La casa por el tejado

ÁNGEL RESA

Tenía ganas de aprovechar la primera ocasión que se me presentara para rendir mi modesto homenaje a quien democratizó el humor surrealista. O tal vez este asunto que me supera, por falta de conocimientos técnicos, encaje perfectamente con ese deseo de tributo al ‘fistro’ que transformó en comedia hilarante los chistes malos. Escribo, cómo no, de Chiquito de la Calzada, ‘Txikito de la Kaltzada’ para los guardianes de ortodoxias autóctonas. Ese pecador de la pradera, aquí podríamos traducirlo por La Llanada, aludía al dudoso título magistral de acreedor de una etiqueta de Anís del Mono. Al margen de la licenciatura en Periodismo, la que enarbola servidor cuando se tratan sesudos análisis de esa ciencia artística y admirable llamada arquitectura.

Siempre que las decisiones resulten acordes al beneficio general y atiendan al menos común de los sentidos soy partidario de delegarlas en personas con conocimiento de causa y opiniones fundadas. Vamos, que servidor no recurriría a sí mismo para elaborar el mapa detallado de las infraestructuras necesarias. Pero observo, una vez más, el vicio de empezar la casa por el tejado y nunca mejor dicho al recabar el parecer de los arquitectos sobre la ampliación del tranvía a Adurza. Aseguran estos profesionales que los responsables políticos les han cuestionado tarde, cuando el proyecto marcha sobre raíles imaginarios y sin tener en cuenta el futuro soterramiento -¿llegará algún día?- del ferrocarril que liberará un terreno goloso y ahora ocupado por las vías.

Cuentan los especialistas en planos y edificios que convendría esperar a la inmersión férrea para dibujar después el itinerario del metro ligero hasta el campus universitario que ahora contempla el avance sobre el puente de Las Trianas. Recuerdan la canción popular sobre la colombiana ciudad de Santa Marta con su apuesta por sumergir el tren antes de extender el tranvía. A esta ciudad de los debates sólo le falta añadir controversias y como aquí hasta el rabo todo es toro me temo que nos meteremos en otro embolado. Esto escribo mientras callo con los ojos puestos en la etiqueta de anís.

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