Un centenar de refugiados, menos de los esperados, trata de rehacer su vida en Álava

Nueva vida. Rafid llegó desde Irak; Suad huyó de Siria. Ellos, y sus familias, tratan de adaptarse a un nuevo país, una nueva cultura y un idioma que desconocían./Rafa Gutiérrez
Nueva vida. Rafid llegó desde Irak; Suad huyó de Siria. Ellos, y sus familias, tratan de adaptarse a un nuevo país, una nueva cultura y un idioma que desconocían. / Rafa Gutiérrez

Procedentes de Siria o Irak, fueron redistribuidos en el marco del acuerdo con la UE incumplido por España

Laura Alzola
LAURA ALZOLA

Apenas 134 personas refugiadas acogidas frente a las mil que se esperaban. Ese es el balance que puede exhibir Euskadi dos años después de anunciar que abriría las puertas y protegería a quienes llegaban a las fronteras externas de Europa, cruzando el Mediterráneo. Fue en septiembre de 2015 cuando los estados miembros de la Unión Europea acordaron un sistema de reparto por cuotas. En una cumbre extraordinaria, se decidió proteger a 180.000 de las personas que ya se encontraban por entonces malviviendo en campamentos de emergencia, situados en Grecia, Italia o Turquía. Cada país acogería un número de ellos, determinado por el potencial económico de cada estado y el volumen de su población.

Dos años más tarde, en total, la UE apenas ha logrado trasladar una de cada cuatro personas de las que se comprometió a acoger. España, con 1.983 personas recibidas, sólo alcanza un 11% de lo firmado. En el caso de Euskadi, han sido un total de 134 personas reubicadas en dos años, muy por debajo del millar previsto desde Lakua, cuando el Gobierno vasco se reunió con ayuntamientos y diputaciones para consensuar un inventario de recursos disponibles. Se determinó que de ese millar, 150 serían acogidos en Álava. Tampoco se ha cumplido.

En el territorio alavés se encuentra ahora un centenar de personas refugiadas acogidas a través de este programa. 24 han sido recibidas por CEAR, 8 a través de Accem y el resto por la Cruz Roja, que cuenta con 72 plazas de acogida pero no distingue en sus números entre las personas atendidas en el marco de este acuerdo europeo y otras solicitudes de asilo. Fue en estas tres organizaciones en quienes la Oficina de Asilo y Refugio (OAR), dependiente del Ministerio del Interior, delegó el desarrollo del programa de acogida de refugiados puesto en marcha en 2015.

Rosabel Argote, en el centro, en un acto de CEAR.
Rosabel Argote, en el centro, en un acto de CEAR. / Rafa Gutiérrez

Desde CEAR, junto a otras ONG como Intermón Oxfam o Amnistía Internacional, denuncian los fallos del sistema, la falta de eficiencia de los procesos burocráticos y el incumplimiento «flagrante» de lo prometido. Rosabel Argote, responsable de CEAR Euskadi en Álava, califica el número de personas llegadas a la provincia como «muy rácano» y asegura que el resultado de estos dos años es «indignante, casi increíble».

Por su parte, a comienzos de septiembre y ante las protestas y denuncias por el incumplimiento del acuerdo, el Ministerio del Interior se escudaba en una supuesta notificación por parte del gobierno griego en el que éste «lamenta que no existen más personas que cumplan con los requisitos para ser reubicadas». Una argumentación inválida para la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, que señala que el proceso ha fracasado porque tiene fallos que corregir «Hay muchísimas personas que reubicar, más de 50.000 que están sobreviviendo ahora mismo en Grecia a duras penas, en condiciones miserables. Y esto lo certifican los propios datos e informaciones de la Unión Europea. ¿Cómo no van a ser reubicables?».

Álava, con más capacidad

Álava tiene más capacidad de acogida y las organizaciones piden que se le dé un nuevo impulso al proceso de distribución. En primer lugar, revisando los criterios esgrimidos para decidir qué personas son susceptibles a participar en el programa. «En estos momentos hay una restricción de nacionalidad. Siria y Eritrea son reubicables pero hay muchas otras personas que proceden de guerras y conflictos armados atrapadas en Grecia» detalla Rosabel Argote. Por otro lado, exigen «que se sancione de una forma efectiva a aquellos que no están cumpliendo con los compromisos».

