CÓLERA

Ramón Loza Lengaran
RAMÓN LOZA LENGARAN

Los historiadores diferencian ‘motín’ de ‘revolución’. Dicen del primero que es rápido, muy sangriento pero, sobre todo, inútil, porque cuando pasa nada ha cambiado. Porque no va acompañado ni de líderes ni de ideología. Por el contrario, una revolución lleva líderes, ideología, es más lenta, igual de sangrienta, pero supone cambios. Algo encuentran en común, eso sí, lo que llaman una ‘crisis de subsistencia’, que traducido significa una gran cantidad de personas a las que les da igual morir que vivir, porque ya se están muriendo de hambre.

Añaden que España es el país donde más motines ha habido y donde aún no ha habido ni una sola revolución. En todo caso, de haber habido algo, lo que ha habido ha sido siempre una contrarrevolución, es decir un movimiento de los interesados en que no la hubiera para que no la hubiera. Y, por cierto, siempre con éxito.

Para entender la situación de España hay que tirar de esta parte del manual del historiador. Sólo por esta incapacidad revolucionaria puede comprenderse que los mayores saqueadores actuales de lo público, muy por encima de ningún tipo de pasadas aristocracias, burguesías liberales o chupones franquistas, sigan ahí, tan tranquilos, partiéndose de risa al ver de qué forma tan estúpida aquellos a los que roban y chulean, encima, les votan para que puedan seguir haciendo lo mismo.

Delibes lo escribió maravillosamente y el cine no lo hizo mal. En ‘Los santos inocentes’ nadie podíamos imaginar que el abuelo hiciera lo que hizo. En ‘Germinal’, Zola ya lo había advertido, la violencia real, terrible, inútil, no la iban a protagonizar ni los socialistas ni los anarquistas, iba a ser cosa de un viejo terminal amotinado. Que actúa sin esperar nada porque nada puede esperar sino la muerte. ¿Gesto inútil, o sublime?

La sociedad española actual, disfrazada con el traje regional/nacional que se quiera, no se encuentra en lo que los expertos llaman situación prerrevolucionaria. No hay crisis de subsistencia, no hay sistema represor ostensible, no hay ideología, faltan los liderazgos. Lo que no quiere decir que no se pueda estar generando, incubando, una reacción colérica generalizada.

La cólera, madre/padre del motín, no entiende de motivaciones, es muy poco reflexiva, más bien nada, es un brote rabioso, una blasfemia desgarrada en la cara de quien se cree representa el origen del mal que se padece. Por eso, en la Historia de España ha sido la Iglesia la que más colerazos se ha ganado. Protagonizados, curiosamente, por la misma mansa gente que, hasta el momento de, la obedecía, la mantenía, la enriquecía. Es una recurrencia ver a los historiadores admirarse de la cara de estupor que pone la Iglesia en el momento en que sus feligreses salen de misa y buscan antorchas para dar fuego a la parroquia con ellos dentro. Es cosa del motín. Nadie sabe quién lo carga, el diablo en todo caso, pero cuando se dispara.

Ahora mismo, y reconozco que es algo que me preocupa mucho, no tanto por mí, más por los que vienen, en España hay una enorme cantidad de personas a punto de entrar en modo cólera. Y no me refiero a los catalanes, me refiero de forma muy concreta a los millones, también catalanes, que estamos empezando a entrever que los clérigos actuales, disfrazados de partidos políticos, especialmente el últimamente gobernante, se están gastando nuestra hucha. Y que puede venir un día en que sencillamente nos digan: ya no vais a cobrar la pensión... no hay.

Es curioso, lo he pensado estos días, apenas si hablamos de ello. No lo hablamos con nuestras parejas, ni con los hijos, no lo hablamos es nuestras reuniones de cuadrilla de matrimonios y amigos. Y eso, el que no lo hablemos, es lo que me da más miedo. Recuerdo las películas y novelas que he mencionado. La violencia impensable y durísima de los viejos. Pienso también en los mastines de los que te advierten que, cuidado con ellos, porque, si van a morder, llegan mudos, como el terror. Pienso en ese buey malcastrado de Miguel Hernández, que después de llevar yugo durante siglos un día gira la cabeza y cornea en seco, a muerte. ‘Dies iræ, dies illa..., Quantus tremor est futurus, quando iudex est venturus, cuncta stricte discussurus!’.

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