A la cárcel por falso testimonio de brujería

En Europa, entre los siglos XV y XVII, los poderosos desencadenaron la "caza de brujas"/
En Europa, entre los siglos XV y XVII, los poderosos desencadenaron la "caza de brujas"

Corría el año 1761 en Labastida cuando Antonia Serrano fue declarada culpable por injurias tras acusar a una vecina de provocar una "lluvia de piedras negras"

TINO REY

Desde tiempos remotos, muy remotos, desde que el mundo es mundo, en la sesera del ser humano ha anidado el temor a ese mundo ignoto y desconocido. En ciertas comunidades aún persiste el miedo a la magia, la brujería, la hechicería y el encantamiento, y esa plaga se halla arraigada en el sustrato de la sociedad. A mayor incultura, mayor necesidad de atribuir a hechos sobrenaturales los acontecimientos más lógicos. Pero eso lo sabemos ahora. No era así hace unos cientos de años.

En Europa, entre los siglos XV y XVII, los poderosos desencadenaron una brutal represión contra supuestas brujas. Miles de ellas fueron pasto de la hoguera. Cualquiera, bien niño o persona mayor, o de cualquier condición tenía la potestad de denunciar ante el Santo Oficio, bien por inquina o aversión, a un vecino y complicarle la vida hasta extremos inimaginables. Fue la llamada "caza de brujas".

En España, el mayor auge se produce en el medievo cuando la Santa Madre Iglesia ejercía sobre las gentes el férreo yugo de su doctrina. Entre los menesterosos, principalmente, era donde proliferaba ese hábito de poseer unos dones sobrenaturales y mágicos. Los nobles estaban mucho más entretenidos en otros pasatiempos más frívolos y mundanos. Sin embargo, hay que subrayar que en la Península no se ajustició a tanta gente como se cuenta. Hay una espesa leyenda negra sobre el tema de la brujería y grandes mentiras al respecto.

En 1761, acababa de asentarse en el trono Carlos III, conocido como el gran monarca ilustrado. Según el documento del Archivo Histórico de Álava, se instruye un juicio criminal en Labastida a instancias de María de Sagastegui contra Antonia Serrano, a la que denuncia por acusar a su madre, Ángela de Santurde, de ser "bruja y hechicera". El juez único y ordinario de la villa de Rioja Alavesa es Francisco Sobrón, que se caracterizaba en sus sentencias por su enorme magnanimidad. Comparecen como testigos José de Salvatierra, Pedro de Amurrio Martínez, Felipe Oñate y Antonio de Anda, todos ellos vecinos de Labastida.

Curiosamente, la historia de Antonia Serrano había tenido poco antes un antecedente. La ahora acusada había presentado un pleito por estupro –relaciones sexuales consentidas entre un adulto y un menor adolescente– contra Felipe de Amurrio. Este lo perdió y tuvo que pagar un coste, según el fallo, de doscientos pesos. Y es sabido que cuando las rencillas y rabia se instalan entre el vecindario las consecuencias resultan imprevisibles.

Ocurrió que un atardecer del mes de marzo, cuando el día pregonaba su ocaso, hubo un encontronazo entre las partes en una de las calles de Labastida. Ángela de Santurde, que iba acompañada de su hija, increpó a Antonia Serrano, diciéndole que "era una putona, una grandísima puta burdiona", que andaba con todos los hombres del pueblo y que no tenía "vergüenza alguna". La respuesta de la injuriada fue tajante: "Te vas a acordar por las tres gotas de sangre", una especie de maldición.

Antonia Serrano, emitiendo el mismo sonido que un trueno, según los testigos, le contestó con los dicterios más denigrativos y feos de aquel entonces, llamándola "bruja hechicera" anticipándole que más tarde o más pronto "le había de llevar a Santa Pía" –una abadía sita en Maestu fundada en el siglo X por caballeros navarros donde un tribunal comprobaba el grado de cristiandad de los que allí remitían–. Seguidamente, tras seguir su camino y llegar al lugar donde solía tenderse la ropa –antaño las coladas se realizaban en los ríos y las prendas se tendían a secar en las eras–, Antonia Serrano comprobó que sus prendas habían desparecido.

El juicio

De eso culparon a la supuesta bruja. Y también "de andar por los tejados y provocar un vendaval de lluvia y piedras negras". Unas acusaciones que trascendieron por toda la población. Las injurias eran como hoy, todo un atentado al honor, y tildar a una persona de bruja era una grave vejación que los jueces y el Santo Oficio solían tomarse muy en serio y castigar con duras penas.

De resultas de todo aquello se convocó un juicio y en él los testigos declararon ante el juez Francisco Sobrón de "conocer a los demandantes" y que su comportamiento era "honroso, cristiano, virtuoso y amigo de frecuentar los divinos sacramentos...". Asimismo, insistieron en la teoría de que arreció un vendaval y una lluvia de piedras. Muchas mujeres presentes en aquella particular vista aseguraron que "la gran tormenta fue provocada por la bruja cagurriera" y no por Ángela de Santurde.

El corregidor Francisco Sobrón dictó en su auto "orden de prisión para Antonia Serrano y Juan José Martínez, su marido, (en esos momentos ausente de Labastida) y levantó acta de embargo de sus bienes: sillas, arcas, mesas, candiles, sábanas, colchones, almohadas, sartenes, escobas, tinta, madeja de lino...". La condenada solicitó salir en libertad bajo fianza, que le fue denegada. Asimismo, el corregidor ordenó a su guardia "la captura del reo ausente". No les saldría gratis acusar en falso de brujería.

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