«Llegamos aquí destrozados, necesitamos tiempo y paciencia»

Suad y Rafid son dos de las personas que ponen rostro a las cifras. Ambos llegaron a Vitoria en 2016. Suad huyó de Aleppo, Siria, con sus hijos, que ahora tienen 15 y 12 años, de la mano. Salieron de casa «en un momento difícil». Temían por su vida. Caminaron a través de Turquía con traficantes. Una experiencia que Suad califica como muy dura: «Vi a personas muriendo frente a mí, a mujeres siendo violadas, y no pude hacer nada, ni detenerme». Además de la guerra, el machismo, dice Suad, fue uno más de los motivos que la llevaron a huir. «Como mujer hay lugares en los que no tengo derecho a nada. Ni a decir mi opinión, ni a buscar trabajo. Aquí en Vitoria tengo dificultades precisamente porque he pasado de tenerlo todo prohibido a ver muchas posibilidades para las que debo aprender cosas nuevas desde cero».

Rafid huyó de Bagdad, Irak, con su mujer Shaymaa y sus dos hijos de 12 y 7. Los cuatro caminaron hacia el norte para cruzar la frontera y, una vez en Turquía, pagaron a traficantes para cruzar el Mediterráneo. En los dos primeros intentos de huida, los guardacostas turcos detuvieron la patera. En la tercera ocasión, alcanzó aguas griegas antes de romperse y naufragar en mitad del mar. «La gente comenzó a gritar y a sollozar. Alguien tuvo la sangre fría de llamar a los guardacostas griegos, que vinieron a rescatarnos». Les llevaron a la isla de Samos, donde se inscribieron en el programa de reubicación y fueron trasladados a Atenas. De allí, tres meses después, volaron a Madrid en el mismo avión que la familia de Suad. Más tarde, ambas coincidirían en Vitoria.

Aquí siguen tratando de asimilar lo ocurrido, de aprender el idioma, de adaptarse al nuevo medio y de sobrevivir. Los comienzos, subrayan, cuestan. «¿Nadie se pregunta cómo llegamos aquí? Es verdad que hemos tenido la suerte de sobrevivir, pero es que llegamos destrozados, como muertos, rotos psicológicamente», se lamenta Suad. La mujer asegura que España le ha gustado, y que el País Vasco aún más. Pero que tuvo muchas dificultades para encontrar un piso y que mientras sus hijos aprenden rápido el castellano, a ella aún le resulta complicado. «Me gusta mucho Vitoria pero necesito tiempo. Tengo carácter, personalidad, y es frustrante no ser capaz de hablar para demostrarlo. El otro día no entendí muy bien lo que me dijeron en una reunión de padres y me eché a llorar. No lo hago queriendo, es que me afecta todo, lo intento, pero es muy duro. Necesito que quienes me rodean tengan paciencia conmigo».

Los hijos de Rafid, de 7 y 12 años, van al colegio, y como los de Suad, aprenden rápido. «Están contentos en clase», asegura, orgulloso, el padre. Sin embargo, aunque él habla un castellano razonable, no logra encontrar trabajo. «Mis pequeños lloran por las noches cuando nos escuchan hablar sobre la incertidumbre del futuro. En un mes se nos acaba la última fase del programa y yo necesito encontrar un empleo con urgencia. De lo que sea».

Las consecuencias de que las vías legales de solicitud de asilo no funcionen, explica Argote, están en los medios. «Digamos que se ‘autoreubican’. Lanzándose al mar, saltándose las fronteras, metiéndose en camiones y pagando a traficantes. Quiero subrayar que huyen sin otra opción que huir. Morir no es una alternativa. Y no hay sólo personas perseguidas por motivos de guerra, sino por su orientación sexual, su religión, su ideología política...».

Para las personas que tuvieron la fortuna de sobrevivir al viaje, cumplieron con los requisitos para ser reubicadas y se encuentran ahora en Vitoria, el programa preveía dos años de apoyo en la llegada. Los primeros seis meses fueron alojados en pisos de las organizaciones, después, debieron encontrar una vivienda propia y otro medio año más tarde, trabajo. Algo complicado cuando también hay que aprender una lengua nueva. Pero el mayor obstáculo, subrayan, es encontrar un piso. «Les resulta muy difícil, por discriminación directa o indirecta por parte de quienes alquilan».

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