Los estrenos del FesTVAL: Estoy vivo

Estoy confuso

Javier Gutiérrez, Anna Castillo y Alejo Sauras, protagonistas de 'Estoy vivo'. /Rafa Gutiérrez
Javier Gutiérrez, Anna Castillo y Alejo Sauras, protagonistas de 'Estoy vivo'. / Rafa Gutiérrez

La nueva serie de Televisión Española se presentó el lunes en el FesTVal como una ficción «rompedora», pero se antoja un cuidado popurrí de géneros de ficción para toda la familia

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Un policía de físico rotundo muere para regresar –desde una dimensión sobrenatural– reencarnado en otro. La premisa resulta hasta sugerente. Con ínfulas de «rompedora», ‘Estoy vivo’, la nueva apuesta de ficción de Televisión Española para la noche de los jueves, se presentó el lunes en el FesTVal de Vitoria.

En un tiempo en que todas las cadenas buscan su serie ‘delicatessen’, la gran apuesta de ficción de la pública para esta temporada parecía seguir ese camino abierto con su exitosa (más entre la crítica y en las redes sociales que en audiencia) ‘El ministerio del tiempo’. Pero no. «Es una serie normal hecha para gente normal», reconocía el propio Daniel Écija (el hombre de la factoría Globomedia detrás de éxitos como ‘Los Serrano’ o ‘Águila Roja), su creador, en el escenario del Principal, antes de la première.

Fue honesto. La serie es, de nuevo, un producto pergeñado para contentar a toda la familia, de la abuela al preadolescente. Y, ojo, en este caso, la cosa hasta funciona. La ficción se presenta con un envoltorio visual agradable, una factura muy digna, con unos efectos potables –que sí, que no parecen de serie española–. Y, sobre todo, un reparto más que solvente con el estupendo Javier Gutiérrez (‘La isla mínima’), que se enfrenta al papelón de liderar el batiburrillo, el popurrí de géneros de ficción que se antoja Estoy confuso. Perdón, ‘Estoy vivo’.

¿Es un dramón? ¿Es una comedia? ¿Es un thriller policial? ¿Es ciencia ficción? Pues un poco de todo, como uno de esos surtidos de variedad en los que uno no sabe muy bien por qué diantres alguien ha decidido incluir una galleta rellena de coco. La ficción juguetea al mismo tiempo con las reencarnaciones, la inmortalidad y los viajes en el tiempo –la acción transcurre cinco años después de la muerte del policía– . Así, todo a la vez, todo al mismo tiempo, todo albardado con los habituales ingredientes de la ficción patria. Desde luego, no se le puede reprochar falta de ganas de innovar a los creadores, que, a pesar de todo, no pueden evitar caer en los clichés del género policial cañí, con su comisaría (muy) de barrio, con sus agentes malencarados, con su forense irónica y ese bar –tenía que haber un bar, claro– «al que sólo van placas», apunta un agente retirado, al que presentan como «un pata negra con dos cojones». Sí, tampoco podía faltar la caricatura del poli duro perfumado en Brumel y testosterona.

Religión a lo ‘Minority Report’

Entre lo más interesante de la trama, la relación que se puede forjar entre padre e hija, ahora convertidos en compañeros de trabajo. De lo más prescindible, toda la parafernalia que se arma para explicar lo inexplicable: la reencarnación del protagonista por obra y gracia de un ente superior, que no divino. Porque, claro, cualquier posible referencia religiosa ha sido convenientemente disimulada con un raro –y poco consistente– barniz de modernidad laica a lo ‘Minority Report’.

Tras morir, el protagonista va a dar con sus huesos a un páramo pedregoso, de arena rojiza y atmósfera de azufre. Pero no es el averno. De ahí, asciende por un ascensor futurista a otro lugar, aséptico, con aires como de consulta de dentista modernilla y bien de nubes. Pero no es el paraíso. Y el purgatorio se presenta como una «Pasarela de Tránsito» con una Julia Gutiérrez Caba a lo San Pedro con pantallas táctiles flotantes. Uf.

Y en esas, se propician diálogos que, de tan simplones, por momentos, llegan a resultar desopilantes. «¿Me está diciendo que estoy muerto?», pregunta, como sorprendido, el finado Andrés Vargas (Roberto Álamo). «Es duro de aceptar, pero no se preocupe porque lo mejor va a empezar ahora», le suelta el ángel –perdón, Enlace– Alejo Sauras, que le toca cargar con la pesada losa cómica de la serie sin mancharse demasiado su impoluto traje de chico Profident.

Él se encarga de desperdigar por la trama continuos gags, con un puntito naif y a la vez canallita que, de tan incrustados con calzador, parecen buscar restarle solemnidad a la serie. Un ejemplo. Nada más reencarnarse, el tipo va a comprarse un traje –lo más normal del mundo– y allí, en el probador, frente al espejo, tras sorprenderse con su nuevo reflejo, se baja los pantalones para comprobar que –ejem– el asunto esté en orden. «Bueno no está mal», resuelve con una mueca de aceptación. Primera (y muy sonora) carcajada del público del Principal. Desde luego los de Globomedia saben dónde está el botón cómico de la audiencia española. Y saben pulsarlo. A ver si el personal responde.

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