuestión personal porque nunca sentí esa discriminación». El carácter competitivo no va con ella. Su trabajo ha sido suficiente para auparla al más alto nivel.

El mismo en el que se encuentra Elena Palomo del Barrio, 57 años y una de las investigadoras del continente más prestigiosas en el área del almacenamiento térmico (captar y acumular energía en verano para restituirla durante el invierno). «De pequeñita motiva tener heroínas. Pero al margen de eso tiene que haber curiosidad». Ha liderado seis proyectos europeos y ha dirigido otros veinte más. El «azar» le llevó a un campo, el de la física, «tomado por los hombres» en el que se nota «un aumento paulatino de la presencia de mujeres». Contundente, asegura: «Yo nunca he tenido la sensación de trabajar sino de desarrollar un aspecto de mi misma... y eso es muy fuerte. Por eso digo que hay que tener un punto de locura». Voluntad y pasión. Sin distinción de género.

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